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La fe reducida a una práctica, decía. Es en esta en la que se creía. Al menos en los extensos círculos que eran los míos. Era un mero hacer. Una forma de comportarse, derivada de una vieja doctrina que les había conformado. Pero, claro está, tal conformación doctrinal pronto se comportó como doctrinaria, por lo que pudo abandonarse por completo, quedando sólo aquel hacer de una simple practicidad. Recordad, además, que entonces se hervía en el postconcilio. Formando parte de esa comunidad de creyentes, las cosas para mí eran profundamente distintas por dos motivos. Estudiaba teología. Todavía recuerdo la cara de pasmo que ponía la gentes, incluso mis amigos, si se habían olvidado de ello, cuando les decía que estudiaba teología y sólo teología. Esto fue muy importante, pues me dio una contextura intelectual decisiva, a más de algunos amigos entrañables, también estudiantes de teología, como el entonces ya sacerdote, aunque más joven que yo, Vincent Baguette. Y, en segundo lugar estaba tomado en mis adentros más profundos por la vida monástica. ¿Que mi comunidad de referencia, N. D. de Scourmont, la vivía como los últimos mohicanos? Era asunto suyo, confusión suya; para colmo, estaban siempre las inmensas conversaciones con el P. Charles Dumont que ahora ha venido a la muerte de los bienaventurados. En esa vida, decía, el monje hace de su fe una vida; de su liturgia, un comportamiento. De este modo, pues, lo esencial era la inmensa gracia del chaparrón huracanado y ese ejemplo —pues no me atrevo a decir, ni mucho menos, que también fuera así en mi propia vida— de una fe que se hace vida, de una liturgia que se hace comportamiento. Porque el vivir su vida cristiana como una mera usanza llevó a tantos y tantos a terminar con ella, pues fueron naciendo otras inercias más concordes con el mundo. Sus anteriores comportamientos quedaron allá en el puro recuerdo. No eran memoria de una carne enmemoriada, sino episodios por los que la vida de uno va pasando para dejarle en el ahora en el que está. Sólo diré una cosa al pasar: me llena de curiosidad el por qué de ese proceso en el que uno va transitando por caminos provisionales para, en un de pronto, decir que el de ahora, sin más allá ninguno, es el definitivo; lugar de su descanso. Debo confesar que no lo entiendo y me parece se da ahí una notable falta de racionalidad: si todo es un ir pasando, también el ahora es parte de ese ir pasando. Mas, es evidente, uno necesita plantarse en un decir: hasta aquí, llegué al final de mi comportamiento vital, donde descansaré.
La fe, para estos a los que me refiero, tantos amigos de entonces y de ahora, a lo más es un símbolo. Símbolo de una serie de inquietudes por las que pasamos. Símbolo, pues, de un nuestro antiguo ir pasando. Símbolo retroactivo, en definitiva, de este lugar al que hemos llegado y en el que nos hemos plantado, el cual indica nuestro último comportamiento. Un lugar por el que pasamos, pero que, evidentemente, ya no es motor de nuestra vida. A lo más, un recuerdo caluroso que se mira con alguna simpatía; pero que de ningún modo es el lugar en el que ahora estamos y en el que aspiramos descansar. Podríamos decir que la fe, aquella de entonces, que ya era un mero comportamiento, ha sido substituída por la razón. Una razón, científica, claro, que configura nuestro ser, vaciándonos del hondón de nuestras interioridades. Bueno, quizá exagero, más bien convirtiéndolas en cariñosos afectos. Afecto por lo que fui, afecto por los que quiero, mirándolos siempre desde mi ahora.
Alfonso Pérez de Laborda
9-2-2010
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