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Volvamos a nuestra y, pues ella tiene que ver con el hiato y el exceso, siendo la pizca que nos constituye.

Porque se nos plantea un problema difícil. La y, ¿exige continuidad?, ¿o, por el contrario, nos sumerge en el abismo de la discontinuidad? ¿Que pasa cuando decimos cuerpo y alma, o fe y razón?, ¿cuál es entonces el sentido de esa y? ¿Une o separa? Cuando decimos cuerpo y alma, fe y razón, nosotros al menos, no establecemos un foso entre los dos términos que rodean la y, sino que pronosticamos un ser de continuidades. Cuando hablamos del hiato, sin embargo, parecería que insistimos, más bien, en la ruptura, en la discontinuidad. ¿Cómo es esto posible? ¿Acontecerá, pues, que la y nada tiene que ver con el hiato, pues la primera une y el segundo separa?

El exceso es obra de continuidad, pues se liga con los precedentes, aunque los desborde. Pero también es obra de ruptura, pues lleva a lo que no son consecuentes. Cuando en una antropología que viene regida por los pensamientos de una filosofía de la carne hablamos de exceso nos estamos refiriendo a que nosotros vivimos en el exceso; que vivimos de él. Nuestra materia, nuestra materialidad, si queréis, es excesiva, se nos desborda. Lo que somos no es predecible por la corriente dinámica del aguas arriba. Incluso en el caso que nuestras leyes de formación evolutiva fueran, como acontece a las leyes físicas, perfectamente predictibles, por lo que, desde ellas seríamos seres encuadrados anteriormente en lo que ahora seremos, no podemos olvidar lo que los físicos llaman las condiciones iniciales, de modo que el juego entre aquellas leyes y estas condiciones nos abre el espacio de la complejidad imprevisible. Nos abre, en una palabra, inmensos espacios de libertad. Exceso, puesto que no somos seres predictibles. Arrejuntando toda la materia de la que estamos compuestos, todavía no hemos dado con lo que en verdad somos, pues somos mucho más que eso. Tenemos libertad respecto al aguas arriba. Por eso se puede hablar del abismo de la materia, de los abismos insondables de la materia. Una materia, claro es, que no haya sido previamente materializada siguiendo el encorsetamiento ideológico del materialismo cientificista. Por eso es tan importante darse cuenta del exceso. La suma de todos nuestros componentes físicos, biológicos y sociales no termina de decir lo que somos. Nunca. Siempre superamos ampliamente esa conjunción con nuestro exceso. Nuestro ser es de excesividades. La carne es materia excesiva. Será una pizca, como esa que nos distingue de nuestros hermanos más evolucionados, más cercanos a lo que nosotros mismos somos, pero esa pizca es esencial. ¿Nos distinguimos de ellos sólo en una pizca? Sea, pero ahí, en ella, está la hondura enteriza de lo que somos.

Por eso hablamos del hiato, pues la carne es una materia barrenada por infinidad de hiatos, de saltos, de abismos de diferencia. No cabe en ella la reducción, como no sea la cremación y la muerte, Continuidad, pero de extremada complicación y de ingente novedad. En la dinámica evolutiva de la materia no cabe la reducción. Siempre va dirigida hacia el aguas abajo. Nunca va dirigida al aguas arriba. Sólo nosotros, con el juego asombroso de nuestra razón imaginativa y deseante, recorremos con nuestro pensamiento el camino de aguas arriba, y modelamos instantes que se asemejan, a nuestro seguro parecer, a los que siguieron a la explosión inicial. Mas, cómo lo habríamos de olvidar, aunque nos movamos en terrenos de certezas, nunca ninguno de nosotros revolaba fuera de nuestro espacio para ver cómo se produjo el comienzo del mundo y sus primeros desenvolvimientos.

Terrible este pensar cercado por las 620 palabras.

Alfonso Pérez de Laborda
11-3-2010
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