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Comprendéis ahora el por qué de la invitación a Olegario y a mí para asistir a un acto tan singular: Jean-Luc Marion y su mujer Corinne buscaban una presencia testimonial de la Communio internacional bajo la Cúpula del cardenal Mazarino. Tuvimos el honor de ser esa presencia.

Después, en otra sala, unos pinchillos asombrosos y muy abundantes, que, desgraciado de mí, no probé. Todos se pusieron las botas, es verdad que con mucha elegancia, mientras hablaban de cosas de innúmero entendimiento. Yo, en cambio, sólo tomé la copita de champagne que ofrecieron al entrar en la sala. Ay, destino desgraciado el apenas si poder comer nada por la tarde, no digamos si es por la noche. Al mediodía podría ser, pero parece que, para fastidiar, todo se organiza en su destiempo.

El sábado a las 20,15 nos invitó el matrimonio Marion a cenar en su casa, cerca de nuestro 17, rue de l’Assomption, en donde estábamos Olegario y yo, en casa de nuestras amigas las Religiosas de la Asunción. Ocho en total. Ellos, claro, Jean Duchesne y su mujer, el escribidor de Lustigier, el jefe del Departamento de filosofía de Princeton, otra de las grandes universidades americanas, Daniel Garber, y Jean Grondin, profesor en la universidad de Montréal, canadiense francófono, aunque perfecto bilingüe, además de saber español y alemán, claro. Fue una deliciosa cena que nos duró hasta casi la una de la madrugada. Por primera vez tomé antes de ir a algún lugar a cenar eso que dan para proteger el estómago antes de las pastillas-bomba de las artritis. Bueno, me quitó los inconvenientes más graves. ¡Cómo podía no ir a esa cena o asistir diciendo que me pusieran un yogurt y una pera!

Marion es extremadamente simpático, sabe todo y lo dice con enorme salero. Siempre ha sido así. Ahora que me gustará estar con san Vicente de Paúl y su relación con los primeros jansenistas, hice en aquella casa un descubrimiento: el cardenal Richelieu fue un personaje de enorme interés, gran gobernante y gran hombre de Iglesia, muy unido a Vicente. Pero, en fin, esto es cosa secundaria para lo que tenemos entre manos.

Me dará un pasmo y comenzaré a cantar nuevos ayes, si no os digo como paró Marion en Chicago. Hace 17 años estaba en Nueva York por no sé que cuestiones, supongo que algún curso o conferencia. Le llamó un Daniel Garber, jefe del Departamento de filosofía de la Universidad de Chicago, para invitarle a una conferencia. Malamente, cogiendo y dejando aviones entre prisas, fue a dar la conferencia que le proponía. Bastante gente. Allá al fondo, solitarios, cuatro individuos. El que le invitó, la sorpresa de que otro era Paul Ricoeur, filósofo francés de la generación que se levantó tras la guerra mundial, arrecogido en Chicago tras las follones y malos tratos del mayo francés del 68, creo que el probost, es decir, el rector académico de la universidad, y otro cuarto individuo. Termina. Se saludan y corre a su avión. Dos días después, todavía en Nueva York, le llama por teléfono Garber para proponerle una cátedra en la Universidad de Chicago.

Así funciona la universidad americana buena. Con una enorme libertad. Poniendo su confianza en el departamento y en las autoridades académicas. Actuando con enorme prontitud, pues las ocasiones las pintan calvas, y cuando les crece el pelo, ya no valen. Imaginad entre nosotros los años de burocracia papelaria y grupal —de corrillos de las patatas— que se necesita para una cosa sí.

En fin, ya estáis notando que me he excedido. Pero no podía ponerme a más cosas sin deciros esto.
Y ahora me querría poner a los dos discursos.

Alfonso Pérez de Laborda
18-3-2010
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