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| Helena o el mar del verano | ||||||||
| Autor......................... Julián Ayesta Editorial.................... El Acantilado Fecha........................ 2005 Páginas.................... 87 |
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Es éste uno de esos raros libros que se publican de vez en cuando, y que, gracias a algunas críticas precisas y acertadas y al olfato de lectores y editores, se convierten en joyas imprescindibles (e imperecederas). El autor del que hablamos es Julián Ayesta, escritor asturiano (de Gijón, 1919-1996) casi desconocido, ya que, además de algunas obras teatrales, escribió en su vida una sola novela, la que hoy presentamos, Helena o el mar del verano, que fue publicada por vez primera en 1952, y ahora reedita El Acantilado. (Encomiable, por cierto, la tarea que hace esta editorial, propiedad si no vamos errados de la editorial catalana Quaderns Crema), rescatando títulos y autores de gran calidad que sería una pena cayesen en el olvido. El autor se licenció en Derecho y Filosofía y Letras y fue diplomático de carrera. Entre otros lugares fue embajador en Beirut, Viena, Colombia, Ámsterdam o la extinta Yugoslavia, justo antes de su desmembramiento. Esta novelita deliciosa y brevísima apenas noventa páginas- evoca la vida estival de un niño de clase alta en una ciudad de provincias Gijón- durante un período indeterminado, más bien situado en la época justamente anterior a la Guerra Civil. Poseedor de un castellano esplendoroso, de prosa ágil y precisa, Ayesta nos explica la historia de un amor y un verano, a través de los ojos ingenuos y admirados de un niño, personaje protagonista que permanece anónimo en toda la obra, puesto que en ningún momento averiguamos su nombre. Es la historia de un amor platónico y tierno, propio del inicio de la adolescencia, edad que idealiza las personas y los afectos. El objeto de este amor es la niña Helena, y el relato está sazonado por la brisa marina, por el aroma de la playa cantábrica y la serena belleza de lo contenido. Templanza y pasión al mismo tiempo, quizás virtudes de otra época. La historia se narra desde los ojos ingenuos pero expectantes de este niño, abrumado ante la belleza de lo real y absorto en su mirada contemplativa, amorosa. Esa admiración se refleja en los colores vivos, magníficamente retratados por Julián Ayesta, en una explosión de vitalidad y sentimientos, puesto que el autor une, junto a su profunda capacidad descriptiva -no sólo del paisaje que aparece ante los ojos del niño protagonista, la belleza propia de la naturaleza-, una honda penetración psicológica, que desvela actitudes y sentimientos con elegancia, contención y belleza. Fiel reflejo de esta capacidad para mostrar el lento y ordenado acontecer de lo real, y la profunda y misteriosa alegría que subyace en lo vital, cuando es recto, es el momento en que con exaltada emoción, el protagonista cuenta, por ejemplo, cómo prepara el asalto a la habitación de las chicas. Bien, cómo glosar este libro; escribió en su día Gregorio Morán: “afirmo sin ningún ánimo de asombrar a nadie que es uno de los libros más hermosos de la literatura española de posguerra”. Pero no sólo eso: en su momento fue considerada “por un pequeño grupo de entusiastas lectores una de las obras más extraordinarias de la narrativa española de posguerra; y, a través de los años permanece intacto el poder de sugestión y el lirismo de la escritura de Ayesta”; e incluso se le catalogó como “uno de los diez libros más importantes de la narrativa española del siglo XX”, elogios, creemos, del todo merecidos. “Narración perfecta” se la ha llamado; y sin duda lo es; de perfección estética, de perfecta armonía. Libro vitalista y lleno de matices, que abre las puertas al conocimiento de un mundo interior fascinante, y de un universo misterioso. En esta vida ajetreada de hoy en día, tan adicta a la prisa y a la exigencia vacua, y tan poco propensa, tan reacia a la quietud y a la contemplación, libros como éste nos reconcilian con lo que realmente somos, seres creados con finalidad de perfección: ahí reside la verdadera felicidad. En esto también -como en casi todo- Karol Wojtila, diagnosticó con precisión llena de sabiduría la causa de este déficit metafísico, que no es otra que la desatención al ser real de cada cosa y su conversión en mercancía, en simple utilidad. Sirva la mirada amorosa de esta obrita, al mismo tiempo, como llamada y recordatorio. Pablo Romero |
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