La nieta del Señor Linh
Autor......................... Philippe Claudel
Editorial.................... Salamandra
Páginas.................... 126

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Imprescindible

Hay libros que no caben en una crítica. Libros inmensos, libros que duran más allá de sus páginas. Libros que permanecen en el lector y resuenan para siempre en el corazón como parte de uno mismo. Y éste es el caso de la pequeña joya que nos ofrece Philippe Claudel gracias a La nieta del señor Linh, pequeña alma blanca y esperanzadora que llega después de Almas grises.

Posterior al thriller traducido a 26 idiomas, llega la calma con esta obra completamente distinta. Según el propio autor, «este libro es una alegoría o un cuento filosófico sobre el exilio y la amistad». Y es verdad, aunque el libro no es cándido ni párvulo, y aunque el libro es algo más.

La obra funciona como metáfora de nuestro tiempo y del estado moral de Occidente, lugar donde «la gente pasa como un rebaño ciego y sordo», según el señor Linh. Quizá por eso, Claudel busca un estilo sencillo y lejos de complicaciones, minimalista en la expresión, y a veces (como en la escena final) cinematográfico, completamente visual. El autor busca ser directo, contar una historia bella y llena de ternura sin ñoñerías ni afectaciones. El momento cultural no permite mayores barroquismos; es preferible la sencillez que transmite un significado, algo que ya no es fácil encontrar en Occidente. Como ocurre en el país de acogida del señor Linh, un lugar ciego y sordo, huérfano de olores, imágenes, y nombres, «donde los nombres no significan nada, es un país muy extraño».

El viaje a la amnesia es propio de una cultura sin rostro, envejecida por el hecho de olvidarse de sí, cansada, caduca. Y esto es lo que se encuentra el arquetípico señor Linh, que aparece alejándose de un mundo lleno de imágenes, sonidos y familiaridad para entrar en un mundo sin olor, insípido, y donde nadie conoce a nadie, extraño, hostil. Él y su nieta, Sang Diu (‘mañana dulce’), son los únicos rezagados de un lugar lejano que tiene los ecos de un paraíso, y que fue aniquilado por el poder del lugar de acogida. El señor Linh, viejo y cansado, y que ha visto aniquilar ante sus ojos a un pueblo, deberá nacer de nuevo al aparecer por vez primera en ese nuevo mundo, dando así su vida por la de su nieta. Sin embargo, su manera de relacionarse con el mundo será a partir de la comprensión que tenía del suyo propio; así el señor Linh cantará siempre una canción que se pierde en el tiempo y que narra el amor a lo intemporal y universal.

Claudel, sin embargo, no deja que caigamos en romanticismos ni en nostalgias y hace caminar continuamente al señor Linh, y sobre todo, hacer que surja la amistad con lo ajeno y extraño. Así, la amistad con el señor Bark, ser profundamente nostálgico, será la oportunidad para que los dos personajes (dos maneras de vivir lo real) se encuentren y se abran a la familiaridad, e incluso sean capaces del perdón y el afecto más profundo. Con ello, esa sensación de ajenidad es vencida en la conciencia de la propia identidad en un mundo donde parece imposible, algo que sucede gracias al encuentro con otro que pone en marcha. De este encuentro que abre a la vida surge la alegría final y convierte el drama en un nuevo renacer, algo que tiene los colores de una «mañana dulce», a la que uno saluda constantemente los «buenos días» (como hace el señor Linh, en una bien encontrada metáfora).

Es éste, pues, un imprescindible relato agradecido y esperanzador, al estilo de El Señor Ibrahim y las flores del Corán; un libro universal, un pequeño milagro que viene a visitarnos en nuestro mundo ciego y callado. Como dice su narrador: «De vez en cuando un milagro, oro y risas, y de nuevo la esperanza cuando crees que a tu alrededor todo es destrucción y silencio.»

Josep Maria Sucarrats