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Experiencias españolas recientes confirman el gran acierto de Mandeville al presentar como una fábula la tesis según la cual los vicios privados desembocan en virtudes públicas. Lo que aquí hemos visto, y me temo que seguiremos observando, es sencillamente que la inmoralidad privada conduce a la pública, y viceversa. La causa de estos trasvases de errores éticos es muy clara. El sujeto de la moral es siempre el mismo: la persona en acción. Si su temple personal se deteriora en una de sus dimensiones, repercutirá inmediatamente en los restantes aspectos de su comportamiento. De ahí la gran sabiduría poco asimilada aún en nuestra bisoña democracia de no elegir como alcalde a quien no le comprarías un coche usado. Y es que la confianza no se puede pedir: la confianza se inspira (o no). El primer y más obvio motivo para no creer lo que dice un político es que éste pida constantemente: ¡Créanme! La regeneración política tiene como principio la búsqueda de personas moralmente solventes para el desempeño de los cargos públicos. Y, en caso de elección equivocada, la reacción inmediata ha de ser la dimisión del interesado, a petición de parte, o si tal movimiento no se produce de oficio.
Pero lo verdaderamente decisivo es el abandono de esa otra fábula que entiende la política y al economía como campos moralmente neutros, cuando es patente su raíz ética y sus decisivas consecuencias en la salud del comportamiento colectivo. La república procedimental es una abstracción ideológica, empujada por el conservadurismo económico y el agnosticismo cultural. Pasar del café para todos al café para nadie por ejemplo, en la enseñanza de la Religión o de las Humanidades suscita la sospecha de que es una maniobra urdida por los adictos al te. Todo lo cual, dicho sea para curarme en salud, no es un moralismo que detesto. Representa la convicción de que la democracia es la realización política de la ética pública, es decir, la oportunidad histórica de que las libertades personales adquieran, por fin, una relevancia social. Ahí estaremos. Alejandro Llano |