RetrocesoA&ONº 207/6-IV-2000SumarioDesde la feContinuar
Cine
La alegría de una obra maestra
A la magia del cine italiano le debemos muchas obras maestras. El año pasado por estas fechas, por ejemplo, nos llegaba esa maravilla de La vida es bella. Hoy tenemos la suerte de volver a constatar lo triste que sería el séptimo arte sin la frescura espontánea del genio italiano: Guiseppe Tornatore —que recibió un Oscar por Cinema Paradiso y el Premio Alfa y Omega de este año a la mejor banda sonora— nos regala La leyenda del pianista en el océano. La recibimos con la alegría que suscita una obra maestra.

Digo que Tornatore nos regala porque ésa es la experiencia objetiva que se tiene al ver dicha película: gratitud. Imagínese usted un cóctel cinematográfico con los siguientes ingredientes: un guión meticuloso en el que cada palabra está ponderada, una deliciosa historia épica, composición musical del más grande, Ennio Morricone, actores en estado de gracia, dirección artística impecable y fotografía digna de un Oscar. Agite la coctelera con precisión y seguridad y vierta el contenido con mucha lentitud, de forma casi imperceptible, sobre dos horas de celuloide. El resultado es fácilmente previsible. Así es La leyenda del pianista en el océano. Ni más ni menos.

En primer lugar, esta película —como la antedicha de Benigni— es auténtica poesía cinematográfica. Pero no es sólo lirismo; es también una imapactante leyenda mágica, fascinante, que refleja sobre la pantalla diversos claroscuros de la condición humana. Cuenta la historia de Danny Boodman, conocido como Mil Novecientos, que nació en tal fecha a bordo del Virginian, un vapor trasatlántico que lleva a emigrantes europeos a América. Han pasado los años y, sin bajar del buque, se ha convertido en un virtuoso del piano y del Jazz. Su singular música nace de su forma de mirar la realidad, y por ello es incapaz de leer una partitura: sólo se inspira ante el estupor de una presencia. Llega a ser tan famoso que le empiezan a llover ofertas profesionales desde Nueva York. Pero él es incapaz de abandonar el barco: no entiende nuestro mundo lleno de seducciones, de infinitas opciones, de interminables ambiciones..., un mundo sin fin. Danny reconoce que lleva dentro una infinitud que sólo precisa de 88 teclas de piano para expresarse. ¿Qué haría en un mundo que siempre te ofrece y te pide más y más? Conoce la condición humana como nadie, conviviendo en cada travesía con dos mil emigrantes cargados de deseos y esperanzas. ¿Qué sentido tiene sucumbir en el tráfago absurdo de una megápolis moderna? Sólo hay una cosa que le puede hacer cambiar de opinión: alguien le ha confesado que, desde tierra firme, se puede escuchar la voz del mar que te habla de tu destino.

Con esta bella parábola, Tornatore ha querido reflexionar sobre la fragilidad de la experiencia humana: Es una fábula universal construida en torno a una metáfora de la condición humana. Mil Novecientos, con su singladura permanente entre uno y otro continente sin echar jamás pie a tierra, representa la precariedad de la propia existencia. Éste es uno de los aspectos más cercanos al hombre contemporáneo. Me parece que las nuevas generaciones viven una profunda desorientación ante el fin de una época y el comienzo de un futuro incierto.

Por culpa del cine made in Hollywood años 90 no estamos acostumbrados a las verdaderas grandes metáforas de valor universal. La leyenda del pianista en el océano recupera esa vocación inmortal del cine que olvidamos tan a menudo: acercarse al drama de la vida con la belleza que otorga un amor profundo al ser humano.

Juan Orellana