RetrocesoA&ONº 221/13-VII-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
Año de Gracia
Al santo y bienaventurado Papa Gregorio, obispo

Desde el instante en que el Señor, por su misericordia, hizo que nos separáramos de la nefanda herejía arriana, la Iglesia católica nos acogió dentro de su seno, mejores, por seguir su fe. Entonces ya fue nuestra intención y nuestra voluntad acudir con gozo y con toda la fuerza del alma a un varón tan venerable para que alabara a Dios por todos los medios en lugar de nosotros, los hombres, por un don tan excelso recibido de Dios. Y porque nosotros debemos sobrellevar los múltiples cuidados del reino, ocupados en los más diversos negocios, han transcurrido tres años sin haber podido cumplir en modo alguno el deseo de nuestra alma. Ahora hemos rogado al presbítero que tu gloria había enviado a la ciudad de Málaga, que se llegara hasta nuestra presencia, pero este tal, impedido por una enfermedad corporal, no tuvo fuerzas en modo alguno para presentarse delante del solio de nuestra Majestad; pero porque sabemos de toda seguridad que él ha sido enviado por tuSantidad, le remitimos un cáliz de oro con piedras preciosas engastadas en su parte superior, para que, como confiamos de tu Santidad, os dignéis ofrecerle como cosa digna de él al Apóstol que brilla el primero por el honor. También pido a tu grandeza que en ocasión oportuna os acordéis de nosotros con vuestras sagradas y doradas cartas.

Sucede muchas veces que aquellos que se hallan divididos por las tierras y los mares se unen por la gracia de Dios, casi visiblemente. Recomiendo con toda veneración a tu santidad en Cristo, a Leandro, obispo de la Iglesia en Sevilla, porque por su medio se nos ha revelado tu benevolencia, y cuando hablamos con este prelado de tu vida, nos tenemos por pequeños considerando vuestras buenas obras. Y suplico a la prudencia de tu Cristiandad que encomiendes frecuentemente al Señor común en tus oraciones a nosotros y a nuestro pueblo, que, después de Dios, gobernamos, y que ha sido ganado por Cristo en estos vuestros años, para que, al hallarnos separados por la amplitud del orbe, crezca en nosotros felizmente, la verdadera caridad para con Dios.

Recaredo, Rey de los Godos