RetrocesoA&ONº 205/23-III-2000SumarioCriteriosContinuar
El mejor primer plano
No la busquen entre las películas que gozan del mejor marketing. Aunque no ha podido por menos que reconocerse su presencia en la fiesta de los Oscars, ¡con una sola nominación!, al mejor actor, no aparece en los carteles gigantes de la publicidad, ni en los que proliferan en el mobiliario urbano y en los autobuses..., y sin embargo es con mucho la mejor película de los últimos doce meses, la más humana y limpia, la más artística, la mejor realizada. Así lo ha considerado, con absoluta unanimidad, el Jurado de los premios cinematográficos Alfa y Omega, otorgándole hasta cuatro galardones. Es, al mismo tiempo, el mejor primer plano de aquello que constituye el alma de este Año Jubilar que conmemora dos milenios de cristianismo: el ser humano rescatado en su misma humanidad.

Coincidiendo con la peregrinación del Papa hasta Nazaret y el Calvario, el Monte del Perdón, con mayúscula, de la Reconciliación definitiva que ha dado la Vida a la Humanidad —un largo camino de petición de perdón que, desde 1992, ha ido recorriendo Juan Pablo II—, los Premios Alfa y Omega al mejor cine del último año ponen ante nuestros lectores, precisamente, una peregrinación que bien puede asimilarse a la de Juan Pablo II: Una historia verdadera, un largo camino también, penoso y gozoso al mismo tiempo, de perdón y de reconciliación, en el que a través de la humillación del reconocimiento del propio pecado resplandece, grandiosa, la inmensa dignidad del ser humano.

Los Padres del desierto, en los primeros siglos de la Iglesia, decían con profunda sabiduría: Quien reconoce los propios pecados es más grande que aquel que hace milagros y resucita a los muertos. Justamente ésta es la grandeza de esta extraordinaria película, que no puede por menos que evocar ese gesto impresionante del sucesor de Pedro pidiendo perdón, del Vicario de Cristo en la tierra, que como Él y con Él carga sobre sus hombros las limitaciones y las miserias humanas, los pecados todos de la Humanidad, no para sucumbir en el abismo, sino para redimirla y levantarla hasta la Gloria.

Esta gloriosa grandeza del ser humano rescatado por la Misericordia, que es más grande y más fuerte que todo el mal del mundo, se descubre en los mil pequeños detalles cotidianos que constituyen la historia verdadera de la vida, reflejada en el film de David Lynch, una verdadera pica en Flandes de este irregular director, sin duda por estar inspirado en hechos y personajes reales. Real, realísimo, es el hecho cristiano que estos días se está haciendo especialmente patente en la persona del sucesor de Pedro, volviendo a Galilea para, tras la confesión de las negaciones de los hijos de la Iglesia que forman con él uno solo Cuerpo, confesar su amor a Cristo, vivo y glorioso, que transforma la miseria y la muerte —tan crudamente manifestadas en tantísimas y premiadísimas películas, quizás geniales, pero que carecen de eso único necesario que es la Misericordia— en esa vida gozosa que todos anhelamos, y que sólo el Perdón que viene de lo Alto puede darnos.

Tras contemplar Una historia verdadera, uno sale reconciliado con el cine. En las páginas que desde la fe dedica nuestro semanario a las múltiples facetas del arte y de la cultura, el cine ocupa, sin duda, un lugar privilegiado. No siempre el que debiera hacer honor a su título de hijo de la luz es tan resplandeciente como en la película que hoy premia Alfa y Omega; incluso muchas veces no refleja más que oscuridad: no puede ser de otro modo mientras ese primer plano del perdón quede relegado al último lugar o al olvido más completo. Cuando ese perdón, que es lo mismo que decir cristianismo, deje de reducirse a la vida privada, o a las sacristías de las iglesias, y salte a la calle, a los kioskos, como las páginas de este semanario, podrá uno saberse un pobre pecador, pero la vida estará llena de la alegría incomparable de la Luz.


Saber ver
Cuenta Federico Fellini que, cuando tenía 16 años, conoció a una muchacha de belleza angelical, vecina suya y a la que, pese a vivir tan cerca, nunca había visto. Quizá —dice—, porque mis ojos no estaban preparados para verla hasta aquel momento.

¿Cuándo se puede decir que unos ojos están preparados para enamorarse de una chica, contemplar un cuadro, apreciar la belleza de un paisaje o admirar el orden de una galaxia? ¿Cuándo se puede decir que los ojos de un espectador de películas están preparados para captar la alucinación y la magia del cine?Porque todos los ojos pueden ver una película, pero no todos saben ver el cine.

¿Cómo hay que mirar, por ejemplo, una película de Spielberg para encontrar en ella al Hombre? ¿A qué grado de perfección, por ejemplo, habían llegado los ojos de Max Jacob, surrealista y judío, para encontrar en el cine nada menos que a Cristo?

Dice Marcel Proust: El verdadero viaje del descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener ojos nuevos.

Como medio de comunicación y de cultura, la imagen exige ser vista con una mirada especial, fruto de una educación que la comprenda en su esencia y en sus formas, que son muchas. En cine, aumentando la velocidad de la proyección e insertando programas sueltos que se perciben subconscientemente, se llega al límite del peligro, porque se ataca a un espectador desprevenido, que queda a merced de quien fabrica o manipula la imagen. Pero, sin llegar a ese extremo de sugestión, la imagen normal actúa directa o indirectamente de manera implacable y casi continua.

Si el hombre de hoy no es como el de ayer, a la imagen se debe en gran parte; entre el joven de hoy y las generaciones anteriores inmediatas, con las que aún convive, hay profundas diferencias achacables a la imagen. Los distintos niveles de comunicación derivados de la imagen hacen que se llegue a la incomunicación.

Pascual Cebollada
en Una mirada al cine