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Sería deleznable y de mal gusto que, desde esta seccion, tuviéramos la ingrata misión de escarbar cada semana en subproductos televisivos para sacarlos a la luz, rociarlos de gasolina y prenderles fuego. Sería hacerles el juego a los apocalípticos que quieren cortar por lo sano y ver a la televisión muerta y bien muerta, un cadáver catódico servido en bandeja de plata. Sin embargo, la caja tonta no es tan inútil como la pintan, a veces ofrece de lo mejor (y siempre habrá que reseñarlo), aunque otras muchas sólo apunta a más de lo mismo.
Un nuevo programa siempre merece el beneficio de la duda, al igual que a un Gobierno se le concede el margen de los primeros cien días, antes de dar salida a los argumentos de réplica y arreciar con las necesarias críticas. El pasado domingo se estrenó en Antena 3 la nueva sitcom (comedia de situación) Un chupete para ella, protagonizada por Juanjo Puigcorbé, Cristina Marcos y una niña que es un cromo. Es la historia de un periodista de radio que ha criado fama por la fiereza de sus reportajes y exclusivas, por ser un sabueso de la noticia. En cambio, su vida privada anda a la deriva, como bien dijera el inane personaje de Dustin Hoffman en El graduado. Es un bala perdida, escapa de la fidelidad en el trato humano como del mal vino y es más ególatra que un gato burgués. Sin embargo, entra en su vida un factor que puede hacer tambalear toda su escenografía personal. Una mañana, encuentra en su cama a una niña, casi un bebé, con una nota en el capacho: Es tu hija, ahora te toca cuidarla a ti. Los trece subsiguientes capítulos se ven venir, contemplaremos a Puigcorbé corriendo con el capacho de un lugar a otro, hasta enterarnos en el último capítulo quién es la madre. Sería una lástima que la serie deviniera exclusivamente en el estúpido suspense de primar la búsqueda de la madre de la criatura, que, visto el perfil del personaje, bien pudiera ser cualquiera. Ya que ninguna productora se atreve a mostrarnos de veras el rostro apasionante y poliédrico de una verdadera familia, y se opta por obviar una vez más la fidelidad matrimonial en series dirigidas para la familia (ya hace falta rizar el rizo de la ironía), quizá fuera de mejor gusto fijar la atención de los capítulos en advertir los cambios de conducta que provoca en el protagonista la inocencia de la cría. Es decir, primar el éxito de la serie en esa cualidad de producir asombro que siempre proviene de los niños. Javier Alonso Sandoica |