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No conservamos ni una sola palabra de san José; no es alguien que hable o arregle las cosas a su conveniencia; se limita a escuchar lo que el ángel le descubre de la verdad. La verdad de Dios es más importante que lo que vive José. Y José respeta esta verdad sin agresividad, sin pensar incluso en defenderse. Tanto para María como para José, la anunciación es algo increíble. Nadie es capaz de estar a la altura de semejante verdad. Y, sin embargo, no hay en ellos escepticismo, ni un comportamiento dubitativo; ningún distanciamiento, nada parecido al ya veremos. Únicamente fe y abandono.
¿Y nosotros? No podremos ser felices mientras no derrumbemos las murallas que rodean nuestro yo, mientras no nos abramos al misterio de los otros, el otro y el Otro. Tampoco podremos ser felices si no llegamos a contemplar en profundidad los acontecimientos pasados y presentes de nuestra existencia. Dios está presente en ella: no hay circunstancia que no haya sido fruto de su plan, o con la que no haya querido decirnos alguna cosa. Aún estamos a tiempo de descubrirla. Es imposible vivir sin confianza. La única vía hacia la felicidad es la de ser un hombre, una mujer, de adviento: alguien que escucha más que habla, alguien que sabe, sobre todo, que para Dios nada es imposible. Como esperamos tan poco, Dios sólo nos puede dar poco: es imposible alimentar al que no tiene hambre. Nuestros contemporáneos no se limitan a desear conseguir la felicidad por sí mismos, la quieren en plenitud y de inmediato. Nuestra época es impaciente: esperar es algo imposible. El conocido eslogan Lléveselo ahora y pague mañana es la traducción popular y comercial de esta disposición de la mente. Esperar ayuda a madurar. Si algo se manifiesta a lo largo de toda la Biblia, es el arte de esperar. ¿No será nuestra falta de alegría, de esperanza y de fervor el mayor obstáculo en la evangelización? cardenal Godfried Daneels |