RetrocesoA&ONº 283/29-XI-2001SumarioLa fotoContinuar

¿Qué estará pasando por la cabeza de este ertzaina, de servicio ante el cadáver de su compañera que acaba de ser asesinada? ¿Será uno de los cientos de ertzainas que, por serlo, viven fuera del territorio al que quieren servir? Son preguntas desgraciadamente sin respuesta; o, mejor dicho, a las que no se quiere dar respuesta hoy en el País Vasco. ¿Por qué? ¿Por qué no se quiere ilegalizar lo que es ilegal? Ana Isabel Arostegui y Javier Mijangos son las dos personas a las que se les ha negado su derecho a vivir y ¡ojalá fueran las últimas! De nuevo, como ha dicho el obispo de Bilbao, "el despiadado temor de ETA siembra la muerte y el horror". Se suele recoger lo que se siembra. De nuevo, huérfanos, dolor y un fuerte clamor en demanda de justicia y de seguridad. La Iglesia, ha recordado monseñor Blázquez, no puede menos de hacer suyos estos clamores. Y monseñor Uriarte, obispo de San Sebastián, ha interpelado: "¿En nombre de quién, por qué y para qué este nuevo atentado que siega dos vidas humanas inviolables, destruye familias, desmoraliza a la sociedad y dificulta la paz?" Más preguntas miserablemente sin respuesta. Y, sin embargo, la hay. El cardenal Rouco, Presidente de la Conferencia Episcopal Española, una vez más, ha hablado de "radical inhumanidad", de "perversa y odiosa expresión del desprecio al hombre mismo", de "brutal negación de la dignidad humana" y de que "nunca se podrá acallar la voz de Dios"