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Historia de una joven monja de clausura Mi vida no era mía. Entregada todo el día al servicio de la Iglesia. Por las mañanas, en la Vicaría Episcopal II y por las tardes en la parroquia San Antonio del Retiro. Muchas veces, sin comer, empalmaba toda mi actividad, de un lado para otro, atendiendo demasiadas cosas. En la Vicaría empecé por el equipo de catequesis, y luego el informativo, delegada de Medios de comunicación, relaciones públicas y secretaría. Incluso colaboraba a nivel diocesano, y a lo que se me iba pidiendo
En la parroquia he prestado mi servicio para todo: secretaría, hoja parroquial, catequesis de infancia, de jóvenes, de adultos, grupos bíblicos, liturgia, visitar belenes, comunión a enfermos, confirmación de adultos, organizar viajes o fiestas
«Mi vida no era mía»
Me han pedido escribir este artículo y, de verdad, es muy difícil plasmar en pocas líneas todo lo que estoy viviendo en estos últimos meses.
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Tanto en la Vicaría como en la parroquia, han depositado su confianza en mí con todas las consecuencias. He asumido responsabilidades que, en alguna ocasión, no me competían, pero que demostraban que mis jefes podían delegar en mí con toda tranquilidad. Y todo esto me hacía feliz, muy feliz, valorada, a veces incluso mimada. Y ahora, cuando mejor estoy, siento una llamada diferente: el Señor me pide dejar todo lo que Él ha ido poniendo a mi paso para dedicarme a la vida contemplativa.
Cuando estas líneas salgan impresas, yo ya estaré viviendo en mi nuevo hogar, junto a mis hermanas Clarisas, en el monasterio de San Juan de la Penitencia, en Alcalá de Henares. Una decisión muy difícil de tomar. Yo, que estaba tan segura de mi vocación como seglar, tengo que irme, tengo que emprender una nueva vida. Una vida totalmente diferente, a la que no sé si podré adaptarme, pero de lo que estoy muy segura es de mi vocación, porque el Señor me ha ido iluminando las oscuridades que surgían, y ahora me siento feliz de responder a su llamada con un sí muy grande. Dejar a mi madre, a mi familia, a mis amigos, mi trabajo, mi actividad, claro que cuesta, pero sé que recibiré el ciento por uno y, con la ayuda de mis nuevas hermanas, de san Francisco y de santa Clara, podré vencer las nuevas dificultades que vengan, con toda alegría. Estos días han sido muy intensos: tanta gente me ha demostrado su cariño que, a veces, me he sentido muy abrumada. Todos los que forman la familia de la Vicaría, los sacerdotes y seglares que están en las parroquias, mi comunidad parroquial, y los frailes. En especial, los jefes que me han soportado estos últimos meses hasta pasar el discernimiento. Todos y todas se han portado de maravilla conmigo, y prometo recompensarles con lo mejor que puedo hacer (o que podemos hacer todos): unirnos en la oración. Mariuca Mesones |
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