RetrocesoA&ONº 162/22-IV-1999SumarioEn portadaContinuar
Los interrogantes morales de la intervención de la OTAN en Yugoslavia
¿Guerra justa?
La imagen no podría ser más aterradora: junto a los remolques de los tractores,
los cuerpos calcinados de ancianos, mujeres y niños. Masacrados,
según reconoció la misma OTAN, por equivocación de un piloto.
Nunca sabremos el número de las víctimas y mucho menos su nombre.
Murieron a causa del error de un ejército que utiliza la tecnología más avanzada,
las armas «inteligentes», y que al inicio de su intervención aseguró
que se trataba de «operaciones humanitarias».

Al contemplar tanta matanza, o la provocada por el misil occidental que atacó un tren de civiles serbios, las palabras con las que la Santa Sede comentó la primera ola de ataques el 24 de marzo se hacen proféticas: Nada se pierde con la paz. Todo se puede perder con la guerra.

Y, sin embargo, desde 1991, Juan Pablo II alzó con fuerza su voz para exigir una injerencia humanitaria que acabara con la represión y la limpieza étnica que comenzó en Croacia, pero que encontró su auténtica expresión en Bosnia-Herzegovina. ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Ha cambiado de opinión el Papa? Según el nuncio apostólico en Belgrado, el arzobispo español monseñor Santos Abril, la línea de la Santa Sede ha sido siempre la misma en este conflicto. El Santo Padre siempre ha insistido en la necesidad de garantizar los derechos de todos los pueblos de la ex Yugoslavia, y hoy lo repite refiriéndose a todas las poblaciones que forman parte de la actual Federación yugoslava. No ha cambiado la actitud del Papa, han cambiado las situaciones. Basta recordar la coherencia de las intervenciones de la Santa Sede contra las sanciones internacionales impuestas a Yugoslavia, tal y como ha hecho en el caso de Irak, Cuba o Libia. La preocupación humanitaria es una constante en la diplomacia vaticana.

Y, ¿entonces? ¿Por qué pidió el Papa una injerencia humanitaria y ahora critica los ataques de la OTAN? Injerencia no significa intervención armada, responde monseñor Santos Abril. Su respuesta plantea todos los interrogantes morales que se esconden detrás de una guerra. En este sentido, desde que apareció el Catecismo de la Iglesia católica, la enseñanza del Magisterio es más clara que el agua. En el número 2.308 explica que toda guerra, de por sí, es mala. Ahora bien, ante la agresión, la ley natural y la moral garantizan a los Gobiernos el derecho a la legítima defensa.

En el número siguiente, el compendio de la doctrina católica recoge con detalle las condiciones que se requieren para que se pueda hablar de guerra justa, término con el que los moralistas se refieren precisamente a la legítima defensa. Ante todo, el Catecismo exige que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto. Este requisito ha sido ampliamente cumplido por la salvaje política nacionalista de Slobodan Milosevic.

En segundo lugar, pide que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces. En este sentido, monseñor Abril, si bien reconoce que con Milosevic se hicieron muchos intentos de negociación (a veces daba la impresión que la comunidad internacional pecaba de exceso de tolerancia), considera que todavía existían márgenes de intervención política antes de llegar a los bombardeos. Y lo dice el diplomático que en las últimas semanas ha reunido en varias ocasiones a los embajadores que han quedado en Belgrado.

La tercera condición pide que se reúnan las condiciones serias de éxito. Este requisito parecía garantizado por la imponente fuerza militar de la OTAN. Ahora bien, ya desde los primeros días, incluso los líderes occidentales han reconocido que se puede saber cuándo y cómo comienza una guerra pero nunca cuándo y cómo termina.

Por último, la moral católica exige que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. Y con mucho atino advierte: El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición. Aquí está, justamente, el gran interrogante que echa por tierra las justificaciones de esta guerra. ¿Cómo es posible lanzar una acción de defensa de los refugiados kosovares, si las armas que debían defenderles acaban dejando sus cadáveres en una cuneta? ¿Cómo es posible justificar una acción humanitaria que no duda en calificar a las masacres de civiles serbios como de simple error de guerra? ¿Cómo es posible que los líderes occidentales no hayan sopesado mejor las dramáticas consecuencias que esta guerra está desencadenando para la paz del planeta tras el final de la guerra fría? ¿Por qué se han de utilizar los bombardeos aéreos como la terapia que tiene que tragarse la población sometida al último dictador de turno? ¿Podrán las bombas y el uso de la fuerza garantizar la convivencia en un Kosovo yugoslavo, objetivo declarado por todos los mandatarios occidentales y mantenido hasta la fecha? Interrogantes que queman por dentro y que por el momento quedan sin respuesta.

Ahora bien, la coyuntura del ataque de la OTAN suscita una pregunta más dramática, pues paradójicamente su respuesta es mucho más sencilla. Después de meses de una política de represión y deportación aplicada por Serbia contra los albano-kosovares, ¿no podían imaginar los Gobiernos occidentales que un bombardeo aéreo provocaría un éxodo apocalíptico? La misma prensa estadounidense ha revelado que los informes de la CIA advertían claramente al Presidente ante esta eventualidad. Y, entonces, ¿por qué Occidente no se movilizó antes de comenzar los ataques para poder asistir y acoger con la misma energía a los refugiados como personas humanas? ¿Cuántas personas han muerto por no responder a esta pregunta dictada por el sentido común? ¿Cuántas familias han quedado separadas, quizá para siempre, por la patética organización que se ha apoderado de los campos de prófugos en Albania y Macedonia? Desde el primer día de los ataques, los prófugos kosovares lo dijeron claramente: Seremos las primeras víctimas de las bombas de la OTAN.

LOS BALCANES, LA HISTORIA SE REPITE


El siglo en el que el salvajismo humano ha cosechado más víctimas comienza y termina con la guerra en los Balcanes. De hecho, el término balcanización (existente en varios idiomas) hace referencia al proceso de fragmentación y desintegración testimoniado por su agitada historia. En 1908 estalla la crisis bosnia, provocada por la anexión por parte de Austria de Bosnia-Herzegovina. Serbia, y detrás de ella Rusia -el escenario parece repetirse-, debilitada por su derrota frente a Japón, tuvieron que aceptarla. A partir de 1911, los rusos, que ya habían reorganizado su ejército, retomaron la iniciativa en los Balcanes: utilizaron el sentimiento antiturco de los pueblos balcánicos, sometidos al imperio otomano durante cinco siglos, para formar una alianza balcánica entre Grecia, Serbia, Bulgaria y Montenegro. Estalla así, en octubre de 1912, la guerra contra Turquía con el objetivo de arañar tierra a los otomanos. Los turcos pedirán rápidamente el armisticio. Una segunda guerra balcánica estalló a los pocos meses, pues Bulgaria no aceptó la división de la región contemplada en el Tratado de Londres que quiso poner fin a la guerra. Al ser derrotada, perdió con el Tratado de Bucarest (10 de agosto de 1913) buena parte de los territorios conquistados en el año anterior.

Al igual que sucede en estas semanas, estas guerras acentuaron la tensión internacional. La crisis se resintió particularmente en Austria-Hungría, pues la derrotada, Bulgaria, era su aliada. Por su parte, Serbia pudo acunar de nuevo su sueño de la Grande Serbia, reforzando su prestigio entre los eslavos del Sur y de Austria-Hungría. Rusia estaba decidida a no permitir que Austria se aprovechara de posibles desestabilizaciones. El imperio otomano corría el peligro de hundirse. Todos los países afectados aceleraron su carrera de armamentos...

De este modo, estalla en Sarajevo la primera guerra mundial, con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria a manos de un serbio bosnio. De hecho, el conflicto no fue otra cosa que el enfrentamiento entre Bulgaria, apoyada por los imperios del centro de Europa, y Serbia, Grecia y Montenegro, apoyados por Francia, Rusia, Inglaterra e Italia. Acabó con el nacimiento de un Estado balcánico, Yugoslavia, que federó artificialmente a los países que se impusieron a Bulgaria, con la excepción de Grecia y Albania.

Una unidad tan frágil no podía resistir a las tensiones que precedieron a la segunda guerra mundial. El asesinato del líder secesionista croata Stjepan Radic (junio 1928) excitó el extremismo de los ustachas, quienes, apoyados por Mussolini, buscaban crear una Gran Croacia fascista, limpia de todos los que no fueran croatas. En 1938, la oposición unida de Serbia acoge calurosamente en Belgrado a Vladko Macek, sucesor de Radic. Paralelamente, el partido comunista, dirigido por Josip Broz Tito desde 1937, promueve la idea de una Yugoslavia federal. El 6 de abril de 1941, Alemania, Italia, Hungría y Bulgaria atacan Yugoslavia sin declarar la guerra: Belgrado es bombardeada. El 10 de abril los ustachas proclaman en Zagreb el Estado independiente croata. El 17 de abril, el ejército capitula. Tito, recluido en Bosnia, logró alcanzar el apoyo para organizar a la oposición. Fue así como nació el Consejo antisfascita de liberación nacional, compuesto por cinco Repúblicas (Serbia, Croacia, Eslovenia, Macedonia y Monetenegro), además de la república de Bosnia-Herzegovina.

KOSOVO, CUNA DE SERBIA Y REFUGIO DE ALBANESES


¿Qué historia tiene Kosovo, para desencadenar una guerra de implicaciones más dramáticas que las del resto de los conflictos que han dado origen a las Repúblicas surgidas de la antigua Yugoslavia? ¿Cómo es posible que una provincia, que antes de la guerra tenía menos de dos millones de habitantes (82% albaneses y 10% serbios), haya dejado sin respiración a la paz en el planeta?

En el siglo XIV, Kosovo constituía el corazón de la Serbia medieval. De hecho, en Pec, residía el Patriarca de la Iglesia ortodoxa serbia. Sin embargo, las derrotas contra los turcos (1389) y contra Jan Hunyadi de Hungría (1448) cambiarían decisivamente la historia de la región. Los turcos dominarían durante cuatro siglos los Balcanes. Mientras tanto, la llegada de las tribus albanesas ya se había hecho evidente. Durante los siglos siguientes este flujo se incrementó, provocando la emigración de los serbios hacia el norte.

De este modo, en 1880, se proclamó por primera vez un Gobierno provisorio albanés. Sin embargo, contra su voluntad, los albaneses de Kosovo pasaron a formar parte de Serbia en 1912. Con el nacimiento de Yugoslavia, tras la primera guerra mundial, tuvo lugar un largo período de política de asimilación y de emigración forzada que terminó en 1966 con el final de la política represiva. En 1974, Kosovo alcanzó una amplia autonomía. Al inicio de los años ochenta, su reivindicación de un estatuto de república federal generó una fuerte represión por parte de Slobodan Milosevic, que acabó con la supresión la autonomía de la provincia en 1990. Comenzó así un proceso de serbización en las oficinas públicas, en las escuelas, etc.

En mayo de 1992 los albaneses organizaron elecciones legislativas y presidenciales, que, obviamente, no fueron reconocidas por Milosevic. Ibrahim Rugova, líder de la Liga Democrática de Kosovo, fue elegido Presidente. Meses más tarde, el Parlamento serbio votó un proyecto de colonización de Kosovo financiado con el 3 por ciento de los ingresos brutos de los comercios privados y de los agricultores de Kosovo. El resto es cosa de nuestros días.

Jesús Colina
Roma