RetrocesoA&ONº 162/22-IV-1999SumarioEn portadaContinuar
El Protectorado en Kosovo: una
estrategia para el aislamiento
La vieja teoría del protectorado desembocó en una doctrina, acordada por una parte notable de la comunidad internacional a principios del siglo XX, según la cual, frente a la incapacidad del ejercicio de soberanía por parte de un débil poder constituido, se imponía la presencia in situ de una potencia protectora. Los españoles, para tener una referencia, deberíamos recordar el contenido de los acuerdos de la Conferencia de Algeciras (1906) sobre la zona asignada para España del entonces denominado Sultanato de Marruecos.

Hoy, respecto al episodio abierto en la guerra de Yugoslavia en la región de Kosovo, vuelve a hablarse de la teoría del protectorado, como si se tratara de un camino que podría llevar a alguna forma de pacificación. El protectorado, en todo caso, sería una solución temporal esencialmente didáctica. Lo que se protege es a una población que debe aprender a convivir, tanto administrando correctamente sus recursos como engendrando un género de vida más bien moderno, enmarcado en un Estado soberano, sí, pero demográficamente complejo.

Ahora bien, la primera fase para la implantación de un protectorado está necesariamente marcada por una estrategia para el aislamiento de un territorio que se quiere poblado de unas gentes en particular. Y esto es, exactamente, lo más difícil de explicar en la guerra de Yugoslavia si se la define, correctamente, como lo que está siendo, como una guerra civil que ocasiona secesiones sucesivas en cadena. La protección de la vida de las comunidades de hombres, en principio, libres, en la región de Kosovo por unidades militares prestadas por la comunidad internacional, requiere un nuevo fraccionamiento del territorio que fue yugoslavo. La finalidad del apaciguamiento -un objetivo que no es lícito abandonar- quedará afectada por el sentido del primer acto, que es un acto a favor de la disgregación social entre serbios y kosovares.

Verbalmente siempre será posible subrayar que no se quiere fundar en Kosovo, ni en Montenegro tampoco, una nueva nacionalidad, ni mucho menos ampliar los espacios soberanos de Albania o de Macedonia. Pero, realmente, lo único que tendrá sentido será aquello que, en definitiva, resulte propiciado. La finalidad protectora de unas gentes (kosovares) amenazadas por los estertores de un poder político (serbio), debilitado substancialmente por las operaciones militares de la Alianza Atlántica en curso, no puede dejar de ser en su raíz una finalidad reconciliadora de ambas comunidades.

Es, en este punto del espíritu de la reconciliación, donde se está jugando el futuro de todo lo que fue la confederación de los pueblos eslavos del sur, desde Eslovenia a Macedonia. Los ejércitos que participen en el empeño de paz deberán estar constituidos por unidades a cargo de unos mandos tan suficientemente imbuidos de este afán reconciliador de actitudes como dispuestos a dejar claro que tal es la única finalidad de su presencia. Y para dejarlo ver con absoluta claridad será precisa una presencia in situ pero, no como la unidad militar que refuerza a un reanimado movimiento guerrillero, ni tampoco como la fuerza armada que aniquila al enemigo actual de la propia comunidad protegida. A Kosovo, como en su día se fue a Bosnia o hacia la Krajina, se irá para implantar unos modos de convivencia en paz, no para materializar una victoria.

Miguel Alonso Baquer
Instituto Español de Estudios Estratégicos