RetrocesoA&ONº 191/16-XII-1999SumarioEl Día del SeñorContinuar
Cuarto Domingo de Adviento
Evangelio
A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando a su presencia, dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres.

Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

Y María dijo al ángel: ¿Cómo será eso, pues no conozco varón?

El ángel le contestó: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.

María contestó: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

Lucas 1, 26-38

«Hágase...
Por más que leamos este evangelio, no deja de sorprender. Que Dios hable con el hombre pertenece a la esencia misma de su hechura: lo creó para dialogar con él cara a cara como es habitual entre amigos y ganarse su confianza. Ahí están los paseos de Dios con Adán, al caer la tarde, en el paraíso de la gracia aún no perdida. Y ahí están los textos bíblicos confirmando diálogos de Dios con el hombre, ya caído en pecado, que expresan hasta qué punto cuenta con él, discute y lucha, conversa y calla, seduce y se deja conquistar por los justos y sencillos. Dios ha hecho al hombre para el diálogo, porque el mismo Dios en su comunión trinitaria dialoga entre sí. También en esto, el hombre es imagen y semejanza suya.

Pero que Dios dialogue, en la cámara secreta de una virgen, solicitando un sí, libre y obediente, para que su Hijo tome nuestra carne y se una para siempre a nuestro destino, sobrepasa toda comprensión y medida de nuestra lógica. Porque aquí, en este diálogo entre Gabriel y María, Dios hace depender su plan salvador del sí de una mujer que lo pronuncia en la plena libertad que le otorga la gracia. Este diálogo, para el que Dios ha preparado desde toda la eternidad a María, indica el grado de confianza que Dios concede al hombre que se deja amar por Él. Dios pidiendo favores; mendigando un sí; buscando complicidad para su obra. ¿Quién podrá mantener la tesis de que Dios no se fía del hombre, o se distancia de él, o le destierra de su lado? ¿Cómo no entender que, desde toda la eternidad, Dios ha querido ser hombre y que en la plenitud de los tiempos quiso ser conocido como el nacido de mujer?

Más aún. Para hacer los mundos, la primera creación, bastó una palabra suya, rotunda y poderosa, dirigida a la nada o al caos informe: Hágase. Y la luz, las aguas, la tierra y las luminarias del cielo, los animales y el hombre fueron hechos. La creación quedó concluida. Ahora, cuando llega el momento de la nueva y segunda creación, Dios dialoga con una virgen llamada María, y le pide que sea ella quien pronuncie el hágase de los nuevos orígenes; un hágase que sonaría en los oídos de Dios como un eco, pobre y humilde, virginal y obediente, dicho en la fe, de aquel primer hágase que constituyó los mundos. Cuando el hágase en mí según tu palabra resonó en lo más alto del cielo, Dios consumó su diálogo con el hombre, y le habló para siempre su Palabra, el Verbo; y se lo dio a una Virgen que con su sí abrió las puertas de su seno a la nueva creación que es Jesucristo.

¿Y habrá quien piense aún que Dios no se fía del hombre?

+ César Franco
Obispo auxiliar de Madrid


Año de Gracia
Reunidos cada Día del Señor, romped el pan y dad gracias,
después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro.
Todo aquel, empero, que tenga contienda con su compañero,
no se junte con vosotros hasta tanto no se hayan reconciliado, a fin de que no
se profane vuestro sacrificio.
Respecto a la acción de gracias, daréis gracias de esta manera: Primeramente, sobre el cáliz:
Te damos gracias, Padre nuestro,
por la santa viña de David, tu siervo,
la que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu siervo.
A ti sea la gloria por los siglos.

Luego sobre el fragmento:
Te damos gracias, Padre nuestro,
por la vida y el reconocimiento
que nos manifestaste por medio de Jesús, tu siervo.
A ti sea la gloria por los siglos.
Como este fragmento estaba disperso sobre los montes
y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia
de los confines de la tierra en tu reino.
Porque tuya es la gloria y el poder por Jesucristo eternamente.

Después de saciaros, daréis gracias así:
Tú, Señor omnipotente,
creaste todas las cosas por causa de tu nombre
y diste a los hombres comida y bebida para su disfrute.
Mas a nosotros nos hiciste gracia
de comida y bebida espiritual y de vida eterna por tu siervo.
A ti sea la gloria por los siglos.

Doctrina de los Doce Apóstoles