RetrocesoA&ONº 148/16-I-1999SumarioUsted tiene la palabraContinuar

Stefan Tobler, teólogo de la Iglesia Reformada:
El dolor de no poder comulgar
En la segunda mitad de mi época de estudios compartía la casa con otros jóvenes del movimiento de los Focolares. Éramos católicos y reformados, pero en la vocación al amor éramos todos iguales. En nuestra vida común había, aunque de cuando en cuando, momentos imprevistos e incluso dolorosos, en los que se ponía de manifiesto nuestra diversa educación religiosa. Cuanto más se quiere, más cuesta, a veces, este vivir en la diversidad. Y esto vale ciertamente para el punto más doloroso del camino ecuménico: la cuestión de la comunión eucarística.

Con ella está ligada una experiencia clave en mi vida. Acabados mis estudios de
teología, pasaba dos años de formación en Italia. Casi todos los de la casa eran católicos. Cada día había la posibilidad de asistir a una celebración eucarística. Yo también solía asistir para no perder ese momento de oración. ¿Pero comulgar? Conocía la doctrina oficial de la Iglesia católica al respecto. Participar en la comunión habría significado no estar preparado para afrontar la verdad: que las relaciones entre nuestras Iglesias todavía no estaban en su sitio. Se me planteaban interrogantes durante la Eucaristía cada vez más fuertes: ¿Quién tiene razón en la cuestión de la Eucaristía? ¿Quizás no llegarán nuestras Iglesias a reconciliarse nunca? ¿Quizás me falta algo esencial? ¿Puedo quedarme en este lugar si no puedo compartir con los demás este momento de encuentro con Dios?

Me acuerdo de ese día como si fuera ayer. Estaba allí, en la iglesia, atormentado con estas dudas. Y de pronto se me aparecía un rostro, un nombre, que conocía bien por la espiritualidad del movimiento, pero que quizás sólo en aquel momento encontré verdaderamente: Jesús Abandonado, que quiere decir: Jesús Crucificado en el momento en el que grita el abandono de Dios. Él, que en aquel momento había tomado sobre sí y superado toda la división del mundo, y, por eso, todas las dudas, Él, venía al encuentro de todas mis dudas personales. Me parecía que me dijera: No temas, soy yo. Fue una verdadera experiencia de comunión con Él, el Abandonado.

Después de aquella Misa no podía contener mi alegría, debía contar a todos: ¡Le he encontrado! ¿Qué había encontrado? Había encontrado en Jesús Abandonado a ese Dios que llena todos los vacíos. Puede haber interrogantes que no encuentran respuesta, pero llevan siempre ese rostro, ese nombre. Él es el camino para permanecer siempre en el amor, y sólo en el amor puede revelarse la verdad en toda su riqueza.

Stefan Tobler


«No temo por mí, sino por mi hijo»

No puedo quejarme porque está preso por el mucho mal que hizo. Si alguien me habría hecho a mí lo mismo, ni perdón ni nada. Voy a visitarlo con frecuencia, pero nunca le he dicho que está ahí dentro por ser abertzale. Es mi hijo, pero sé distinguir diferencias. Está preso y lejos de casa porque cometió un crimen, y eso siempre se paga.

Usted (a Ussía) escribió hace poco un artículo contra el acercamiento de los presos a Euskadi. No voy a darle la razón, pero comprendo su postura. A los presos se les puede visitar, y esperar, y liberar. A los muertos, no. Usted está al lado de los muertos, y eso para mí tiene un valor.

Algo habrá que hacer para terminar con todo esto. Pero no engañarnos. Si mi hijo vuelve a casa será por generosidad, no por derechos. Será por perdón, no por justicia. Justo es donde está ahora. Y será siempre mi hijo, pero nunca como era antes de volverse loco. Porque ETA no es una organización armada y patriota. ETA es una cuadrilla de locos envenenados, que ha hecho un mal irreparable.

La primera noche que faltó pensé que era cosa de mujeres o de su cuadrilla de amigos. Luego comprendí que era de ETA y pasé más de un año sin tener noticias. Cuando las tuve, ya no había remedio, sobre todo para el que acababan de enterrar. Asco me daba pensar que mi hijo había hecho algo así. Y mucha tristeza. Después he sentido indignación. Porque mi hijo está más preso de sus compañeros y políticos sinvergüenzas que de la Justicia. Le he pedido mil veces que hable y se arrepienta. Pero tiene miedo.

Siga estando al lado de los muertos. De todo este lío repugnante es lo único decente. Pero no se olvide de las personas que, como yo, sufrimos un doble castigo. Hay padres y madres que no ocultan su orgullo por lo que han hecho sus hijos. Pero también las hay que sufren en silencio y no se atreven a reconocer su pena. No tengo miedo por mí, lo tengo por mi hijo.

(De ABC: Carta de la madre
de un preso de ETA a Alfonso Ussía)