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Diego de Silva y Velázquez fue un genio de la pintura. Bautizado en la parroquia sevillana de San Pedro el 6 de junio de 1599 y enterrado en Madrid, su vida fue la de una buen católico de su tiempo. Hombre sensible, pero reservado hasta el hermetismo, sólo se conocen media docena de cartas suyas, lo que hace difícil la reconstrucción de su intimidad. Sin embargo, el inventario de lo que había en su hogar de la casa del Tesoro, junto al Alcázar real, después de su inesperada muerte el 7 de agosto de 1660, nos permite una idea de su religiosidad. El inventario describe un Cristo que pintó para su esposa en 1631 y libros religiosos como De la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, de Lucas de Soria, el Microcosmos y gobierno universal del hombre cristiano, de Fray Marco Antonio de Cano y De figurorum Bibliae.
En la última etapa de aprendizaje en el taller de Pacheco, Velázquez pintó su Inmaculada ateniéndose a la tradición iconográfica marcada por el Concilio de Trento. En la Adoración de los Magos, ya de 1619, pintada en su propio taller, nos da una composición muy personal y una pintura realista de gran dignidad. El realismo es aún mayor en cuadros como el San Juan en Patmos, o la pareja de lienzos de los apóstoles Santo Tomás y San Pablo, también de esta primera época. Instalado en Madrid, como pintor de Felipe IV, Velázquez conseguirá su máximo deseo, el de ser ennoblecido y reconocido hidalgo y caballero de la Orden de Santiago, con cuyo hábito será enterrado. Hara sus dos grandes pinturas religiosas en Madrid. La reina doña Isabel de Borbón, primera esposa de Felipe IV, le pide un cuadro para su oratorio. Velázquez pinta una soberbia Coronación de la Virgen, única por la belleza de su colorido y la unción de María. Este último misterio del santo Rosario había inspirado también al Greco, tan admirado por Velázquez, cuya composición repite. La otra obra es nada menos que el Crucificado por antonomasia, el famoso Cristo de Velázquez, hoy en el museo del Prado, pero que estuvo hasta el siglo XIX en la iglesia del convento de San Plácido. Se lo encargó la superiora diciéndole: Queremos un Cristo en la Cruz. Lo pintó Velázquez en 1638. Es la obra de más auténtica emoción religiosa del pintor sevillano. Arquetipo del Crucificado por su sobriedad, su humanidad, su dignidad. No hay paisaje, ni otras figuras, ni alarde de sangre. Sobre el fondo negro, Él sólo, medio rostro oculto por los cabellos y el otro medio tan semejante al de la Santa Faz de Turín. El pintor parece decirnos, como aquellos soldados testigos de la crucifixión: Ha muerto, era el Hijo de Dios. A este Cristo le cantaron los poetas Unamuno y Gabriel y Galán. Mercedes Gordon |