RetrocesoA&ONº 182/14-X-1999SumarioEn portadaContinuar
Casi dos millones de refugiados, más que Kosovo y Timor juntos
La terrible y silenciosa
tragedia de Angola
Desde hace 35 años, Angola, antigua colonia portuguesa, vive una terrible guerra civil
que se ha recrudecido en este año y que ya ha causado, según las estimaciones más
optimistas, 1,7 millones de refugiados y cientos de miles de víctimas. La indiferencia
de la comunidad internacional, las dificultades para llevar ayuda humanitaria, y la
brutalidad y corrupción de ambos bandos, junto con el hambre y las enfermedades,
están condenando el futuro de este país africano, en el que se producirá una
hecatombe si no recibe auxilio del exterior

Los magníficos edificios de la época colonial forman un curioso y trágico contraste con las calles sin asfaltar, llenas de mugre, surcadas por regueros de agua que salen Dios sabe de dónde. De repente ves a un hombre que se inclina con una botella vacía. No beberá de ahí, piensas. Pero sí, el hombre llena la botella y se la lleva a los labios. ¿Qué van a hacer? No hay otra agua. Esta, y otras anéctodas, contadas por los misioneros de allí, describen la vida cotidiana en la capital de Angola.

La bella Luanda, que hace 20 años tenía 300.000 habitantes, hoy tiene entre 3 y 4 millones, pero sigue teniendo las mismas estructuras que entonces. La mayoría de los recién llegados viven hacinados en barrios abusivos, en los que no hay desagües ni servicios higiénicos. Según la agencia vaticana Fides, dos tercios de la población viven sin agua corriente, y tienen que sacarla, pagando, de cisternas infectadas. Menos del 30% de los luandeses tienen electricidad, y el coste de la vida ha aumentado en un 400% desde enero. Los salarios -cuando los hay- son insuficientes, y la única forma de sobrevivir es robar o pedir sobreprecios sobre cualquier cosa. Allí, hasta las niñas de 10 años se prostituyen.

En Luanda, no obstante, se vive relativamente bien, porque la guerra está lejos. En otras ciudades como Malanje, sitiada desde hace varios meses, la situación es mil veces peor. Los recursos humanitarios llegan con dificultades o no llegan, y hay bombardeos. El obispo de Malanje, el español monseñor Luis Pérez de Onraíta, cuenta así: A lo largo de este año de 1999, desde el día 4 de enero, hemos sufrido el pánico y la destrucción de las bombas. Más de mil personas murieron. Otras tantas sufrieron quemaduras y heridas por los astillazos. Mi casa recibió dos bombas, los días 14y 27 de marzo. La primera era de una potencia enorme; la segunda cayó a 20 metros de donde yo estaba. Ahora, en agosto, las bombas caen con menos frecuencia. Pero tenemos una bomba más mortífera, la bomba del hambre. Seguramente mueren más de diez personas por día de hambre. Miles de personas deambulan por las calles en busca de comida y se sientan, hundidas y derrotadas, a la puerta de nuestras casas. Parecen cadáveres ambulantes de rostros demacrados y ojos hundidos. Cuando una persona cae desvanecida, se le da un poco de agua con azúcar y se recupera rápidamente, y va para casa, donde no tiene comida.

El desorbitado aumento de la población en las ciudades se debe a la guerra, una guerra civil que empezó antes de 1975, año en que Angola dejó de ser colonia portuguesa, y que, tras altibajos y treguas, actualmente se ha recrudecido. Un conflicto que se mantuvo gracias a la guerra fría (Cuba envió soldados allí durante muchos años para apoyar al Gobierno, y Sudáfrica prestaba auxilio a los guerrilleros de la UNITA, Unión Nacional para la Independencia Total de Angola), y que ahora se mantiene a costa de esquilmar los recursos del país. El Gobierno, que domina la costa, controla los yacimientos de petróleo; y la UNITA, que domina el interior, tiene las riquísimas minas de diamantes.

Esta conflagración ha producido alrededor de 1,7 millones de desplazados -deslocados-, más que Kosovo y Timor Oriental juntos. Según relata Fides, la gente huye de las aldeas del interior, zona de guerra, donde son rehenes de los militares del Gobierno o de los guerrilleros de la UNITA, según de qué lado les haya tocado, y donde su vida no tiene ningún valor.

«ANGOLA, PARA ONDE VAIS?»


Con este título, los obispos de Angola publicaban el 10 de septiembre del año pasado una carta con evidentes signos de preocupación por el cariz que estaban tomando los acontecimientos. Efectivamente, el Protocolo de Paz de Lusaka, firmado en noviembre de 1994 entre el Gobierno y la UNITA, que había supuesto un gran avance hacia la paz, estaba herido de muerte. El Gobierno expulsó del Parlamento, mediante decreto, a los ministros y diputados de la UNITA elegidos en 1992 para un Gobierno de Unidad y Reconciliación Nacional. Además, lanzó una ofensiva contra los territorios ocupados ilegamente por la UNITA, a quien había previamente dejado de considerar su interlocutor político. En agosto del año pasado, se rompió la tregua definitivamente, aunque sin declaraciones de guerra. De hecho, se trataba al principio de una guerra tan silenciosa que, como señala Giovanni Antonini, de la Comboni Press, los medios de información estatales no hablaban de ella, ni mostraban imágenes.

En cambio la Iglesia, siempre alerta, levantaba la voz. En el citado mensaje, publicado en Europa por L‘Osservatore Romano, los obispos angoleños afirmaban contundentemente: No podemos aceptar con indiferencia que seis años de arduas, trabajosas y prometedoras negociaciones de paz se transformen, mediante una nueva guerra, en un escarnio para el pueblo de Angola y para la comunidad internacional, que tanto se ha empeñado en nuestra reconciliación. No podemos permanecer indiferentes al pensar que 15 millones de angoleños vayan a ser sacrificados, sus vidas y sus bienes, por los intereses personales o partidistas de unos pocos. Los obispos llamaban a la reconciliación, suplicaban a los contendientes que les escucharan por amor al pueblo; llegaban incluso a advertir, a los católicos que tomaran las armas, que podrían ser separados de la Iglesia: Homicida no es sólo el que dispara; es también, sobre todo, el que ordena disparar. El católico que practique tan horrendo crimen sepa, pues, que incurre en pena canónica de excomunión. Todo fue en vano.

VILACIONES, TORTURAS, ASESINATOS


Desde hace años, los informes de Amnistía Internacional sobre Angola no ofrecen otra cosa que una larga lista de atrocidades, cometidas por ambos bandos. Por parte del Gobierno, las detenciones y ejecuciones sumarias por la policía son cotidianas; por parte de la UNITA, no cesan las masacres en las aldeas del interior. La violencia no se detiene ni ante los trabajadores de Naciones Unidas y otras organizaciones de ayuda humanitaria; algunos de sus miembros fueron asesinados el año pasado, y los convoyes de ayuda humanitaria por tierra no llegan casi nunca a su destino, por los bombardeos y los asaltos. Además, siete periodistas, según denuncia la Unión de Periodistas Angoleños, han sido asesinados en extrañas circunstancias. La sociedad angoleña -afirman- es rehén de una «conspiración de silencio». Radio Ecclesia, emisora fundada por un sacerdote angoleño, ha padecido también la censura. Ninguno de los dos bandos, denuncia Amnistía Internacional, respeta la Convención de Ginebra.

Por otro lado, Angola se ha visto implicada también en la guerra del antiguo Zaire, por el control del enclave de Cabinda. De hecho, unos periodistas ingleses enviados a la zona publicaban el pasado septiembre, en el diario londinense The Independent, un reportaje en el que denuncian que hay miles de soldados zaireños de la oposición a Kabila luchando en las filas de UNITA. Estos refugiados han sobrevivido bajo la UNITA durante años. ¿Por qué ahora tienen que abandonar sus casas y su tierra? Esta vez, UNITA es diferente. Hay zaireños luchando con ellos y matan a todo el mundo: mujeres, bebés y ancianos. Para agravar esta situación, se registran tensiones étnicas, inexistentes hasta ahora. Los obispos lo denuncian en su mensaje de septiembre: No podemos ignorar que, al menos aparentemente, el blanco preferencial de la violencia, incluso policial, son gente de ciertas etnias. ¿Serán meras coincidencias? ¿Es intolerancia política o también étnica? Corremos el riesgo de «ruandizar» Angola, ¡que Dios no lo permita! Sería correr hacia un abismo suicida, sin precedentes en nuestro país.

LA CATÁSTROFE «HUMANITARIA»


El Programa de Alimentación Mundial declaraba, en abril de este año, que la situación era extremadamente grave, y que sus reservas llegarían apenas para dos meses. A la petición de ayuda del Gobierno de Angola, apenas respondieron al llamamiento Estados Unidos, los Países Bajos, Canadá y Suecia, que donaron en total 21.657.149 dólares, el 32% de la cantidad solicitada. Otro factor que agrava la situación es la inseguridad de las vías de comunicación. De hecho, actualmente el 80% de las operaciones humanitarias se efectúa por vía aérea, lo que hace que sea más caro y que contribuya a agotar más rápidamente los recursos del PAM.

La falta de dinero, así como la inseguridad militar y la imposibilidad de llevar a cabo su atención a los refugiados, hicieron que en abril la Organización Internacional de Migraciones cerrara todas sus estructuras en Angola, con lo que los programas de emergencia se llevarían a cabo desde Pretoria (Sudáfrica). Por los mismos motivos, las ONGs que trabajaban en la zona tuvieron que evacuar a principios de año. Así lo expresaba el obispo de Malanje: Las ONGs nos han abandonado, se fueron cuando cayeron las primeras bombas en enero. Estos días (en agosto) han vuelto. Estamos contentos porque vienen con muchas ganas de paliar en lo posible el sufrimiento de los niños, viejos y refugiados. Pero cuando caigan las próximas bombas estos buenos trabajadores de las ONGs se marcharán. Y nos quedaremos sólo los misioneros. Como siempre.

Añade: Mi experiencia de misionero y de obispo es de angustia. Sufro de impotencia y de vergüenza. Nadie se acuerda de nosotros. Nadie mueve un dedo para ayudarnos.

HAMBRE, HAMBRE, HAMBRE


Hace unos días, el Presidente de Angola reconocía que la situación era muy grave. Bailundo, una de las ciudades del norte, ha sido destruida. Muchos de los misioneros que están más allá del frente están incomunicados. El obispo de Huambo, monseñor Viti, se desespera: Tenemos aquí una multitud de niños que mueren de hambre. ¡No es siquiera desnutrición: es hambre! En Cuito, el director adjunto del PAM, Namanga Ngongi, visita un hospital donde 15.000 personas acaban de llegar a la ciudad tras caminar durante 10 días. Se lamenta: ¿Y qué decir de las zonas controladas por la UNITA, donde no sabemos qué está pasando?

¿QUÉ HA HECHO Y HACE LA COMUNIDAD INTERNACIONAL?


Sorprendentemente, ciertos organismos de las Naciones Unidas han preferido, en un país diezmado por la guerra en el que la educación, la sanidad y los servicios públicos prácticamente no existen, dedicar grandes esfuerzos a controlar la población. La agencia para la población de la ONU (UNPFA) ha desarrollado un programa en seis provincias angoleñas (Benguela, Huila, Cuanza-Sul, Huambo, Bié y Malanje, que equivalen, en números, a la mitad de la población de Angola), que tiene, como prioridad, corregir los altos porcentajes de fertilidad de la mujer angoleña y la mortalidad entre las parturientas. Se propone aumentar los índices de distribución de los anticonceptivos, preferentemente en las seis provincias nombradas. Existen 120 centros de atención en esas provincias, y pretenden extenderse en otros puntos del país. Está prevista una distribución masiva de preservativos en Luanda.

Los obispos lo denunciaban, en marzo de 1998, en una carta pastoral: ¿No es una clara intromisión en la soberanía nacional? ¿Cómo, en un asunto de tanta importancia (¡se trata de nuestra supervivencia!) se deja tanta iniciativa a los extranjeros, cuyos intereses no coinciden necesariamente con los nuestros? Angoleños, la población de nuestro país es excesivamente pequeña, confrontada con la extensión del territorio. Al menos para Angola se debería hacer una excepción en estos métodos draconianos de contener el aumento de la población. Queremos llamar respetuosamente la atención de las autoridades sobre el hecho de que aquí, en Angola, se están distribuyendo a las mujeres fármacos que en Europa han sido prohibidos y retirados de los circuitos comerciales. Otro drama de Angola, del que Occidente es culpable, son los 20 millones de minas antipersonas enterradas por todo el territorio, esa arma diabólica condenada por toda honrada conciencia humana de la que hablan los obispos del país. Tema que nos toca muy de cerca, ya que gran parte de estas minas son de fabricación española.

El pasado 22 de agosto, Juan Pablo II, desde Castelgandolfo, lanzaba este llamamiento: En Angola, el egoísmo de unos, aliado con los intereses de otros, está llevando a esta nación a una inexorable y lenta agonía, comprometiendo así el futuro de toda la región. Pido a la comunidad internacional que no envíe armas a cambio de diamantes y petróleo, sino alimentos. El analista portugués Sousa Tavares afirma que lo que desde hace varios años separa a la guerrilla del UNITA del gubernamental MPLA no tiene nada que ver con cuestiones ideológicas, ni con divergencias políticas, étnicas o militares. Es sólo la repartición del botín, la rapiña de Angola, lo que les preocupa. Y sentencia: Es un país en el que la mafia está en el poder y los jemeres rojos en la oposición.

Todas las guerras africanas, excepto las grandes masacres, son siempre olvidadas. Así resume Carlo Giannini, responsable de Cáritas Española para el África Subsahariana, la tragedia de Angola. José Eduardo Agualusa, corresponsal en Luanda del diario portugués O Publico, lo define así en su libro La estación de las lluvias: Creo que estamos rodeados de monstruos y de héroes que sólo salen a la luz cuando no hay leyes, cuando todo se hunde. Un hombre sólo se muestra como es cuando puede hacerlo todo y no pagar por ello. Ahí, y sólo en ese momento, es cuando descubrimos quién es quién. En Angola vivimos esta situación de locura total.

Inma Álvarez