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Música:
Monteverdi y la recuperación humana de Orfeo

Una verdadera plegaria
El Orfeo de Claudio Monteverdi (Cremona, 1567 - Venecia, 1643) pasa por ser la primera ópera de la Historia. La obra se estrenó en 1607, cuando, con cuarenta años, el compositor había alcanzado ya la madurez artística. En los últimos años de recuperación del autor y de su obra, la crítica oficial de nuestro tiempo ha presentado a Monteverdi como uno de los más claros ejemplos de la nueva mentalidad salida del Renacimiento. Desde luego, Monteverdi fue hijo de su tiempo: aunque músico, pasó por la Universidad; sus conocimientos de astronomía superaban los de un simple aficionado; sus comentarios sobre poesía revelan el juicio de un hombre instruido; supo utilizar el marketing de la época para publicar sus obras con un nada desdeñable beneficio económico; no dudó en salir a defender públicamente su estilo frente a los ataques de quienes lo criticaron como demasiado innovador, en una polémica artística que apasionó a los círculos intelectuales italianos durante varios años. En fin, Monteverdi sería el perfecto artista polifacético, el genio hecho a sí mismo. Su elección del mito de Orfeo encajaría a la perfección en este esquema, porque Orfeo sería el hombre capaz de vencer cualquier dificultad con su propia fuerza -la inaudita belleza de su canto-. Al descender al Infierno y traer de nuevo a la vida a su amada Eurídice, el hombre derrota, por sí solo, a la muerte. Pero, como veremos, esta explicación siempre oculta el final, que en el mito griego trae la mayor desesperanza.

LA TRAGEDIA DE LO HUMANO

La primera parte de la ópera es una verdadera delicia, con sus alegres coros y bailes, con los apasionados solos del protagonista. Se celebran los esponsales de Orfeo con Eurídice, cuyo amor aquel ha conquistado con la dulzura de su música. Pero, en medio de tanta alegría, un suceso imprevisible introduce el dolor: la novia ha muerto por efecto del veneno de una serpiente. En medio de la tragedia, Orfeo no duda: irá al reino de los muertos para convencer a Plutón de que le devuelva la vida a Eurídice. La Esperanza acompaña al protagonista hasta las mismas puertas del Infierno, donde se lee la inscripción: Dejad toda esperanza los que entráis. Orfeo avanza, y duerme con su arrullo a Caronte, el guardián del Infierno; logra luego conmover a Plutón, que le permite recuperar a su esposa, poniendo como condición que no se vuelva a mirar el rostro de Eurídice hasta que esté de nuevo en el reino de los vivos. El hombre ha vencido, sus deseos se hacen realidad, nada puede interponerse entre la condición humana y la felicidad.

Pero en medio de esta supuesta apoteosis de lo humano, vuelve a introducirse un factor dramático: Orfeo duda, de pronto, si su mujer vendrá tras él; se da la vuelta, para alcanzar sólo a verla desaparecer de nuevo en el reino de los muertos. Es éste un momento terrible de la ópera. Ante la debilidad del hombre, ante su pecado, queda la soledad -Orfeo vuelve al mundo, pero sin su amada- y el mundo, representado por el Coro de los Espíritus del Infierno, sólo recrimina: el que venció al Infierno ha sido vencido por sus pasiones; sólo aquel que se venza a sí mismo merece la gloria eterna. El mito griego acaba aquí: Orfeo, solo en un desierto paraje de Tracia, es destruido por unas celosas Bacantes. El héroe ha muerto, y con él todo lo humano que representaba: belleza, nobleza, entrega, amor.

EL DRAMA, O LA VERDADERA VICTORIA DE

Pero la muerte no es la última palabra en el Orfeo que quiere Monteverdi. Por el contrario, éste introduce la verdadera gloria de lo humano en todo su dramatismo al final de la ópera. Cuando Orfeo está a punto de abandonarse a la desesperación, el cielo se abre, y de él desciende Apolo: Dios viene a salvar al hombre. Esta solución del Deus ex machina del teatro renacentista y barroco -criticada por muchos estudiosos modernos, que lo consideran una concesión a las presiones de la censura de la época, cuando no un recurso útil para un autor poco imaginativo- sitúa toda la situación bajo el signo de una experiencia específicamente cristiana ajena al texto representado hasta entonces. Las propias palabras del drama de Monteverdi confirman esta explicación. La última escena de la ópera es un diálogo conmovedor entre Apolo, Dios y Orfeo, el hombre, en que el Padre no recrimina a su hijo por su debilidad, sino que le recuerda cuál es la verdadera condición de su humanidad: Escúchame, y tendrás alegría y vida.

A la luz de esta hipótesis cobra sentido esta obra maestra. Sólo así puede entenderse que Monteverdi, el genio, escriba en una carta de 1616, a propósito de su obra más querida: El Orfeo me mueve a una verdadera plegaria.

Julio Alonso