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En octubre de hace medio siglo -en pleno franquismo, 1949- un joven autor y no precisamente franquista, Antonio Buero Vallejo, ganador del Premio Lope de Vega de Teatro, estrenaba en el Español su obra premiada: Historia de una escalera. Cincuenta años más tarde, sobre las nobles tablas del mismo escenario, acaba de estrenar su última obra: Misión al pueblo desierto. Mientras la noche del estreno compartía la indisimulable y profundísima emoción de un Buero muy mayor anunciándose dispuesto a seguir en la becha, espoleado por las clamorosas ovaciones y bravos del público, se me antojaba que acababa de presenciar algo que muy bien podía definirse como la historia de otra escalera: la de los arduos peldaños de la reconciliación y de la paz, día a día, durante nada menos ya que medio siglo, no sólo del dramaturgo felizmente vivo entre nosotros, sino de todo un pueblo, el español.
Y me venían al recuerdo otros títulos de Buero que se me antojaban otros tantos símbolos insuperables: desde su esplendoroso Tragaluz, hasta su Un soñador para un pueblo. El soñador ha seguido soñando, bien despierto. Y, ahora, con la guerra civil como telón de fondo, impecable y eficacísimamente convertido en relámpago de luz por la magia de las últimas tecnologías -pantalla interactiva incluida-, pero antes por la sensibilidad exquisita, una vez más, de la dirección de Gustavo Pérez Puig y de Mara Recatero, tiene una misión que ofrecer a un pueblo desierto, en tierra de nadie, que él se ocupa de intentar llenar con personajes de carne y sangre, de hueso y de revolución pero, en fin y por fin, con la paz de la palabra razonada y del legítimamente utópico, digno, esperanzado anhelo de que no todo esté perdido... |
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Buero se ha manifestado convencido de que la guerra civil, esa zarza ardiente, no ha terminado, y la prueba más incontrovertible es que él ha necesitado escribir esta obra, donde revive y hace revivir la guerra desde su personal trinchera, pero ya con la noble, madura, responsable visión crítica que da, irremisiblemente, la perspectiva de medio siglo. Si no bastase, sería suficiente oir, la noche del estreno, cómo -insisto ¡cómo!- tarareaba parte del público, por lo bajinis, pero no tanto, las viejas canciones de la guerra, no el pasodoble de Julio Romero de Torres, el que pintó la mujer morena, ni el Oriamendi, ni el Volverán banderas victoriosas, ni La Internacional, como el A las barricadas y el Madrid resiste, que sonaban por los altavoces. Nos han puesto en zona roja, ironizaban algunos espectadores al comprobar sus localidades...
Manuel Galiana y Ana María Vidal, Paula Sebastián y Juan Carlos Naya, todos los actores, bordan su papel. Una desconocida Anunciación del Greco que ha quedado en un pueblo desierto, entre los dos frentes, y que hay que evitar que caiga en manos del enemigo, da para mucho juego de ideas y de reflexiones -hay mucho odio en la guerra, demasiada afición a matar impunemente; si el Greco no estuviera más vivo que nosotros, no arriesgaríamos nuestra vida por él-; en una palabra, el rescoldo está más vivo de lo que parece. ¿España sigue siendo un Greco en disputa, o ya estamos todos muy de vuelta de todo?: la historia de otra escalera, ya digo... Miguel Ángel Velasco |