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José Luis Cuerda -el productor habitual de Amenábar y director, entre otras obras, de El bosque animado- ha estrenado La lengua de las mariposas, basada en unos cuentos del Premio Nacional de Literatura Manuel Rivas. Si Rafael Azcona, el guionista, se hubiese liberado de una interpretación tópica y rígida de la historia de España, y se hubiese dejado cautivar por el drama más profundo de los personajes de Rivas, estaríamos ante una excelente película.
Ésta nos cuenta la historia de don Gregorio, el maestro de una aldea gallega interpretado por Fernando Fernán-Gómez, en los últimos días de la Segunda República. Don Gregorio es un republicano culto y liberal, formado al estilo de la Institución Libre de Enseñanza, y tiene un alumno de ocho años, Moncho, hijo de una ferviente católica, del que se encariña rápidamente. Su amistad y aprecio mutuo se verán truncados por la guerra civil, que les situará absurdamente en los bandos opuestos. Cuerda logra hacer un film entrañable e íntimo, pero que se resiente de prejuicios históricos que ensombrecen su buena intención. El republicano, el fascista, el cura, la beata y la guardia civil que aparecen aquí, son estereotipos poco plausibles, por su tratamiento esquemático e ideológico; sin embargo, las tramas referidas a Carmiña, O«Lis, Andrés o la joven china, que sí son personajes cercanos y reales, quedan abandonadas e inconclusas a lo largo del film. Incluso el magnífico discurso sobre la libertad que lanza el maestro en su despedida es tramposo, porque ¿acaso los católicos que se involucraron en la guerra no lucharon también por su libertad, gravemente amenazada en los últimos días de la República? La lengua de las mariposas es una coproducción de Sogetel, del grupo PRISA, la realidad española que más ha contribuido a consolidar una lectura reductiva y marcadamente laicista de nuestra modernidad y del mito de las dos Españas. |
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Sin embargo, los últimos diez minutos son antológicos, de una fuerza enorme, y plasman visualmente de una forma excepcional la esencia de lo que fue nuestra terrible guerra, o cualquier otra contienda civil en general. Si es cierto que el fascismo, en sentido general, sea de derechas o de izquierdas, es una aplicación de la abstracción maniquea sobre la realidad, no parece muy lógico que un film que quiere denunciar dicho fascismo, adopte a su vez un planteamiento igualmente maniqueo. Sin duda aún nuestro pobre cine histórico no sabe partir de los hechos, sino que lo hace desde esquemas preconcebidos (vean si no Volaverunt).
Antonio Mercero es el único que se ha atrevido tímidamente a hacer un film donde el bien y el mal están en los dos bandos, como en la vida misma (La hora de los valientes). Lo que ocurre es que la joven generación de cineastas actuales, que podrían mirar atrás sin el dolor del resentimiento, prefieren tocar temas distintos al de nuestra España reciente. Pero tarde o temprano tendremos que ajustar cuentas con el pasado, y hacerlo con la ternura y autenticidad con la que Rossellini supo mirar los años de la guerra, o con la grandeza de miras que Renoir nos legó en La gran ilusión. Juan Orellana |