RetrocesoA&ONº 184/28-X-1999SumarioDesde la feContinuar
Instrucción vaticana sobre las monjas de clausura
«La esperábamos»
Llega hasta nuestro monasterio la pregunta de qué ha supuesto para nosotras la Instrucción Verbi Sponsa sobre la vida contemplativa y la clausura de las monjas. Y respondemos: pues… la esperábamos. Es el mismo Espíritu Santo el que, atravesando los tiempos e invadiendo los espacios, ha suscitado y sigue suscitando en tantas almas la vocación a la vida de contemplación.

En el umbral del año 2000, constatamos que el Espíritu del Señor sigue su obra. Lógico es que ese mismo Espíritu siga también manteniendo firme en la Iglesia esa vida escondida con Cristo en Dios, de mucho encerramiento, según la conocida expresión teresiana.

Sí, la esperábamos. Era necesario que el Espíritu Santo, Señor, Vivificador y Dador de carismas, el de la Verdad toda entera, viniese a confirmar el valor de la vida íntegramente contemplativa dentro del Cuerpo Místico de la Iglesia, y las exigencias suscitadas por Él en sus llamadas insistentes hacia la vida claustral. Por eso, era necesario que la Iglesia, por una nueva Instrucción, viniese a reafirmar el gran aprecio que siente por este género de vida, y su solicitud por salvaguardar su autenticidad, para que no falte un rayo de la divina belleza, que ilumine el camino de la existencia humana.

La esperábamos, porque era necesario que en esta era mariana en la que nos toca vivir, era llena de gracias, se destacase la vocación eminentemente mariana de las monjas de clausura. Las claustrales se reconocen de modo especial en María, virgen, esposa y madre, figura de la Iglesia, y, participando de la bienaventuranza de quien cree, perpetúan el sí y el amor de adoración a la Palabra de vida, convirtiéndose, junto con Ella, en memoria del corazón esponsal de la Iglesia. Como María, ocultas y dedicadas a la unión exclusiva con el Señor, participando en su adoración, en su compasión y en su corredención, las monjas podemos perpetuar la acción escondida de la Santa Madre de Dios en la Iglesia.

La esperábamos, en estos momentos en que la clausura es tan discutida por seglares que desconocen su valor y, a veces también, desgraciadamente, por quienes más debieran defenderla: sacerdotes y religiosos. Para nosotras, que nos consagramos íntimamente a la contemplación, la clausura nace de la necesidad de librarnos de todo aquello que pueda distraernos de entrar en la intimidad con el Verbo Esposo. Ésa es su grandeza. Por eso, estamos tan agradecidas a la Iglesia, que es Madre y Maestra, que con esta Instrucción nos confirma en nuestra vocación, haciéndonos posible el vivir con firmeza nuestra amada clausura. Siguiéndola, sabemos que cumplimos la voluntad de Dios, ¡qué seguridad y qué alegría! Que nadie piense que la llevamos como una carga impuesta. Al contrario, ha sido la respuesta, libre y deliberada, al llamamiento del Señor. La amamos y la estimamos inmensamente, porque es un signo de la santa protección de Dios hacia su criaturas, y es por otra parte una forma especial de pertenecer sólo a Él, porque la totalidad caracteriza la absoluta entrega a Dios.

La esperábamos, porque conocemos bien el amor, tantas veces demostrado, de nuestro Santo Padre, el Papa Juan Pablo II, a la vida puramente contemplativa. Él nos legó estas palabras, citadas en el número 3 de Verbi Sponsa: La vida de clausura es un modo muy particular de estar con el Señor, de compartir el , mediante una pobreza radical, que se manifiesta en la renuncia, no sólo de las cosas, sino también del , de los contactos externos, de tantos bienes de la creación, uniéndose al silencio fecundo de la Cruz.

Y, sobre todo, la esperábamos, porque sabemos que la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, no puede predicar una doctrina distinta a la de su Cabeza y Señor, que nos dirige hoy a nosotras las mismas divinas palabras que dirigió a María de Betania, sentada a sus pies: María ha escogido la mejor parte y no se la quitarán.

Por nuestra parte, dando gracias a Dios por este don inestimable, deseamos vivir con toda fidelidad y radicalidad nuestra vida de clausura, de soledad y silencio, para acoger la presencia de Dios en la alegría de la adoración y la alabanza. Y también nosotras, como Teresa de Lisieux, exultamos de gozo sabiendo que nuestro lugar en el corazón de la Iglesia es el ser el amor. Sólo permaneciendo en este corazón misionero de la Iglesia, mediante la oración continua, la oblación de nosotras mismas y el ofrecimiento del sacrificio de alabanza, contribuiremos a la extensión del Reino de Dios y obtendremos para toda la Iglesia un manatial de gracias celestes.

Una monja contemplativa