RetrocesoA&ONº 184/28-X-1999SumarioDesde la feContinuar
Testimonio del teólogo Bruno Forte en el Sínodo europeo:
«Las ideas de nuestra civilización
nacen de la fe»

Profesor de la Facultad Teológica de Italia Meridional y experto de este II Sínodo
de los Obispos de Europa ya concluido, hizo esta interesante intervención:

Yves Congar observaba que, no sin razón, se dice de un Concilio o de un Sínodo que se celebran. El verbo da a entender que estos encuentros no equivalen a una asamblea cualquiera en la que se suman las contribuciones de los participantes de forma análoga a como se haría en una consulta escrita, sino que son un auténtico acontecimiento del Espíritu, donde la experiencia de la comunión fraterna es signo e instrumento de una novedad de vida no medible según la lógica de las posibilidades humanas en juego.

Quien recorre la historia del Concilio Vaticano II a través de los volúmenes de las Actas Sinodales, se da cuenta de manera incluso experimental de la verdad de estas reflexiones: entre los textos enviados o compuestos para la preparación del Concilio y los definitivos aprobados por el Santo Padre hay una diferencia tal que sólo una novedad imprevisible, producida en el hecho mismo del reunirse los obispos en escucha del Espíritu Santo, puede justificar. Ciertamente, también los hechos humanos han jugado un papel decisivo, como los tiempos de maduración de las ideas, distribuidos en casi cuatro años, o la aportación decisiva de teólogos expertos, muchos de ellos de grandísima valía. Pero, más que esto, ha operado el clima de fe, de comunión colegial activa y fecunda, que nutrió el eje conciliar.

Se puede decir algo análogo de esta asamblea especial del Sínodo de los Obispos, apenas terminada: el Sínodo ha constituido una extraordinaria experiencia de compartir la fe entre padres muy diferentes unos de otros por su historia y su experiencia cultural. Esto ha unificado verdaderamente la Iglesia de Europa en sus dos pulmones -Oriente y Occidente- y ha dado vivacidad a sus respuestas a los desafíos de nuestro tiempo. Testigos de la fe supervivientes de la persecución de los totalitarismos ideológicos han trabajado, en concordia de propósitos y esperanzas, con los pastores de las Iglesias marcadas por las grandes revueltas de la secularización y por la difusión de la llamada condición postmoderna, caracterizada frecuentemente por un nihilismo invasor y radical.

Signo viviente de esta unidad fecunda, alimentada por las diversidades convergentes, ha sido la presencia del Papa: no sólo su palabra, sino también la escucha atenta y constante con que ha seguido los trabajos, han nutrido la comunión en la fe. A todos ha parecido evidente que hay un magisterio de la escucha no menos importante que el magisterio de la palabra, con el que el Sucesor de Pedro confirma en la fe a sus hermanos. Este magisterio traza un estilo de acción también para la vida de la Iglesia en los diversos contextos del continente europeo: saber anunciar al Crucificado Resucitado sobre todo a una comunidad acogedora y solidaria con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, escuchando sus alegrías y dolores, sus expectativas y preguntas abiertas.

De la gracia de esta comunión experimentada y celebrada emana el mensaje principal de este Sínodo a Europa: aunque hace propios los análisis de la complejidad que caracteriza al continente, los padres consideran que es más urgente su necesidad -en el Este como en el Oeste- de esperanza para dar sentido a la vida y a la Historia y al caminar juntos. No han faltado visiones pesimistas y valoraciones incluso dramáticas de la realidad actual, pero ha habido un esfuerzo para dar razón de la esperanza que hay en nosotros. Esta esperanza no está en algo, sino en Alguien: Cristo, que vive en su Iglesia. Y Cristo es el que revela a Dios Amor, comunión de los Tres, partiendo del dato histórico y cultural, que muestra cómo las grandes ideas que están en la base de nuestra civilización europea parten de la fe trinitaria -es decir: la idea de persona, la idea de comunidad y de la estrecha relación entre el bien personal y el bien común, y la misma idea de una Historia orientada hacia una meta deseada y esperada-, mostrando cómo la fe en la Trinidad divina es la gran esperanza para Europa.

Esta convicción contiene un extraordinario potencial espiritual y ético, del que el Sínodo ha desarrollado sólo algunos aspectos. Entre éstos, el valor de la comunión y cooperación entre las Iglesias de Oriente y Occidente al servicio de la unificación espiritual del continente; la relación de reciprocidad entre el hombre y la mujer a todos los niveles de la vida personal, eclesial y social; el diálogo con los desafíos de la cultura, y la nueva pregunta sobre el sentido.

El Sínodo, en resumen, ha hecho saborear la gravedad de los desafíos y la alegría de la luz que viene de lo alto, aunque no ha podido hacer madurar del todo esta riqueza, por la restricción del tiempo, que exige procedimientos rápidos y decisiones urgentes.

El discernimiento del Papa, que se expresará en la Exhortación apostólica postsinodal, ofrecerá un balance y un ulterior golpe de timón. La riqueza de la extraordinaria experiencia de gracia, vivida juntos, evidencia la unánime convergencia sobre la urgencia de la nueva evangelización del continente europeo, a partir de las raíces que lo han plasmado: las de la fe en Cristo, redentor del hombre, esperanza de la Historia.

Bruno Forte