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Una hermosa historia
real y una desastrosa adaptación
Esta semana ha sido la puesta de largo de Camino, la
última película de Javier Fesser (La gran aventura de Mortadelo
y Filemón, El milagro de P. Tinto). Ha competido por la Concha
de Oro en el Festival de San Sebastián, que celebra su 56 aniversario
entre atentados de ETA.
Javier Fesser nos ofrece una interminable y aburrida película cuya
primera intención es tan sorprendente como carente de interés:
“demostrar” que el proceso de beatificación de Alexia
González-Barrios es un fraude. Extraña motivación
para una película comercial. Pero vayamos por partes. ¿Quién
es esta Alexia? Fue una chica madrileña, nacida en 1971, estudiante
del Colegio Jesús Maestro, que a los trece años cayó
gravemente enferma a causa de un tumor cerebral y murió en 1985,
en el Hospital Universitario de Navarra, después de un año
de gran sufrimiento. Alexia era una ferviente creyente, y vivió
su enfermedad con la esperanza y la alegría que nacían de
su fe en Cristo, una fe que ella había recibido de sus padres y
que había cultivado en el ámbito del Opus Dei. En 1994 se
abrió en Roma su causa de beatificación, avalada por numerosos
testimonios de la identificación con Cristo de esta adolescente
madrileña.
Pues bien, Javier Fesser, por motivos que este crítico desconoce,
decide que eso no puede ser, que hay engaño en el asunto, aunque
sea involuntario, y que el Opus Dei ha utilizado a esta chica para inventarse
una santa que diera impulso a su institución. Entonces teje una
historia de ficción, en torno a una niña llamada Camino
-como el famoso libro del fundador del Opus Dei- y cuyas peripecias argumentales
siguen paralelas en lo fundamental a la vida de Alexia. Pero esta dulce
y simpática Camino está enamorada de un chaval del grupo
de teatro del barrio, grupo al que ella siempre quiso pertenecer. Este
chico se llama Jesús, que ya es casualidad, y cada vez que en el
lecho de muerte Camino dice “Amo a Jesús”, “Quiero
estar con Jesús”, etc… todos interpretan en clave cristiana
lo que es un sencillo romance adolescente. El planteamiento no puede ser
más pueril, ciertamente hilarante, pero eso es en esencia lo que
sucede en el film. Los diálogos de la niña, en general se
corresponden con los testimonios verificados, pero Fesser invierte permanentemente
su sentido. Cuando la niña se refiere al ángel “negro”,
Satanás, el film afirma que se refiere a un chico de color del
grupo de teatro. Esta inconsistente paranoia es mucho más compleja
de lo que parece, ya que cuando el espectador asiste a esa esquizofrenia
entre lo que creen oír los curas y los padres de Camino, y lo que
ella dice y ve en su imaginación, el capellán deposita sobre
el regazo de la enferma una estampa de Escrivá de Balaguer, de
las que se hicieron para rezar por su canonización. No es difícil
ver ahí una nueva vuelta de tuerca del director, en la que quiere
establece un paralelismo entre ambos procesos canónicos. Es una
interpretación discutible, pero al que suscribe le resultó
inevitable ver esa metáfora cinematográfica, tan sutil como
elocuente.
Un guión de trazo grueso
La película abre y cierra con la misma escena
y los mismos planos. Pero con significados opuestos. Este recurso narrativo
ya lo usó eficazmente Bertolucci en Novecento. En la primera escena
vemos morir a una niña santa enamorada de Jesucristo; en la última
vemos una adolescente delirante con ensoñaciones en torno al chico
con el que está obsesionada. El espectador se da cuenta de que
“estaba engañado”, como lo están los familiares
y amigos de Camino. Y lo que era una escena conmovedora se torna algo
surrealista. Pero lo que propone este recurso no es creíble en
absoluto, no se entiende que una niña lista y sagaz como Camino
no haya deshecho el entuerto a la primera de cambio. ¿O quieren
decirnos que ella es cómplice y que mantiene el engaño para
contentar a su madre? Lo cual sería menos creíble aun. Pero
inconsistencias de guión hay muchas.
Curiosamente, en el film hay alguien que descubre la verdad del verdadero
amor de Camino, y la mentira de las estrategias de Gloria, su madre, para
apartar a Nuria (la hermana numeraria de Camino) de su antiguo novio:
hablamos de José, el padre. Él entiende realmente los sentimientos
de Camino y las manipulaciones de su esposa. Y cuando va a revelarlo todo
y llevarnos a un final feliz, zas, se traga un camión con el coche
y se mata. No se nota nada la mano del guionista. Otra patética
casualidad. Por cierto que este desenlace nada tiene que ver con la historia
real del padre de Alexia.
Así pues, para Fesser, la felicidad terminal de la niña
no se debe a un estado de gracia que la santifica, sino a la efusión
de su imaginación que la hace figurarse una escena de baile con
el chico de sus sueños. Como si eso bastara para afrontar el tremendo
trance de la muerte. Como si fuera posible evadirse de la realidad de
una forma tan frágil cuando se padece tanto dolor.
La caricatura del Opus Dei
El tratamiento del asunto de Camino/Alexia es tan ridículo
que no merece más atención, y es increíble que Jaume
Roures (Mediapro) haya dado su dinero para una historia tan delirante.
Pero hay otro gran pilar sobre el que se construye la película:
el ataque directo y malintencionado al Opus Dei. Lo primero que hay que
decir es que para quien no sepa nada del Opus, lo que es una numeraria,
un centro de la Obra, etc… no va a entender nada de la película
y se va a quedar sumamente perplejo. Fesser no ahorra esfuerzos a la hora
de exponer minuciosamente todos aquellos aspectos que debidamente contextualizados
en el film -o descontextualizados de la realidad- pueden contribuir a
transmitir una imagen oscurantista, represora y claustrofóbica
del Opus Dei y sus miembros. Así, airea tópico sobre tópico
con la osadía de quién cree saber de qué habla, pero
con la cobardía de quien oculta la verdad. El resultado es una
gran caricatura del Opus, que apoyándose en exabruptos de cualquier
“ex” problematizado, a algunos puede irritar, a otros mover
a risa, pero nadie se la tomará en serio.
Hay dos personajes a los que Fesser quiere colgar “la identidad”
del Opus. Gloria, la madre, y el capellán del Hospital. Ella -personaje
aburrido y plano como pocos- encarna la censura: reprime sus sentimientos
y los de los demás, oculta lo que le da miedo, desconfía
de la libertad, se autoprotege. El capellán representa lo contrario,
el cálculo frío, la sentencia tajante, el poder de manipulación.
Su alter ego es el director espiritual de la madre, cómplice del
capellán en la gestión del asunto de la enfermedad de Camino.
Por su parte, Nuria, la hermana de Camino, aparece como la “víctima”,
como la joven a la que han quitado el novio, a la que quitan su guitarra,
su familia, sus gustos,… Lo que ocurre es que la construcción
de estos personajes es tan “evidente”, es tan clara la mano
ideológica y plana del guionista, que nos recuerda al cura de Mar
adentro: todas caricaturas carentes de drama real, de conflicto creíble,
de estatura humana plausible.
Conclusión
La bella historia de Alexia queda pendiente de ser llevada
al cine. A cambio Fesser nos ofrece un patético boceto de un miedo
a la muerte no resuelto, de una incomprensión nada inocente de
una visión cristiana de la vida, de la enfermedad y de la muerte,
y un rechazo agresivo hacia aquello que no comprende: el odio a la diferencia.
Qué pena que el cine caiga tan bajo en ocasiones como esta. |