Ficha primera: Prólogo del Santo Evangelio
según San Lucas (Lc 1, 1 - 4)
Excelentísimo Teófilo: Muchos han emprendido
la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre
nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron
testigos oculares y luego predicadores de la Palabra.
Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde
el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que
conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
Lectura:
Observamos en el texto que cuando san Lucas se pone a escribir, ya otros
lo han hecho antes que él. Hay ya una "tradición"
sobre los hechos y dichos del Señor.
Estas tradiciones proceden de los que fueron primero "testigos oculares"
y después "predicadores de la palabra". Gozan por tanto
de total fiabilidad, tanto externa (la objetividad de lo visto) como interna
(el mensaje, el significado de esos hechos). San Lucas recoge y transmite
fielmente la predicación apostólica, auténtica, sobre
Jesús.
Es de notar el interés metódico de san Lucas en la exactitud
de su relato.
¿Cuál es la finalidad del libro? Poner de relieve la solidez
de la enseñanza (catequesis) recibida. No se basa en teorías,
sino en hechos fiables.
Meditación:
En efecto, el evangelio es un relato histórico, no transmite ideas,
planteamientos, sino hechos, hechos salvadores. Hechos en los que se desvela
la acción salvadora de Dios en Jesucristo. No transmite teorías,
sino realidades que han acaecido entre nosotros y no podemos por menos
de contarlas.
El evangelio forma parte, parte privilegiada, divinamente inspirada, de
ese gran movimiento de comunicación de Jesucristo que llamamos
Tradición eclesial, y que partiendo de los primeros testigos oculares
y ministros de la Palabra, llega a todas las generaciones. También
a nosotros. Somos agraciados de que esa predicación apostólica
sobre Jesucristo haya llegado hasta nosotros.
Ahondar en esta Tradición de Jesucristo, de la mano del evangelio
según san Lucas, dará solidez a nuestra fe. Y nos constituirá
a nuestra vez en testigos y evangelizadores.
Podemos compartir en voz alta nuestra meditación, brevemente, sin
entrar en debate, sino enriqueciéndonos unos con las visiones de
los otros.
Oración:
Nos dirigimos al Señor para expresarle lo que sentimos en este
momento: nuestro agradecimiento por haber venido a nosotros, por habernos
llamado a la fe, nuestro agradecimiento por el don de los santos evangelios,
por los que han traído la palabra de salvación a nuestras
vidas.
Le pedimos que nos ayude a consolidar nuestra fe viviendo fielmente este
camino de lectura bíblica, de oración bíblica, que
estamos comenzando...
Contemplación:
Y más allá de las palabras... Cristo mismo. Él nos
habla a través de su evangelio.
Repasemos imaginativamente todo el relato evangélico, que conocemos,
y veamos a los futuros apóstoles contemplar admirados los hechos
de Jesús, escuchar conmovidos su predicación, esconderse
vergonzosamente durante su pasión y muerte, alegrarse al verle
resucitado, y tras recibir el Espíritu Santo en Pentecostés,
recorrer el mundo anunciando la Buena Nueva.
Y dejemos que esta escena nos llene el corazón de alegría,
de agradecimiento, de paz, y de deseos de amar y anunciar a Cristo.
Para nuestra vida:
Puedo revalorizar el puesto de la lectura bíblica en mi vida.
Puedo proponerme tomar en serio y participar hondamente en estos encuentros
de Lectio Divina. También hoy el Evangelio ha de ser anunciado
¿Puedo yo ser un evangelizador?
Así lo ha leído…
San Agustín:
Hermanos, puesto que creemos en Cristo, permanezcamos en su palabra. Pues
si permanecemos en su palabra, somos en verdad discípulos suyos.
No sólo son discípulos suyos aquellos doce, sino todos los
que permanecen en su palabra. Y conoceremos la verdad y la verdad nos
hará libres, es decir, Cristo, el Hijo de Dios que dijo: Yo soy
la verdad (Jn 14,6), nos hará libres, es decir, nos liberará
no de los bárbaros, sino del diablo; no de la cautividad corporal,
sino de la iniquidad del alma. Él es el único que otorga
esta liberación. (Sermón 134,6)
El Concilio Vaticano II:
La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree
que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar,
comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los
hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación
de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. Los Apóstoles,
ciertamente, después de la ascensión del Señor, predicaron
a sus oyentes lo que Él había dicho y obrado, con aquella
crecida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por los acontecimientos
gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad. Los autores
sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo algunas cosas de
las muchas que ya se transmitían de palabra o por escrito, sintetizando
otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las
Iglesias, reteniendo por fin la forma de proclamación de manera
que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús.
Escribieron, pues, sacándolo ya de su memoria o recuerdos, ya del
testimonio de quienes «desde el principio fueron testigos oculares
y ministros de la palabra» para que conozcamos «la verdad»
de las palabras que nos enseñan (Dei Verbum 19)
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