ARAUCANA
Parroquia del Espíritu Santo y Nª Sª de la Araucana
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Introducción a la Lectio Divina
1. La Lectio Divina en el contexto del Sínodo Diocesano
Al comenzar este curso 2003-2004 nos encontramos plenamente inmersos en la realización de la fase preparatoria de nuestro Sínodo Diocesano, cuyo interés se centra en la evangelización. El Sínodo no es una mera reflexión de orden práctico, sino un auténtico proceso espiritual. Al convocarlo, nos recordaba nuestro Arzobispo que el espíritu con que queremos preparar y celebrar el Sínodo Diocesano -espíritu de escucha de la Palabra de Dios, de conversión, de obediencia a la voluntad de Dios, de comunión fraterna- ha de verse alimentado cada día con la oración personal y comunitaria. Es natural por tanto, que al abordar los diversos temas busquemos constantemente la luz en la Palabra de Dios. Ahora bien, si pretendemos una autentica renovación de la vida cristiana en nuestra diócesis que nos haga más capaces de afrontar la ingente tarea de la nueva evangelización, no podemos conformamos con eso. Necesitamos que la escucha del Señor y su Palabra se sitúen en el primer plano de nuestra atención, de nuestro deseo y de nuestra vida comunitaria.
De ahí surge la propuesta que el presente material representa: es un intento de situar a toda la comunidad diocesana, en especial a los grupos de jóvenes, y a los propios grupos sinodales, a la escucha más amplia de esta Palabra de Vida que es el mismo Jesucristo, por medio aquella forma peculiar de lectura eclesial de la Sagrada Escritura que la tradición cristiana denomina Lectio Divina.
2. En la estela de la visita del Papa
Queremos así responder a la interpelación que Juan Pablo II nos dirigía en su reciente visita a España. Hablando, en efecto, de los nuevos santos que canonizó en la plaza de Colón de Madrid, subrayaba que sus obras, que admiramos y por las que damos gracias a Dios, no se deben a sus fuerzas o a la sabiduría humana, sino a la acción misteriosa del Espíritu Santo, que ha suscitado en ellos una adhesión inquebrantable a Cristo crucificado y resucitado y el propósito de imitarlo. Y añadía: queridos fieles católicos de España, ¡dejaos interpelar por estos maravillosos ejemplos! A los innumerables jóvenes reunidos en el aeródromo de Cuatro Vientos, les confiaba que el drama de la cultura actual es la falta de inferioridad, la ausencia de contemplación, y por ello les invitaba a formar parte de la “Escuela de la Virgen María”. Ella es -añadía- modelo insuperable de contemplación y ejemplo admirable de interioridad fecunda, gozosa y enriquecedora. Ella os enseñará a no separar nunca la acción de la contemplación. Y con esa guía les exhortaba: queridos jóvenes: ¡id con confianza al encuentro de Jesús! v como los nuevos santos ¡no tengáis miedo de hablar de El! pues Cristo es la respuesta verdadera a todas las preguntas sobre el hombre y su destino.
Este "ir al encuentro de Jesús", esta búsqueda del Señor, este deseo de contemplación del rostro de Cristo, insiste Juan Pablo II, se centra sobre todo en lo que de El dice la Sagrada Escritura. Por eso teniendo como fundamento la Escritura nos abrimos a la acción del Espíritu, que es el origen de aquellos escritos, y a la vez al testimonio de los Apóstoles, que tuvieron la experiencia viva de Cristo, la Palabra de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con sus manos. Y es que, afirma con rotundidad el Papa siguiendo a san Jerónimo, ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo. En efecto, no cabe duda de que esta primacía de la santidad y la oración que para el Juan Pablo II constituyen la prioridad pastoral en el milenio que comienza, solo se puede concebir a partir de una renovada escucha de la palabra de Dios. Y por eso es necesario, en particular, que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición de la Lectio Divina, que permite encontrar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia.
3. Sentido y valor de la Lectio Divina en la vida cristiana
La Iglesia, que se edifica y va creciendo por la audición de la palabra de Dios, se ha nutrido siempre de la presencia viva de su Señor, tanto en la Eucaristía como en la Palabra". Así lo atestiguan ya los Hechos de los Apóstoles y en el siglo II san Justino. Y cuando en el mismo siglo Orígenes emplee por primera vez la expresión Lectio Divina, lo hará suponiendo una ya consolidada tradición. Y es que, como decía san Gregorio Magno, la Iglesia recibe la Sagrada Escritura como una cana de Dios a su criatura, y por eso exhorta a sus hijos a meditar cada día las palabras de tu Creador y de modo que aprendamos a conocer e! corazón de Dios en las palabras de Dios. No se trata de una lectura meramente "informativa", sino de lectura "espiritual", cuyo fruto es que el mismo Espíritu llene tu alma de su presencia y, llenándola, la haga más libre".
Este gusto cristiano por la Lectio Divina como forma de escucha del Señor se basa en lo que la misma Biblia es, pues ella anuncia la verdad, llama a la patria celeste, cambia e! corazón de! lector, lo libera de los deseos terrenos y le hace abrazar los celestes. De ahí la importancia de su lectura asidua para quien pretenda progresar en el conocimiento y el amor de Dios. Y si a veces iniciar este camino de lectura bíblica puede no ser tan sencillo a los ojos del principiante, conviene que nunca olvidemos que, a la Escritura, cuanto más se la medita, más se la ama: ella viene en ayuda del ánimo del lector con palabras sencillas y lo eleva hasta los sentidos más sublimes; en cierto sentido ella crece con quien la lee.

El cristiano, pues, crece, madura y llega a ser más libre gracias al contacto con la palabra de Dios, y encuentra en ella la ayuda concreta que necesita en su camino de conversión. Como decía san Basilio, en ella cada uno, considerando aquel aspecto de su carácter que más necesita mejorar, encuentra la medicina capaz de sanar su enfermedad, como en un hospital abierto a todos. Y es que todos seguimos al mismo Señor y estamos igualmente llamados a esa plenitud de la vida cristiana que llamamos santidad, pero este camino de la conversión y el seguimiento tiene siempre tintes propios y personales. El Señor a todos llama, pero a cada uno según su modo propio, según su propia vocación. Ahora bien, para el descubrimiento de la propia vocación, la oración bíblica cotidiana constituye un momento privilegiado, o como decía el mismo san Basilio, la vía muestra para descubrir nuestro camino es la lectura frecuente de las Escrituras inspiradas por Dios.

4. Al encuentro del rostro de Cristo
Pero la Biblia no es principalmente un compendio de normas morales o un elenco de verdades doctrinales, sino que ante todo y sobre todo, es testimonio de Jesucristo, y a El ha de buscar quien quiera leerla con aprovechamiento. San Jerónimo, el santo patrón de los estudiosos de la Sagrada Escritura lo confiesa: -si me esfuerzo en la lectura de la ley y los profetas, mi objetivo no es detenerme en ellos, sino llegar, a través de ellos, hasta Cristo"'. Toda la Escritura habla de Jesucristo. No solo el Nuevo Testamento, sino también, como preparación y anuncio, el Antiguo. No cabe establecer separaciones rígidas entre ambos, puesto que el mismo Dios es autor de ambos Testamentos, porque el Nuevo en el Antiguo está figurado, y el Antiguo en el Nuevo está revelado, como le gustaba decir a san Agustín.
Encontrarnos con Cristo, acercarnos a Cristo, conocer más a Cristo, identificarnos con Cristo. Tal es, en efecto, la meta de nuestra lectura bíblica. Por eso la fe en El constituye a su vez el punto de partida de toda lectura que aspire a comprender. Como dice san Buenaventura, el conocimiento de Jesucristo es la fuente de la que dimana la firmeza y la comprensión de toda la sagrada Escritura. Por esto, es imposible penetrar en el conocimiento de las Escrituras, si no se tiene previamente infundida en sí la fe en Cristo, la cual es como la luz, la puerta y el fundamento de toda la Escritura.
La fe, por tanto, no una mera curiosidad intelectual, ni mucho menos la desconfianza o la moda, ha de ser el motor y guía de nuestro acercamiento a la Biblia. La fe, que nos conducirá a leer la Escritura en espíritu de oración y docilidad al Espíritu. La misma te de la Iglesia, que como diría san Pedro, tiene por finalidad vuestra propia salvación. Estamos por tanto invitados a hacer una lectura de fe, la lectura de quien ama y busca al Señor, la que nos conduce a una identificación más perfecta con Aquél en quien Dios nos regala todo bien. En efecto, como enseña el mismo san Buenaventura, la finalidad o fruto de la sagrada Escritura no es cava de poca importancia, pues tiene como objeto la plenitud de felicidad eterna. Esta es la finalidad, ésta es la intención que ha de guiarnos al estudiar, enseñar y escuchar la sagrada Escriturad"
Esta intención específicamente religiosa se refleja en la actitud con que el creyente se acerca al texto bíblico. No como investigador de letras vetustas o curioso husmeador de antigüedades, pues para llegar directamente a este resultado, a través del recto camino de las Escrituras, hay que empezar por el principio, es decir, debernos acercarnos, sin otro bagaje que la fe, al Padre de los astros, doblando las rodillas de nuestro corazón, para que El, por su Hijo, en el Espíritu Santo, nos dé el verdadero conocimiento de Jesucristo y, con el conocimiento, e! amor, para que así, conociéndolo y amándolo, fundamentados en la fe y arraigados en ¡a candad, podamos conocer "lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo" de la sagrada Escritura y, por este conocimiento, llegar al conocimiento pleno y al amor extático de la santísima Trinidad. Acercamos con fe, con reverencia y humildad, anhelando el don del conocimiento de Cristo, para conociéndole, amarle mejor, y por Él al Dios Uno y Trino.
Es natural, por tanto, que a lo largo de los siglos, la Iglesia haya ido desarrollando toda una sabiduría de la lectura bíblica, una metodología de la escucha del Dios que habla en la Escritura Santa. A esa practica de la lectura creyente de la Biblia denominamos Lectio Divina, y consiste ante todo en una lectura orante, discipular, de la Escritura, que bajo la acción del mismo Espíritu Santo que la ha inspirado, y en el seno de la Iglesia, su intérprete auténtica; busca conocer y amar a Jesucristo para vivir con Él y en El.
5. Una lectura humilde y confiada
No es fácil comprender el texto bíblico, escrito hace muchos siglos y en un contexto socio cultural profundamente diverso del nuestro. No es fácil, sobre todo, porque es portador de los misterios más sublimes a los que jamás accedió el ser humano: los de la revelación del mismo Dios y de su amor por el hombre, de su plan de salvación.
Desde luego no se trata de una lectura facilona que convenga realizar a la ligera. Pero tampoco conviene exagerar las dificultades, ni dejamos desanimar por ellas. La Escritura, como afirmaba el ya citado san Gregorio, tiene ocupados a los fuertes con las frases más oscuras, mientras atrae a los pequeños con discursos sencillos, no es tan inaccesible que uno se espante, ni tan manifiestamente clara que pierda valor. Lo importante es acercarse a ella con toda el alma, como quien busca a la persona amada, poniendo en esta búsqueda todo el corazón. Como recuerda Orígenes, el que busca a Cristo ha cié buscarle no de modo negligente y descuidado, con un empeño solo ocasional, como lo buscan algunos que por eso no llegan a encontrarlo, sino con todo interés y deseo, como quien busca el más preciado tesoro.
Se trata de leer como discípulos, y por tanto hay que evitar toda arrogancia. Como la de quien pretende agotar la riqueza del texto bíblico, que encierra en si la riqueza misma del misterio de Dios, La verdad es que, al acercamos a la Santa Biblia, como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que lomamos, como observaba san Efrén. No podemos empobrecer la palabra de Dios pretendiendo que la comprendemos exhaustivamente o erigiéndonos en sus únicos interpretes, El que llegue a alcanzar alguna parte del tesoro de esta palabra no crea que en ella se halla solamente lo que él ha hallado, nos previene el santo diácono.
Sin humildad al leer, hacemos ofensa a la riqueza de la palabra divina, cercenamos su capacidad para edificar la comunidad cristiana y, en el Fondo, nos empobrecemos a nosotros mismos, al privamos de la posibilidad de crecer, Por eso el mismo san Efrén exhorta: alégrale por lo que has alcanzado, sin entristecerte por lo que te queda por alcanzar. El sediento se alegra cuando bebe y no se entristece porque no puede agolar la fuente, porque si tu sed queda saciada sin que se agote la fuente, cuando vuelvas a tener sed podrás de nuevo beber en ella.
La humildad, que no es apocamiento, va de la mano de la esperanza, y de una entrega confiada en las manos del Dios que siempre nos desborda, que es siempre Dios de la Promesa: lo que has recibido y conseguido es tú parte, lo que ha quedado es tu herencia. Lo que, por tu debilidad, no puedes recibir en un determinado momento, lo podrás recibir en otra ocasión, si perseveras. Ni te esfuerces avaramente por tomar de un solo sorbo lo que no puede ser sorbido de una vez, ni desistas por pereza de lo que puedes ir tomando poco a poco.
6. Dificultades para comprender el texto bíblico
Así pues, no debemos asustamos ante la dificultad de la lectura bíblica, como si se tratara de una materia de arduo estudio. Es verdad que la Biblia está escrita hace muchos siglos, en unos idiomas (hebreo, arameo, griego) y con una mentalidad que nos resultan lejanos y a veces difíciles de comprender. Pero no hay razón para el desánimo. La Biblia no es un coto reservado a los especialistas, Y si es claro que los expertos nos pueden ayudar no poco a comprender sus textos, en realidad la Escritura no está fuera del alcance aún de los más sencillos.
Cuando hablamos de Lectio Divina, no hablamos de nada complicado: hablamos sencillamente de oración, de ponemos, con toda humildad y a la vez con grande ánimo y liberalidad, que diría San Ignacio, a la escucha del Dios que desea comunicarse con nosotros, que nos ama y nos ha enviado su Palabra, su propio Hijo.
Basta, como hemos visto, que no nos enseñoreemos de esta Palabra, que no queramos dominar a Dios. Porque a veces podemos sentir la tentación de forzar el texto o de poner en labios de Dios lo que son solo nuestras propias ideas, sustituyendo así su Palabra por las nuestras. Bien notaba san Cirilo de Alejandría que el espíritu rudo y perezoso, si hay algo que no alcanza a comprender, enseguida se muestra incrédulo y rechaza como adulterado todo lo que supera su entendimiento, llevado por su necia temeridad a una extrema soberbia. Por que ¿no es esto en realidad el no querer ceder ante nadie en las propias opiniones, ni pensar que hay algo superior a nuestra propia inteligencia?
Lejos, pues, tanto del desánimo como de la soberbia, el lector de la Sagrada Escritura necesita poner toda su confianza en Dios, que es el primer interesado en que le escuchemos. Y también en los hermanos que mejor pueden guiamos en este camino espiritual. Los más grandes santos e insignes teólogos han recorrido el mismo camino de humildad, empeño y confianza, y bien pueden animamos.
Ante cualquier texto difícil, recordemos el consejo de san Juan Damasceno: Si leemos una vez y otra un pasaje, y no lo comprendemos, no nos debemos desanimar, sino que hemos de insistir, reflexionar', interrogar. Está escrito, en efecto: "interroga a tu pudre y te lo anunciará, a tus ancianos y te lo dirán" (Dt 32.7). Y también que "la ciencia no es cosa de todos" (1Cor 8.7). Vayamos a la fuente de este jardín pura tomar las aguas perennes y que brotan para la vida eterna " (Jn 4,14). Gozaremos y nos saciaremos, sin saciarnos, porque su gracia es inagotable." En efecto, la mayor dificultad para comprender la Escritura no es la escasa formación bíblica, sino el individualismo autosuficiente, que nos aísla de los hermanos.
AI igual que toda búsqueda del Señor, la lectura bíblica requiere- desde luego, de momentos de soledad, pero nunca se realiza "a solas". Se hace en el seno de la Iglesia, y contando con la ayuda de la Iglesia. Como afirmaba, a Jesús hay que buscarle "allí donde se le puede hallar", siguiendo el ejemplo de José y María en Jerusalén: busca tú también a Jesús "en el templo " de Dios, búscalo en la Iglesia, búscalo junto a los maestros que están en el templo y no salen de allí, y si lo buscas así, lo encontraras.
Hace falta, pues, confianza, actitud de discípulo, sentido de Iglesia. En definitiva, para orar es necesario situarse adecuadamente ante Dios y ante el prójimo. Es lo que pide Orígenes a los que van a la oración: dense tanta cuenta como les sea posible de la majestad de Aquel a quien se acercan, y de lo impío que es estar en su presencia sin reverencia, perezosamente y con menosprecio; y también: de quien parezca haberle injuriado, aparte su indignación tan lejos como quiera que Dios retire su enojo contra él.
Esto supuesto, es necesario serenarnos interiormente, posponiendo por el momento toda preocupación e inquietud para centrar toda atención solo en Dios y en su palabra. Como dice san Juan Crisóstomo, cuando tomamos en nuestras manos el libro espiritual, hemos de poner en vela nuestro espíritu, recoger nuestros pensamientos, echar fuera cualquier preocupación terrena. Dediquémonos entonces a la lectura con mucha devoción, con gran atención, para que se nos conceda que el Espíritu Santo nos guíe a la comprensión de lo que está escrito.
Para alcanzar esta comprensión, don del Espíritu Santo, san Agustín, que no podía soñar con textos informatizados ni aún con la imprenta, ofrece indicaciones bien útiles, precisas y prácticas: lo primero en este empeño y trabajo ha de ser conocer estos libros, leyéndolos, aunque no todavía para entenderlos: más bien, o para aprenderlos de memoria o, por lo menos, para que no le sean totalmente desconocidos. Después se ha de investigar y a mus solícita y cuidadosamente lo que en ellos claramente se dice, ya sean reglas de vida, ya reglas de fe, y en esto tanto más podrá hallar cada uno cuanto mayor capacidad de entender tenga, pues en esto que claramente se dice en las Escrituras está cuanto pertenece a la fe y a las costumbres de vida; es decir, a la esperanza y a tu caridad. Luego, una vez adquirida cierta familiaridad con el lenguaje mismo de las divinas Escrituras, precédase a explicar y discutir lo que de oscuro hay en ellas, tomando ejemplos de locuciones claras, para ilustrar por ellas las locuciones más oscuras, y por las sentencias ciertas resolver las dudas de las dudosas.
Todo un recorrido, por tanto, que va de la simple familiarización con el texto, a una primera comprensión de lo fundamental de su mensaje, tanto en lo doctrinal como en lo vital, comprensión a cuya profundización progresiva conducen la meditación sostenida, el diálogo fraterno, y el conocimiento completo de las Sagradas Escrituras.
7. Lectura creyente, lectura eclesial
Leer comprendiendo, familiarizándonos con el texto y sus formas de expresión. No podemos olvidar que en la Escritura, Dios nos habla con lenguaje humano y por tanto para poder escucharle necesitamos prestar atención a esas palabras, a esos textos, como se hace para comprender las palabras de los hombres. Es lo que llamaremos la lectio, primer momento de la Lectio Divina.
Esta lectura detenida, comprensiva del texto, ha de ir siempre acompañada por la oración, el diálogo con el Señor que nos habla. En este carácter inseparable de la lectura y la oración insiste el Catecismo de la Iglesia Católica cuando, haciéndose eco del Vaticano II, recomienda insistentemente a todos sus fieles la lectura asidua de la Escritura, pues como dice san Ambrosio a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras.
De Ambrosio se hará eco un insigne español, san Isidoro de Sevilla, gran maestro en el arte de la Lectio Divina. Según él, quien desee estar siempre con Dios, ha de orar y leer constantemente. Cuando oramos, hablamos con el mismo Dios, cuando leemos, es Dios quien nos habla a nosotros. Todo progreso (en la vida espiritual) procede de la lectura y de la meditación.
De la mano de Isidoro se van perfilando ante nosotros los elementos que constituyen el entramado de la Lectio Divina: "Lectura", "oración", "meditación"... Y con gran sentido práctico, nos previene del peligro de convertirla en una especie ejercicio intimista, de evasión más o menos espiritualista, o en un vano parloteo. La Lectio Divina como cualquier forma de oración genuinamente cristiana, se enmarca en un camino de conversión permanente que comporta el cambio de vida. Quien lee, en efecto, busca en primer lugar comprender lo que lee, y solo luego trata de expresar del modo más conveniente lo que ha aprendido. Pero el buen lector no se preocupa tanto de conocer lo que lee, cuanto deponerlo por obra.
Ahora bien, no podemos reducir la lectura a la búsqueda apresurada de recetas prácticas o de fórmulas prefabricadas. La Lectio Divina no debe tampoco convertirse en una lectura ''moralista", aunque tenga evidentes implicaciones morales. Se trata de una práctica paciente, incluso cotidiana, y de una lectura propiamente teologal, en la que se ama a Dios por ser Dios. Nadie puede profundizar en el sentido de la Sagrada Escritura, si no la lee con asiduidad, como está escrito; ámala y ella te exaltará, será tu gloria si la abrazas (Prv 4,8). Cuanto más asiduo se es en la lectura de la Escritura, más rica es la inteligencia que se alcanza. Es lo mismo que sucede con la tierra: cuanto más se la cultiva, más produce. La práctica cotidiana de la Lectio Divina está llamada, en efecto, a transformar nuestra vida y aún nuestro mundo, pero no poniendo nuestra atención de inmediato en los compromisos a asumir, sino con esa eficacia de la lluvia mansa que cae quieta y cotidiana sobre !a tierra hasta empaparla por completo y hacerla dar el fruto en su sazón. Una preocupación prematura por la doctrina o la eficacia, la catequesis o el compromiso, mataría la lectura despojándola de su carácter gratuito y oracional, y convirtiéndola simplemente en una dinámica grupal más.
En el fondo, la Lectio Divina, como toda forma de oración, es sobre todo una acción del Espíritu en nosotros, es un don, una gracia, y como tal ha de ser suplicada, recibida y agradecida por el orante. En efecto, si la doctrina no está sostenida por la gracia, no llega al corazón aunque entre por los oídos. Hace mucho mido por fuera, pero no aprovecha al alma. Sólo cuando interviene la gracia, la palabra de Dios baja desde los oídos al fondo del corazón, y allí actúa íntimamente, llevando a la comprensión de lo que se ha leído. A esta "intimidad", a este "bajar al fondo del corazón" que "aprovecha al alma", es a lo que llamamos, contemplación, y constituye el momento culminante de la Lectio Divina.
Incluso en las épocas más difíciles, ha continuado la Escritura siendo el alimento de las grandes almas, de quienes han seguido más de cerca a Cristo y más eficazmente han colaborado a la renovación de la Iglesia. Fue el caso de san Francisco, que inspiró en el Evangelio su amor por la hermana pobreza, o el de la gran maestra de oración, santa Teresa de Jesús, quien confiesa: siempre he sido yo aficionada y me han recogido mas las palabras de los Evangelios que libros muy concertados.
Tales testimonios justifican la insistencia, significativamente tan actual, del papa Benedicto XV para quien ante todo debe buscarse en la Escritura el alimento que sustente nuestra vida espiritual y la haga adelantar en el campo de la perfección, por lo que san Jerónimo solio meditar en la Ley del Señor día y noche y gustar en las Sagradas Escrituras el pan del cielo y el maná celestial que contiene en si todo deleite. Es natural que, siguiendo su estela, ya en nuestros días, el Concilio Vaticano II exhorta con vehemencia a todos los cristianos a que se llenen del sublime conocimiento de Cristo con la lectura frecuente de las divinas Escrituras. No es distinto lo que se propone nuestra archidiócesis al convocar a todas las comunidades cristianas a hacer este recorrido fraterno a la escucha del Señor, renovando la práctica secular de la Lectio Divina.
8. Lectura, meditación, oración, contemplación
Pero... ¿en que consiste en concreto la Lectio Divina? En un documento reciente, la Pontificia Comisión Bíblica la define como una lectura, individual o comunitaria, de un pasaje más o menos largo de la Escritura, acogida como palabra de Dios, y que se desarrolla bajo la moción del Espíritu en meditación, oración y contemplación. Movidos, pues, por el Espíritu Santo que nos ha traído a la fe, que se nos ha entregado en el bautismo y la confirmación, que ora desde nuestro interior al Padre celestial, movidos por el mismo Espíritu que ha inspirado la Sagrada Escritura y ha sido derramado sobre los apóstoles para que el Evangelio llegue a todos los hombres, nos ponemos a la escucha de Dios. Individual o comunitariamente, pero siempre en el seno de la Iglesia, como hijos agradecidos del Señor.
Esta escucha de la Palabra se desarrolla siguiendo un esquema bien sencillo, que hemos visto dibujarse en tus textos de los santos Padres, y que fluye con la toda naturalidad según la lógica del movimiento del espíritu: Lectura, meditación, oración, contemplación.
Lectura: Es el primer momento, la toma de contacto con el texto. Se trata de leerlo con detenimiento, como quien examina una pieza valiosa de la que no se quiere perder detalle. Estamos acostumbrados a leer deprisa, a no dar gran importancia a la letra impresa. Pero ahora estamos ante la palabra de Dios, no ante un escrito cualquiera.
Todo es significativo en el texto bíblico, y pretendemos leerlo con gran atención para comprenderlo lo mejor posible. Los antiguos, como hemos visto, incluso lo aprendían de memoria. Nosotros, al menos lo releemos varias veces, con detenimiento, haciéndonos preguntas, fijándonos bien en los personajes, en las cosas que pasan, en lo que cada uno dice, en el tipo de vocabulario que se utiliza... Pueden ayudarnos incluso un papel y un bolígrafo, con los que anotaremos nuestras observaciones.
Como a veces encontraremos expresiones que nos resulten extrañas, o referencias a costumbres o hechos históricos que desconocemos, también serán de ayuda las notas e introducciones de nuestra Biblia, e incluso algún buen comentario bíblico, de los que gracias a Dios existen en nuestra lengua algunos de gran valor. A menudo será necesario, con todo, contar con la ayuda de alguien con conocimientos bíblicos y teológicos, que pueda introducir al grupo en esta lectura detenida y comprensiva del texto. En cualquier caso hay que preparar bien este primer momento, y alguien más capacitado debería ocuparse de ello.
Pero también hay que evitar que se convierta en conferencia bíblica lo que está llamado a ser encuentro de oración. Recordemos la máxima ignaciana: no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente'. Las preguntas que nos guiarán en este primer momento son: ¿qué dice el texto? ¿de qué se habla? ¿cómo lo dice? ¿quiénes intervienen? ¿qué ocurre? ¿porqué?
Meditación: Este es un término que nos puede desconcertar un poco. Hay quien piensa que la meditación es un privilegio de almas escogidas que en la paz de los claustros se apartan del mundanal ruido, algo fuera del alcance del hombre y la mujer de hoy, sumidos en el tráfago de la vida moderna. Ciertamente la meditación, como la lectura, requieren un poco de calma y de silencio, pero de ninguna manera están fuera de nuestro alcance, y sobre todo ¡nos resultan cada vez más imprescindibles!
En realidad no hay que asustarse, se trata de algo bien sencillo. Según el Catecismo, la meditación consiste en una búsqueda en la que el espíritu trata de comprender el qué y el cómo de la vida cristiana para adherirse y responder a lo que el Señor pide. Mientras vamos leyendo y releyendo el texto bíblico, dándonos cada vez más cuenta de qué es lo que dice, viene espontáneamente que nos preguntemos qué es lo que el texto me dice, lo que nos dice.
En otras palabras, al meditar dejamos que nuestra vida sea iluminada por la palabra de Dios. Permitimos que, a partir de lo que estamos leyendo, el Señor esclarezca nuestras situaciones, nuestras inquietudes, nuestros problemas... Al observar de cerca al Señor, que hace esto o dice aquello, comprendemos mejor nuestra fe, entrevemos el camino que hemos de recorrer, reconocemos los dones de Dios, admitimos la verdad de nuestros pecados y la alegría de ser llamados a cambiar de vida, interiorizamos la palabra de Dios, que hoy se dirige a nosotros, que el Señor nos dirige hoy personalmente a cada uno de nosotros. En la meditación ya no observamos el texto desde fuera, sino que, poco a poco, se nos va metiendo dentro, hasta el fondo del alma, y da luz a nuestra vida.
Puede ayudar a esta interiorización una lectura lenta del texto tomando como guía el ritmo de la respiración, por ejemplo, o bien el detenernos en algún versículo o palabra, en el cual nos sentimos especialmente concernidos, o incluso su repetición pausada a modo de jaculatoria. Nunca debemos preocupamos al meditar por recorrer el texto completo, pues si el Señor nos quiere hablar a través de un detalle, todo el conjunto habrá merecido la pena...
Cuando la Lectio Divina se realiza en grupo, puede ser útil compartir brevemente con los otros participantes en el grupo algo de lo que el Señor nos está dando a entender en la meditación. Así se enriquecen mutuamente los hermanos, se ayudan unos a otros y se estimulan, además de estrechar los lazos que les unen al participar todos de los tesoros interiores que el Señor está poniendo en cada uno.
Sin embargo hay que tener en cuenta que el objetivo de la meditación no es poner en común ideas, planteamientos o sentimientos, sino interiorizar la palabra de Dios. Hay que evitar, por tanto. convertir este momento en un debate, o que los miembros del grupo caten preocupados de "qué voy a decir", o que se alarguen excesivamente. También habrá que preservar, obviamente, el derecho a la intimidad, pues la palabra de Dios nos toca en lo más hondo, y no siempre será oportuno decir en voz alta lo que el Espíritu nos susurra al corazón. En resumen, la puesta en común es positiva cuando ayuda a la fraternidad en la escucha de Dios, y se realiza inadecuadamente cuando rompe el clima de oración, pues, como afirma San Juan Crisóstomo, el que nuestra oración se oiga no depende de la cantidad de palabras, sino del fervor de nuestras almas.
Oración: La Lectio Divina es toda ella oración, en cuanto es escucha de Dios y diálogo con Él. Lo propio de este momento que llamamos oración es que ahora nosotros dirigimos nuestra palabra al Señor.
Hasta ahora ha sido El quien nos ha venido hablando. A través del texto, leído con toda atención y con todo cariño, el Espíritu nos ha conducido por la meditación a una interiorización de la palabra de Dios. El ha tenido así toda la iniciativa, y su palabra, prioridad absoluta.
Pero ahora nosotros tomamos la palabra. y nuestra palabra es "responsorial", es respuesta a la que Él nos ha dirigido. Sentimos la necesidad de darle gracias, de pedirle perdón, de expresarle nuestras dificultades y pedir su ayuda, de interceder por otros, de expresarle nuestra alegría,..- necesitamos, en definitiva, tratar de amistad con quien sabemos nos ama. En la tradición espiritual se habla también del coloquio, de un hablar con el Señor (y con la Virgen y los santos) con toda confianza y con toda reverencia, para llegar a servirle e imitarle mejor. Por la oración, en definitiva, ponemos nuestra vida en sus manos para que É! tome perfecta posesión de nosotros.
Si la pregunta que guiaba la lectura es ¿qué dice el texto? y la que guía la meditación es ¿qué me dice?, la pregunta que guiará la oración es ¿qué le digo? ¿cómo dialogar con el Señor sobre lo que me está mostrando en la meditación? También en este momento la oración puede realizarse en silencio o bien en voz alta, en cuyo caso se puede utilizar un estribillo que todos repiten a cada oración espontánea- según el modelo de las preces litúrgicas, o bien concluir la oración silenciosa individual con una fórmula que pronuncian todos en común.
Contemplación: De nuevo aquí las palabras nos pueden asustar. Si hay quien cree que la meditación está reservada a espíritus cultivados, la contemplación, para muchos, sería privilegio solo de los grandes místicos. Y sin duda, el camino de la contemplación nos puede conducir muy lejos en la comunión con Dios. y es fundamentalmente un inmenso don de Dios, pero esto no significa que algún grado de contemplación resulte inasequible para el cristiano medio.
Como se trata de un regalo de Dios que hay que desearlo, pedirlo con humildad, y acogerlo con sencillez. Pero no hay que considerar la contemplación como algo complicado y difícil, pues bien al contrario, se trata de la expresión más sencilla del misterio de la oración.
Además, no podemos renunciar a la contemplación, puesto que representa también el tiempo/verte por excelencia de la oración, al que todo conduce en la Lectio Divina, y del que todo depende, pues sólo ella transforma nuestra vida y nos va identificando con el Señor. En efecto, no son razones, doctrinas ni sentimientos los que nos transformarán en mejores discípulos de Cristo y nos irán identificando con El, sino el contacto íntimo con el mismo Señor, La contemplación es comunión con Cristo y conduce a la unión con El.
¿De qué se trata entonces? Del final del camino. Con la lectura escuchamos una palabra que en la meditación se nos revela como palabra viva que el Señor nos dirige hoy. En la oración hemos dialogado con El a cerca de esa palabra, y por fin. en la contemplación, abandonada toda palabra, sencillamente disfrutamos de la maravilla de estar junto al Señor, Pasamos de considerar lo que El nos dice a gozamos del hecho mismo de que nos hable.
En la contemplación nos centramos en la percepción de la presencia amorosa del Señor junto al orante, en medio de nosotros y en el centro mismo de cada uno de nosotros. Todo se vuelve mirarle y dejarse mirar por Él.
Algo análogo viven aquellos que se aman. Vemos a una pareja de novios, por ejemplo, que tras hablar de esto y aquello, de sus cosas, de sus preocupaciones y proyectos, de SUS ilusiones y fracasos, por fin, sencillamente callan, se miran, y gozan del hecho de estar juntos. Entonces el amor se comunica ya sin palabras, con la sola mirada, con la sola presencia... Se trata de algo así, de dejar crecer la alegría de saber que Él está aquí y me ama. Me habla porque me ama. Me reprende porque me ama. Me anima porque me ama. Me promete porque me ama. Cuenta conmigo porque me ama. Y yo le miro porque le amo, y cuanto más le miro más le amo y cuanto más le amo más le miro...
En la contemplación ya no nos guía una pregunta, sino una admiración. Ya no me fijo en qué dice, ni en que me dice, ya no cuenta qué le digo, sino, sobre todo el hecho de que ¡me dice! ¡me habla! ¡El está aquí, el Creador de cielo y tierra, dirigiéndome su Palabra, en Jesucristo que habla conmigo, por el don de su Espíritu! En la contemplación, conmovido y anonadado, el orante recibe agradecido el bálsamo de la presencia de Dios. que cura sus heridas y orienta su vida toda hacia Cristo, y por El hacia el Padre. Por eso es de la hondura de la contemplación, más que de ningún generoso propósito, de lo que dependerá la "eficacia transformadora" de la oración.
En la práctica, podemos releer el texto, contemplándolo ahora como una escena viva ante nuestros ojos, quizá ayudados por nuestra imaginación, revivirla como sí estuviéramos presentes en ella, puesto que la Escritura nos es siempre contemporánea- Lo que dice el Señor me lo dice a mi, lo que hace. a mi me lo hace. Puedo identificarme con los distintos personajes y ver como soy el pecador arrepentido, el enfermo curado, etc., pero también María que acoge la Palabra, el apóstol enviado a predicar, y aún el mismo Cristo, pues cuenta conmigo para continuar su obra salvadora.
Si se dispone de ella, una imagen gráfica o una representación plástica de la escena evangélica contemplada, pueden ayudar. También, si podemos realizar la Lectio Divina, o al menos la contemplación en una iglesia, puede ser muy bueno situar al grupo ante el sagrario, o incluso exponer brevemente el Santísimo. ¡Allí si que le contemplan nuestros ojos cara a cara, a través del velo de la fe, y nos disponemos a la contemplación perfecta!
Ordinariamente la contemplación requerirá silencio, aunque no necesariamente un tiempo muy prolongado. Convendría concluirla con un canto acción de gracias o simplemente con el rezo del Gloria.
9. La liturgia, escuela de oración bíblica
Pero si queremos aprender a hacer Lectio Divina, conviene que acudamos a buenos maestros. Y sin duda la mejor escuela la vida cristiana, y particularmente la mejor escuela de oración, es la Liturgia, en especial la de la Santa Eucaristía.
Si nos fijamos en el papel central que en ella tiene la palabra de Dios, y en su relación con el sacramento, encontraremos una guía eficaz para la lectura orante de la Escritura.
En la misa, en efecto, tras constituimos en asamblea litúrgica, reconocemos nuestros pecados implorando la misericordia divina, y pronunciada la oración coléela leemos las Escrituras, En estos ritos iniciales, preparatorios, encontramos elementos muy importantes: sentido eclesial, ambiente de oración, deseo de conversión e invocación del Señor. Sin ellos, tampoco nuestra Lectio Divina seria una oración, sino, acaso, una reunión más, o una mera reflexión bíblica, y quedaría reducida a una mera metodología de trabajo, empobreciéndola sustancialmente.
La lectura bíblica reviste en la liturgia gran solemnidad, sobre todo en el caso del Evangelio, que llega a veces al uso del canto y del incienso. Expresamos así nuestro reconocimiento de que no se trata de una lectura cualquiera, pues cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio. De modo análogo realizaremos la lectura con todo cuidado, y expresando claramente en la forma de leer y de escuchar, que se trata de la palabra de Dios.
La meditación de lo leído se realiza en la liturgia por medio de la homilía, que explica y actualiza el texto como llamada viva y actual a ¡a conversión y a la alabanza, Colabora también a ello e! silencio que habitualmente le sigue.
Profesión de fe y oraciones de los fíeles constituyen el momento de la oración. En ellos nuestra respuesta a la palabra proclamada se expresa en forma de fe proclamada, de caridad sincera y de confiada esperanza.
Pero ¿podríamos concluir así"? Sin duda la llamada "Liturgia de la Palabra" forma una unidad con la "Liturgia Eucarística" de modo que constituyen un único acto de cuto. Por eso, alimentada espiritualmente en esta doble mesa, la Iglesia progresa en su conocimiento gracias a la una y en su santificación gracias a la otra, de modo que la palabra de Dios leída y anunciada por la iglesia en la liturgia conduce ... al banquete de la gracia, es decir a la Eucaristía, como a su fin propio. Incluso cuando por ausencia de sacerdote se celebra solo la Palabra, se procura distribuir la comunión eucarística, recurriendo a la reserva. Y es que la palabra proclamada necesita ser vivida, y la comunión prometida, unidad realizada. Análogamente, tampoco en la Lectio Divina podemos detenemos en la escucha y coloquio con el Señor, y no concluimos sin adentramos en la comunión con El por medio de la contemplación.
Por fin, tras la acción de gracias, la Eucaristía concluye con un envió misionero, para que comuniquemos a todos los hombres el tesoro recibido en la celebración. Del mismo modo, no podemos terminar un encuentro de Lectio Divina, sin agradecer al Señor el don de su palabra, y sin un serio compromiso de conversión, es más, de ser sus mensajeros, testigos de Jesucristo, apóstoles de la nueva evangelización.
10. El marco de la Lectio Divina
Vemos, pues, que los cuatro pasos básicos, lectura, meditación, oración y contemplación, se enmarcan en unas actitudes previas (recogimiento orante, conciencia eclesial, deseo de conversión, invocación del Señor) que no conviene descuidar.
Recogimiento orante, pues no se trata de un cursillo, menos aún de una sesión de discusión, sino de ponernos a la escucha del Señor. Conviene recordar aquí la invitación de san Anselmo: deja un momento tus ocupaciones habituales, entra un instante en ti mismo, tejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes: uparla de ti tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma: excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle: y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de El. Di, pues, alma mía, di a Dios: “busco tu rostro. Señor, anhelo ver tu rostro”.
Conciencia eclesial, participando en un encuentro comunitario, regido por la ley de la caridad y la confianza mutua, de la ayuda y el respeto; buscando lo que construye y no lo que separa, evitando la tentación de manipular la Escritura para que abone nuestras visiones particulares; con la conciencia agradecida de pertenecer a la gran Iglesia y en profunda comunión con ella.
Deseo de conversión, pues lo que buscamos en la Escritura es el rostro de Cristo para identificarnos con El, sabiendo cuan lejos estamos, individual y colectivamente, de reproducir fielmente sus rasgos. Conocer la voluntad de Dios para ser perfectamente suyos, este es nuestro deseo.
Invocación del Señor, pues la oración nunca es sobre lodo una acción nuestra, sino un don suyo. Le llamamos (in-vocamos), por tanto, para estar con El, para que nos dirija su palabra y nos escuche, para contemplarle y quedar radiantes. Esta invocación puede consistir en un canto inicial, sobre todo al Espíritu Santo o sobre la palabra de Dios, un salmo u otra forma de breve oración común, con la que pedimos al Señor su ayuda y su presencia.
Del mismo modo, al concluir cada encuentro, no podemos despedirnos sin agradecer al Señor los dones recibidos. Puede ser por medio de un canto final, la recitación del Gloria al Padre, o de cualquier otra forma que el grupo estime adecuada. No podemos ser hijos desagradecidos. Incluso cuando la oración se nos hace ardua, cuando parece que no hemos penetrado en et texto o han surgido dificultades de cualquier tipo, siempre hemos de agradecer al Señor, a quien invocamos al principio, el don de este rato con El. Aún nuestro esfuerzo... es en el fondo un don suyo.
Es verdad que a menudo El permite que pasemos dificultades en la oración para que se robustezca nuestra búsqueda y crezca nuestro deseo. Otras veces parece que todo es suave y sencillo, y nos concede salir llenos de gozo y entusiasmo. Conviene que nos fijemos en esas situaciones, y en todo lo que nos ayuda o dificulta para real izar bien la Lectio Divina. así podremos aprender a orar orando. Y El, que es siempre el Señor, que conoce nuestros ritmos y nos lleva por caminos que a veces no terminamos de comprender, nos irá guiando si los recorremos confiados en su bondad.
Al concluir el encuentro, tampoco podemos olvidar un principio fundamental; estamos llamados a evangelizar. Lo que hemos descubierto, cuanto el Señor nos ha manifestado, está llamado no solo a cambiar nuestras vidas, sino a ser comunicado a los que nos rodean. Cada encuentro de Lectio Divina constituye una ocasión de renovar nuestra disponibilidad para el Señor, y nuestro deseo de ser sus apóstoles llevando la luz de la fe y el calor de la caridad a todos los hombres.
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