EL MILAGRO |
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En
junio de 2001, me diagnosticaron la enfermedad de Parkison. Después de saber el diagnóstico, me resultaba difícil ver a Juan Pablo II en la televisión. Me sentía, sin embargo, muy cercana a él en la oración y sabía que él podía entender lo que yo vivía. Admiraba también su fuerza y su valor, que mi estimulaban para no rendirme y para amar este sufrimiento, porque sin amor no tenía sentido todo esto. Puedo decir que era una lucha diaria, pero mi único deseo era vivirla con fe y en la adhesión amorosa a la voluntad del Padre. En Pascua (2005) deseaba ver a nuestro Santo Padre en la televisión porque sabía, en mi interior, que sería la última vez. Me preparé durante toda la mañana a aquel “encuentro” sabiendo que sería muy difícil para mi, pues me haría ver cómo me encontraría yo de ahí a algún año. Me resultaba aún más duro siendo relativamente joven... Un servicio inesperado, sin embargo, me impidió verlo. En la tarde del 2 de abril, nos reunimos toda la comunidad para participar en la vigilia de oración en la plaza de San Pedro, retransmitida en directo por la televisión francesa de la diócesis de París (KTO)... todas juntas escuchamos el anuncio del fallecimiento de Juan Pablo II; en ese momento, se me cayó el mundo encima, había perdido al amigo que me entendía y que me daba la fuerza para seguir adelante. En los días siguientes, tenía la sensación de un vacío enorme, pero también la certeza de su presencia viva. El 13 de mayo, festividad de Nuestra Señora de Fátima, el Papa Benedicto XVI anunciaba la dispensa especial para iniciar la Causa de Beatificación de Juan Pablo II. A partir del día siguiente, las hermanas de todas las comunidades francesas y africanas empiezan a pedir mi curación por intercesión de Juan Pablo II. Rezan incesantemente hasta que les llega la noticia de la curación. En
ese período estaba de vacaciones. El 26 de mayo, terminado el tiempo de
descanso, vuelvo totalmente agotada por la enfermedad. “Si crees, verás
la gloria de Dios”: esta frase del Evangelio de san Juan me acompañaba
desde el 14 de mayo. Al terminar la oración de la tarde, a las 9 de la noche, pasé por mi despacho antes de ir a mi habitación. Sentía el deseo de coger la pluma y escribir, algo así como si alguien en mi interior me dijese: “Coge la pluma y escribe ”... eran las 9.30-9.45 de la noche. Con gran sorpresa ví que la letra era claramente legible: sin comprender nada, me acosté. Habían pasado exactamente dos meses desde la partida de Juan Pablo II a la Casa del Padre... Me desperté a las 4.30 sorprendida de haber podido dormir y de un salto me levanté de la cama: mi cuerpo ya no estaba insensible, rígido, e interiormente no era la misma. Después, sentí una llamada interior y el fuerte impulso de ir a rezar ante el Santísimo Sacramento. Bajé al oratorio y recé ante el Santísimo. Experimenté una profunda paz y una sensación de bienestar; una experiencia demasiado grande, un misterio difícil de explicar con palabras. Después,
ante el Santísimo Sacramento, medité sobre los misterios de luz de Juan
Pablo II. A las 6 de la mañana, salí para reunirme con las hermanas en
la capilla para un rato de oración, al que siguió la celebración eucarística.
El
7 de junio, como estaba previsto, fui al neurólogo, mi médico desde hacía
cuatro años. También él quedó sorprendido al constatar la desaparación
de todos los síntomas de la enfermedad, a pesar de haber interrumpido
el tratamiento desde hacía cinco días. El día después, la superiora general
confió a todas nuestras comunidades la acción de gracias y toda la congregación
comenzó una novena en acción de gracias a Juan Pablo II. Hoy
puedo decir que un amigo ha dejado nuestra tierra, pero está ahora mucho
más cerca de mi corazón. Ha hecho crecer en mí el deseo de la adoración
al Santísimo Sacramento y el amor a la Eucaristía, que ocupan un puesto
prioritario en mi vida cotidiana. Sí, “si crees, verás la gloria de Dios”. |