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Pablo de Tarso (originalmente
Saulo), canonizado como San Pablo Apóstol († 67), no conoció
en vida -como los apóstoles- a Jesús, pero fue el primero
que tuvo sólo como experiencia la del Cristo Resucitado.
Nació en Tarso y en su juventud fue mandado a Jerusalén,
donde fue rigurosamente formado, en la enseñanza de la Ley, por
Gamaliel el Viejo. Después de algunos años regresó
a Tarso, él no se encontraba en Jerusalén cuando Jesús
predicaba. Su regreso tuvo lugar poco años después de la
pasión de Cristo.
En esta fase de su vida, Saulo fue un fariseo muy activo: fue testigo
de la lapidación de Esteban, pues custodiaba la ropa de los asesinos,
como nos lo describen los Hechos de los Apóstoles (8, 1-3). Recibió
poco después el encargo de ir a Damasco para apresar a los cristianos
de aquélla ciudad (Hech. 9,2), en dicha tarea fue particularmente
celoso en el cumplirla y decidido en ir contra la religión cristiana,
que comenzaba a difundirse y afirmarse.
Su conversión sucedió en el camino a Damasco, cuando inesperadamente
una luz del cielo lo envolvió y cayendo al suelo, escuchó
una voz que le decía: “Saulo, ¿porqué me persigues?”.
Saulo se quedó ciego y todo hacía a tientas, por tres días
esperó a alguno, ayuno y trastornado por cuanto le había
sucedido; se puede decir que, desde aquel momento, nació Pablo,
el Apóstol de las Gentes. Él decidió retirarse al
desierto, para poner en orden sus pensamientos y meditar más profundamente
el don recibido, ahí permaneció tres años en absoluto
recogimiento.
Después de su retiro, confortado por la luz de Cristo, y se comenzó
a predicar con entusiasmo, suscitando la ira de los paganos, que lo consideraban
un renegado, así que intentaron asesinarlo, obligándolo
así a huir.
Se refugió en Jerusalén, donde en al menos unos quince días
se encontró en varias ocasiones con Pedro, que encabezaba a los
apóstoles, y con Santiago, a quienes expuso su nueva vida. Los
apóstoles lo entendieron y estuvieron con él horas y horas
cada día, hablándole de Jesús; pero la comunidad
cristiana de Jerusalén desconfiaba de Saulo, pues se recordaba
de la feroz persecución que había tramado. Bernabé
garantizó su confianza en él, sólo así se
disiparon las dudas y Saulo fue aceptado por la comunidad.
Durante su estadía quincenal en Jerusalén, Pablo buscó
realizar alguna conversión, pero esta iniciativa misionera irritó
a los judíos y preocupó a los cristianos, por lo que, no
encontrándose en su lugar, el Apóstol se dirigió
a Cesarea y después regresó a su ciudad de Tarso en Cilicia,
donde retomó su oficio de tejedor.
Del año 39 al 43 no tenemos
noticias sobre sus actividades, hasta que Bernabé, enviado por
los apóstoles a organizar la naciente comunidad cristiana de Antioquía,
pasó a verlo para invitarlo a seguirlo, aquí Pablo dejó
para siempre el nombre de Saulo, porque se convenció que su misión
no era tanto entre los judíos, sino entre los otros pueblos que
los judíos llamaban “gentiles”; en Antioquía
fue donde los discípulos de Cristo fueron denominados por primera
vez “cristianos”.
Con Pablo, en pocos años y de modo impetuoso, “la Palabra
sale de Jerusalén, y la Ley de Sion”, como fue anunciado
por el profeta.
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