«FIJOS LOS OJOS EN JESUS AUTOR

Y CONSUMADOR DE NUESTRA FE»

(Hb 12,2)

Desde que Dios se nos ha comunicado en su Hijo Jesús, «Palabra Eterna del Padre» (Jn 1,1), nuestra misión como discípulos del Señor, se concreta en poner los ojos en Jesús, al que el Padre nos ha dado por Hermano, Compañero y Maestro, Precio y Premio [1] , para que, por nuestra configuración paulatina en El, vayamos reproduciendo en nuestra propia vida las actitudes y sentimientos que animaron a Cristo Jesús siendo así, en su unión, «alabanza de la gloria del Padre».

            Porque Cristo es nuestro principio, nuestra vida, nuestra guía, nuestra esperanza y nuestro término [2] , y porque el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (GS 22), únicamente «fijando los ojos en el que inicia y completa nuestra fe, Cristo Jesús, podremos correr con fortaleza la prueba que se nos propone» (cf Hb 12,1).

            El misterio de Dios se «conoce» en la medida en que se experimenta. El conocimiento, en su acepción bíblica, abarca al hombre entero, supone la fidelidad de éste, pues, así como Dios «se da a conocer» al hombre ligándose a él por una alianza, así también el hombre «conoce a Dios» por una actitud que implica la fidelidad a su alianza, el reconocimiento de sus beneficios, el amor (cf Os 2.22).

La mirada de Dios purifica y salva, ella es principio y fuente de conversión. El acto de fe del buen ladrón, afirma el P. Molinié, hace caer a San Agustín en la admiración y en el estupor. San Agustín entabla un diálogo con el buen ladrón para saber cómo ha logrado reconocer la divinidad del Mesías en el momento en que los enemigos de Cristo triunfaban. El obispo de Hipona pone en labios de éste una respuesta admirable: «No, yo no había escrutado las Escrituras, no había meditado las profecías. Pero Jesús me miró... y en su mirada, lo comprendí todo [3] . 

Entre los miles de hombres y mujeres que, incendiados por el fuego del Espíritu Santo, han clavado su mirada en Cristo Jesús encontrando ahí los torrentes de Agua viva que los han alimentado (cf Jn 7,37-39), se halla Concepción Cabrera de Armida que ha experimentado en su interior ese impulso poderoso para emprender la carrera de su vida con la mirada fija en Jesús.

            Conchita también en la mirada de Jesús lo comprende todo. Ahí aprende, ahí contempla, ahí adora. A eso se limita su oración: a mirarlo y a dejarse mirar por El, esa mirada le comunica calor, fuego, ardor:

            «Lo miro y me mira... En eso pasamos las horas de oración mi Jesús y yo: en esas miradas del alma, silenciosas y mudas, que todo se lo dicen... que encierran mil mundos de ternura... que se comunican mutuamente calor, fuego, y divinos ardores.

Si el alma busca a Dios, afirma San Juan de la Cruz [4] , mucho más la busca su Amado a ella. Conchita desea amar a su Dios, pero, sabe bien que amar, es en primer lugar ser seducida por Dios (cf Jr 20,7). Esa seducción El la ejerce especialmente a través de la oración.

La santidad de Dios exige que el hombre esté santificado,  para que participe de su misma Santidad (cf Is 6, 1ss). El mismo comunica esa Santidad a través de esa Mirada que `es baño de pureza que limpia para poderse acercar' (cf C.C. 23/84-89): Es la Mirada de todo un Dios que mendiga el amor de su criatura: «Mira que estoy a la puerta y llamo...» (cf Ap 3, 20). Dios se hace encontrar de quien lo busca con simplicidad de corazón. Es El quien nos amó primero (cfr. 1 Jn 4,19). El nos mira antes de que nosotros tengamos fijos los ojos en el Autor y Consumador de nuestra fe (cfr.Hb,12,2)

TAREA

 

FIJAR LOS OJOS EN JESUS

       

EN MI AMBIENTE LABORAL

EN MI AMBIENTE FAMILIAR

EN LA COMUNICACIÓN PERSONAL CON EL



     [1] cfr. SAN JUAN DE LA CRUZ., Subida... 2,22 núm 5

     [2] PABLO VI., Discurso de apertura de la segunda sesión del Concilio Vaticano II, del 29 de septiembre de 1963.

     [3] cfr. MOLINIE. M.D., «El coraje de tener miedo», Madrid (Paulinas) 1979 p.16

     [4] SAN JUAN DE LA CRUZ.; Llama de amor viva 3, 28.