
... Anoche tuve un sueño mientras dormía. Una mano posaba sobre mi cabeza mientras yo transcurría por la vida. Yo, un compulsivo pecador, lleno de imperfecciones, abría y cerraba puertas con escenas de mi vida y, en todo momento, esa mano me protegía sin cesar con su presencia. Recuerdo que volaba por un firmamento sin principio ni final, donde las nubes de la derecha eran blancas e inmaculadas mientras que las de la parte izquierda eran oscuras e infaustas. En medio, un largo sendero con seis estaciones, con puertas a ambos lados que permanecían durante todo el camino. Mis únicos pensamientos en esos momentos eran de descubrir qué se escondía detrás de cada puerta y qué me encontraría al final de ese gran trayecto. Inquietud, o tal vez miedo, no me dejaba ver más allá de las puertas y de esa ruta sin final.
De repente, comenzó de verdad el verdadero sueño. Mientras volaba mar adentro por ese cielo, aquella mano siempre presente, a través de una fuerza realmente indescriptible y misteriosa, me hizo parar en medio de las dos puertas primeras para que yo mismo eligiera adónde entrar. La puerta cristalina me imponía mas calma y tranquilidad que la sombría, la cual me recordaba a la oscuridad, al lado tenebroso y triste de la vida y, a la vez, de mí. La puerta de la izquierda se abrió, y la mano me empujó a entrar.
Era un gran palacio, un banquete lleno de placeres y lujos, la gente disfrutaba de todo, todos eran "felices". Por un momento hasta llegué a sonreír, era todo tan magnífico... Pero la mano me invitó a salir e inmediatamente me mostró la parte derecha, abriéndome la puerta. El cuadro que presentaba era: una mesa y un trozo de pan. Alrededor gente pobre y hambrienta arrodillándose porque yo les diera un poco de pan. No tenía palabras, no sabía qué hacer, pero no entendía que después del gran manjar que había al otro lado, yo tuviera que dar ese trozo tan pequeño de pan. Fui a dárselo y... Salí a la galería a través de la cual yo volaba y volaba, y una voz me dijo: "Tuve hambre y me disteis de comer".
Por un momento quería despertar y que ese sueño terminara para siempre, pero esa fuerza quería que siguiera soñando. La ruta por encontrar el fin era cada vez mas larga y, de nuevo, volví a sentir la mano deteniéndome en las puertas siguientes. Otra vez, la puerta izquierda se abrió y entré. Un oasis donde jarras y jarras de vino corrían sin cesar. Con sus ropas y sus cabellos mojados, me ofrecían por todas partes. Apenas tenía sed, pero deseaba tenerla para poder complacerme de todo aquello.
Al instante fui empujado hacia la puerta de enfrente. Había un desierto donde un jefe acababa de dejar a sus esclavos abandonados porque no le servían. La mano me pone en mis manos un vaso de agua y por mi cuerpo empieza a correr cada vez más y más calor. Me enfurezco, pero acepto y, espontáneamente, me encuentro afuera, donde la voz me dice: "Tuve sed y me disteis de beber".
Pero, ¿qué está pasando?, ¿por qué tiene que sucederme esto a mí? –yo me pregunto–. Daba vueltas a esas dos frases que, para más INRI, no sabía de dónde ni de quién venían. Hambre y me disteis de comer, sed y me disteis de beber... Entonces ya sentía más intriga por lo que me depararían esas cuatro estaciones que me faltaban por abrir.
La mano me inmovilizó en las dos puertas siguientes, en el tercer apartadero. Sin mediar palabra ni movimiento alguno, el lado izquierdo se abrió paso hasta que yo me digné a entrar. La gente era muy variada, pero cada uno estaba con sus respectivos. Esto es: los blancos estaban con los blancos, los negros con los negros, los marroquíes con los marroquíes... y así respectivamente muchas más razas. Los blancos, al verme, comenzaron a llamarme y me incluyeron en su grupo. Al cabo de un tiempo ya me vi hallado en la otra parte, en la puerta derecha. Un matrimonio de color viajaba en coche y habían tenido un accidente. Se hallaban tendidos en el suelo y solamente yo podía ayudarlos. Si llamaba rápidamente a una ambulancia, llegaría a tiempo y podría salvarles la vida. Me dispuse a llamar, pero cuando me quise dar cuenta la voz se volvió a dirigir a mi diciéndome: "Fui emigrante y me acogisteis".
Desconcertado y confuso notaba cómo mi cuerpo, a la vez que soñaba, daba vueltas y temblaba. Pero siempre volvía al sueño. Ya en las puertas de la cuarta estación, las puertas volvieron a abrirse de la misma manera. La izquierda mostraba un almacén inmenso con toda clase de ropa, de todos los modelos... Nada era de nadie, todo era de todos. Mientras, la puerta derecha presentaba una calle con lluvia, donde un hombre tirado y desnudo ofrecía su mano para que le diesen algo. Y, claro, si le doy mi cazadora, ¡me mojo yo! –pensé–. La voz se insinuó otra vez en mi mente: "Estuve desnudo y me vestisteis".
Me trastornaba y no entendía nada. Tan solo quedaban cuatro puertas por abrir y llegaría el final que tanto ansiaba. Seguí volando y la mano me paró sin apenas haber despegado el vuelo. Como ya sabía, las puertas se abrirían como siempre. Un gran gentío me esperaba detrás de la parte izquierda. Miles y miles de personas felices, cantaban, bailaban... ninguno aparentaba sufrir algún problema. Pero al llegar a la derecha mi corazón sintió un impulso tan fuerte que retrocedí para atrás, aunque la mano me empujó hacia delante. Había un hombre con todo su cuerpo dañado por la lepra. Sus manos carecían incluso de algún dedo, su cara totalmente desfigurada, cuando levantó su mirada hacia mí y extendió la mano para que yo se la cogiera. Quedé totalmente paralizado y surgió un cruce de miradas que no terminaba nunca; la suya esperando que yo le estrechara la mano y la mía perdida y deteriorada por la confusión de aquella situación. La extendí lleno de temor, pero... la voz retornó a mí diciendo: "Estuve enfermo y me visitasteis".
Solo restaba la parte final para llegar esa meta. Llegué hasta las dos últimas puertas del camino y sentía que mi corazón era cada vez más pequeño. Tras abrirse la puerta oscura y ver un mar con gente libre y disfrutando de todo, alcancé la otra parte. Era una cárcel con hombres enfurecidos y gritando, pidiendo por su libertad, cansados de vivir. Uno de ellos me llamó y me pidió estar en su compañía, pero temía porque parecía ser peligroso. Me acerqué a él... la extraña voz volvió a mí: "Estuve preso y fuisteis a estar conmigo".
Y llegó el final, se abrieron los cielos, sentí la mano por mi cuerpo, me desperté y pude ver realmente que una mano había en mi corazón. Me dijo: "Hijo, has sido salvado". "QUIEN TENGA OÍDOS QUE OIGA".
CARLITOS
REDACCION DE DAMEDEBEBER|
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