
Muchos habían sido los preparativos, a través de reuniones y encuentros -con películas formativas y cenas para compartir incluidas-, para afrontar este viaje con la mayor de las ilusiones. Tanto, o mucho más, eran los deseos que teníamos guardados en nuestro corazón para que pudieran llegar a hacerse realidad… Por fin iba a cumplirse el sueño que muchos anhelábamos en nuestro corazón. La peregrinación hacia la Ciudad Santa se acercaba y todo nuestro esfuerzo por poder ser parte de este viaje, se iba a ver recompensado con el milagro de una peregrinación que ninguno de nosotros imaginábamos.

Trabajos de verano -con o sin contrato-, horas extras -con o sin ganas-, chanchullos con nuestros jefes -con o sin consentimiento-, venta de papeletas -con o sin mucha cara-… miles habían sido las razones y cientos los motivos que nos habían impulsado a que este viaje cumpliese todas nuestras expectativas -desconocedoras, por supuesto, del regalo que nos deleitaría la Providencia-. Nuestras ganas y el empeño que nos conmovía eran mucho más que cualquier impedimento que se cruzase en nuestro camino... El Papa nos esperaba, y nosotros no podíamos fallarle.
Atocha fue nuestro primer punto de encuentro. En un momento, acaparamos la terminal con nuestras maletas, guitarras, voces y, cómo no, con un sinfín de ilusiones. Barcelona -donde nos esperaba la naviera que nos levaría hasta Italia-, Roma, Asís, el Vaticano, Florencia… "Es que no quiero ni pensar en lo que nos espera… ¡sé que no voy a poder parar de llorar!", confesaba emocionada una de las peregrinas.
El menú que nos ofrecía este viaje, estaba claro que era de lo más apetitoso. De entrantes: un paseo por el Mediterráneo, una noche movidita en barco -con bailes y actuación estelar de Serviam, nuestro grupo de la parroquia- y la Santa Misa Dominical en una pequeña sala de conferencias del barco... (es evidente que Dios nos sorprende, cada día, con un nuevo detalle por el que sonreír y ser feliz). Seguimos con el menú. De primero: varios platos a elegir, pero ninguno a desechar. Entre ellos, el puerto de Civitavecchia, donde nos esperaba Mauricio -un conductor que, tal y como nos dio a entender por su forma de conducir, no temía a la hermana muerte- para "endulzarnos" la comida con el condimento de su velocidad y una destreza envidiable al volante; también había calor a la brasa dentro del autobús -"Mauri" tampoco le tenía miedo al hermano calor y la despensa carecía de aire acondicionado-; la residencia de las monjas Suore Salesiane dei Sacro Cuori -que nos acogieron durante nuestra estancia-, el Coliseo, San Juán de Letrán, Santa María la mayor y la Fontana de Trevi -algunas decían que, con este plato, ya estarían llenas…- eran también parte de esa primera degustación. Todo esto, solamente de primer plato.
Lo mejor de la carta no era la inmensa variedad de platos, sino que todo entraba dentro del menú. No cabía la posibilidad de elegir, sino la de disfrutar de todo cuanto teníamos para disfrutar. El segundo plato se hacía esperar. Cierto es que muchos ya estábamos "llenos"… y sin haber siquiera escuchado la segunda estación de la carta. A ver, de segundo, nos dice el siempre Providente Camarero de dones y gracias, tenemos una menestra de San Francisco de Asís, la Plaza de España, la Piazza Navona, los Museos Vaticanos -que, según nos dijeron, es el plato más solicitado- y el tesoro por excelencia: Florencia. ¿Y todo esto sería para nosotros? Un buen menú, desde luego, para gente con tanto hambre -de Dios, claro-.
Y, como en toda buena degustación, no podía faltar el postre. Se trataba de un pastel dulce y apetitoso que colmaría todo vacío que habitase, no sólo en nuestro estómago, sino más aún en nuestro corazón. Era la guinda del pastel: el encuentro con miles de fieles que saboreaban con el mismo paladar el alimento de la fe. Y dicha tarta traería una sorpresa. Un regalo que no olvidaríamos nunca. El Servidor, amable y cariñoso, nos enseñó la carta para que nosotros mismos leyésemos el nombre del pastel. Las letras romanas que apellidaban su nombre dificultaban la correcta lectura de aquella sobremesa. Definitivamente, alguien, muy entusiasmado con poder disfrutar de ese regalo, lo grita en voz alta: ¡Benedicto XVI!
Una vez servido y digerido tan apetitoso manjar, aparecieron una serie de "problemas" (siempre providenciales y con la mirada más allá de lo que nuestros ojos pueden llegar a ver). Debido a un inconveniente en la cocina, decidieron añadirnos un plato más al menú que ya habíamos escogido… ¡como si fuera poco todo cuanto llevábamos encima! El horno se las arregló para deleitarnos con otro más de sus platos estrella: San Pablo Extramuros. No podíamos pedir más.
Tras haber degustado este soberbio menú y tan delicioso manjar, pedimos la Hoja de reclamaciones. A diferencia de todo cuanto se hubiera podido reflejar en ella, contrario al contenido de tal "Restaurante", nosotros dejamos que fuese nuestro corazón la pluma que escribiese sus sentimientos. Como apuntaba, lo más apetitoso de todo es que no cabía la posibilidad de elegir entre un plato u otro, ya que todo formaba parte del menú. Por lo tanto, dejamos prestancia del descomunal regocijo que supuso cada uno de estos platos de la carta. Comienzo a relatar lo escrito en la Hoja de Reclamaciones:
Los entrantes sucedieron a un enorme deseo interior de paz, de alegría y de regocijo interior por vivir una experiencia nueva e incierta para algunos, conocida e innata para otros. Pasar la primera noche en la naviera no significaba solamente vivir una nueva y curiosa peripecia, sino también convivir con los demás peregrinos -más tarde, convertidos en amigos; y un poquito más, en hermanos-. La convivencia, al igual que una buena comida, ha de estar determinada por la correcta fusión de sus ingredientes. El hecho de compartir es el aliciente primordial de toda relación y, durante la exquisita comida que tuvimos el honor de celebrar, no faltaron un abrazo, una palabra de cariño o un hombro donde reposar; tampoco se echó en falta una mano amiga que te ayudase a alzar el vuelo cuando las alas volteaban heridas por el cansancio del camino. La Santa Misa Dominical fue la sal y la luz capaz de dulcificar el corazón más empedrado y enclaustrado de los fieles. En ella, se nos ofreció el más espléndido y maravilloso de los alimentos que jamás podamos almorzar, comer, merendar o cenar:el Cuerpo de Cristo. Dios no se marcha nunca ni teme al peligroso mar cuando éste pretende acecharle con su furiosa marea. Ésta Eucaristía la celebramos con el vaivén y la sacudida de las olas, pero la saboreamos con el mejor y más suculento de los sentidos. Este manjar único lo degustamos cuatro veces más durante el tiempo que duró la velada.
La persona encargada de servirnos el primer plato, Mauricio, no comenzó con muy buen pie -en este caso y hablando de gastronomía, con buena mano-. Nos lo sirvió caliente -por eso de la falta de aire acondicionado- y en no muy buen estado… consistía en el traslado desde el puerto de Civitavecchia hasta la residencia de las Hermanas que nos acogieron. Para hacerse una idea de tal martirio, señalar que tardamos más de media hora en conseguir digerirlo. Apenas es nada, ¿verdad? Los platos siguientes fueron una auténtica delicia: el Coliseo, San Juán de Letrán, Santa María la Mayor y la Fontana de Trevi. Tras digerir este baño de condimentos varios, nos dispusimos a probar el siguiente capítulo. Un revuelto de Italia, con los foros antiguos, con el aderezo de la seductora y fascinante ciudad del santo Francisco, a quien su nombre hace gala: Asís, la plaza que rinde tributo y engalana con honor a nuestra patria: la Plaza de España, también la Plaza Navonna y, cómo no, el tesoro gastronómico por excelencia: el Vaticano y sus museos. Antes, pudimos degustar de una Eucaristía, presidida por el Señor Cardenal y concelebrada por nuestro querido párroco y guía -tanto espiritual como de viaje- Pedro, con todos los jóvenes de Madrid llegados a Roma. Fue un momento fabuloso donde pudimos, además de celebrar todos juntos la Santa Misa, abrazar a esos amigos verdaderos, a los que saben cómo palpita nuestro corazón, pues ellos respiran el mismo aire…
Pasamos a la Santa Sede. El derroche de arte y amor empeñado en tal obra, no encuentra precio proporcionado que lo ampare. La Plaza de San Pedro nos recibió con los brazos abiertos; nos abrió sus puertas para mostrarnos cómo Dios hace milagros en las manos que Él elige y provee de un don especial. El cuerpo incorrupto de Juan XXIII, la Piedad de Miguel Ángel, el baldaquino de Bernini, la Capilla Sixtina en todo su esplendor, la estatua de San Pedro en pie, la Puerta Santa, la Capilla de San José -donde estuvimos rezando ante el Santísimo-… La Providencia nos regaló el poder rezar delante de nuestro papa santo, el de toda la juventud mundial y aquél que nunca cesó en su labor de promover los valores cristianos nunca reñidos con la modernidad; el mismo que, cuando vino a visitarnos en 1992, nos pidió que cantásemos a una sola voz "Pescador de Hombres", pues era su tema preferido. Juan Pablo II, cuánto nos hiciste llorar de profunda emoción aquel martes de agosto… Al salir del Vaticano, el cielo comenzó a chispear de forma leve, pero dejando huella de su presencia en ese momento. "¿Ves, hasta los ángeles lloran ahora mismo con nosotros recordando a Juan Pablo II?", manifestaba con ternura uno de los chicos que, entusiasmado, no paraba de confesar que "todo esto es increíble e impresionante". Para dar fin al segundo, nos esperaba Florencia. Una maravilla del Renacimiento y cuna de personajes como Miguel Ángel o Dante. Lugares inolvidables que, a pesar del cansancio acumulado, pudimos disfrutar: el David de Miguel Ángel, la Piazza del Duomo, el Campanile, el Baptisterio de San Juan Bautista, la Piazza de la Signoria, la Gallería degli Uffizi, la Santa Croce, entre otros. Un universo de arte para perderse y henchirse de una belleza única en el mundo. Durante la Edad Media y el Renacimiento, vivió un periodo de oro en los planos artístico, cultural, político y comercial, lo cual supuso ser el punto de referencia de los intelectuales y artistas más importantes de Europa. Hoy, con el paso del tiempo, no ha perdido esa esencia que le caracteriza.
Sólo nos quedaba el postre. Nada más y nada menos que ver a Benedicto XVI, el sucesor de San Pedro. Él había solicitado fervientemente nuestra presencia allí, y nuestra voz no podía ser menos ante las 5000 personas que nos congregamos allí. Cantamos, rezamos, bailamos, reímos y lloramos. Pero todo de alegría. Nuestro papa nos recargó las pilas y nos animó a anunciar "el único amor que nunca falla ni termina". Era el culmen del maravilloso menú que Jesús nos había brindado.
Lo mejor de todo: el precio del menú…
imposible calcularlo en dinero,
solamente en Amor.
¿Y saben a cuánto ascendió?
Nosotros no podemos medirlo,
solamente lo sabe nuestro corazón.
REDACCION DE DAMEDEBEBER|
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