LLORAR EN GETSEMANÍ
Cuando uno piensa en Getsemaní, en ese Huerto de los Olivos donde Jesús agonizaba horas antes de su Pasión, se hace complicado –y casi imposible- no sentir que el corazón se estremece ante la indignidad y la miseria que marcan nuestra vida…
Un año más, volvemos a mirar de reojo el torrente Cedrón, ese valle asediado por los cauces de diversos arroyos que rodean Jerusalén en su parte oriental. Allí, las tierras cercanas al Monte eran muy fecundas debido a que, por el torrente, corría a borbotones la sangre de las víctimas que se sacrificaban en el Templo y que servía de abono para la tierra. Getsemaní era un huerto de los muchos que se extendían por las fértiles laderas del Monte de los Olivos, separado de Jerusalén por el Cedrón. Hoy, tantos años después, el lugar, la escena y el tiempo que vivimos, apuntan a un llanto que, aun con el paso de los años, no cesa por todo cuanto significa.
Hace unos días, me confesaba un buen amigo la indescriptible sensación que supone pasar toda una noche en ese lugar donde Jesús le suplicaba a su Padre que apartase de Él ese cáliz pero que, aun cargado de angustia, pavor e, incluso, empapado de un sudor teñido de sangre, se cumpliera Su voluntad… Allí, en la “roca de la agonía” -donde la tradición venera el lugar en el que Jesús rezó aquella noche-, dormiremos muchos abrazados a un Jueves Santo que vislumbra su aparición en forma de cruz.
Y pienso en Jesús, en el terrible sufrimiento que padeció aquella noche, atrapado por un dolor que ningún ser humano es capaz de soportar. Él sabía que la hora de su muerte estaba cerca y, en medio de ese profundo dolor, sintió en sus propias carnes cómo sus mejores amigos le habían traicionado y abandonado, vendiéndole por treinta míseras monedas de plata o quedándose dormidos ante la soledad de una noche que ni el propio miedo era capaz de describir.
Y, ante tal perspectiva, pienso en nosotros e, irremediablemente, pienso en mí… Cuán grande es nuestro sufrimiento cuando las cosas no nos salen como nos gustaría y qué infinitas son las sombras cuando no percibimos entre la oscuridad de la noche un resquicio de luz, ¿verdad? Y no tenemos más remedio que alzar nuestra voz ante tanta carestía de bienestar e, incluso, si es menester, maldecir a la Providencia por no allanar nuestro pedregoso camino de la vida.
Pero, ¿nos hemos parado realmente a pensar en los sentimientos del propio Jesús cuando sabía que su muerte estaba cerca y que cargaría, sobre sus espaldas, los pecados de toda la historia? No somos conscientes… creo, de verdad, que no lo somos. Y es que, cuando uno es cristiano y vive como tal, “aprende” una serie de dogmas y de principios sobre los que basa su vida pero que, muchas veces, a causa de unas u otras circunstancias, ni siquiera se ha parado un instante a meditar. ¿Cómo puede ser que, sin siquiera conocerme Jesús, Él muera por mí si yo aún no había nacido?, ¿es, acaso, posible que, sin estar yo en este mundo, existiera un Hijo de Dios que se dejara crucificar, que fuera prendido brutalmente y que muriera en una cruz por mis pecados?
Quizá, entre las prisas, rutinas y vaivenes diarios, no hemos aparcado nuestros quehaceres en la cuneta de la vida para replantearnos si la dirección tomada es la correcta o si el camino abordado llegará al destino deseado. Y, entre tanto, bajo la luz de un Sagrario, colgado en una cruz, a la luz de un celemín o escondido en la mirada de un niño que acaba de nacer, hay Alguien que sigue esperando que tú le escuches y le hagas compañía porque se acerca la Hora Santa y vuelve a pedirte, como a Pedro, Santiago y Juan, que te quedes con Él y veles a su lado, ya que su alma está triste hasta el punto de morir.
Hoy, a las puertas de un nuevo Getsemaní -hecho vida con las escenas de tu propio sufrimiento y dolor-, amarrado a una Cruz siempre antigua y siempre nueva, permanece inscrito tu propio nombre ansiando que ayudes a bajar de la cruz a todos los crucificados. Y pienso en María, que compartió aquella noche la soledad y el dolor de un Hijo que iba a morir, aferrada a un manto que, horas después, secaría un sudor envuelto en sangre, pasión y cruz. Y pienso en mi madre…
Hoy, repite en silencio y en voz baja las palabras de Pedro y dile a Aquel que murió por ti que, aunque tengas que morir con Él, no le negarás… porque, aunque caigas una y mil veces, Él lo sabe todo, Él sabe que le amas.
Charly
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En medio, con dolor y con amor |
“En medio” colocaron a la adúltera sus acusadores. “En medio” se quedó la mujer cuando los acusadores, uno a uno, se escabulleron, dejándola sola con Jesús. “En medio” pusieron a la mujer, pero a quien pretendían comprometer y acusar, a quien de verdad querían poner en medio, era a Jesús.
Hoy, letrados y fariseos han colocado “en medio” al monstruo, al clérigo sorprendido en flagrante delito de pederastia, y no lo han llevado al tribunal competente para juzgarlo conforme a justicia, sino que se lo han llevado a su madre, a la Iglesia, lo han tirado como basura a sus pies, para ponerla “en medio” a ella, para avergonzarla a ella, para comprometerla y condenarla a ella.
Letrados y fariseos, gente estéril, senos que nunca han conocido la vida ni la ternura, pretenden que una madre condene a su hijo: si no lo condena, no es justa; si lo condena, no es madre.
Letrados y fariseos, arrogantes, soberbios e hipócritas, insisten en preguntar a la madre: “Tú, ¿qué dices?” Preguntan como si ellos fuesen inocentes del crimen que fingen perseguir. Y se lo preguntan a ella, a la Iglesia que, como supo y como pudo, ha intentado siempre educar en el amor y en la virtud a sus hijos. Se lo preguntan a la madre los mismos que han destruido a su hijo: los profetas de la revolución sexual, los que instigan a los niños a masturbarse, los mercaderes de pornografía, los expertos del turismo sexual, los que consideran la prostitución un trabajo y la castidad una aberración.
Hoy la Iglesia, como ayer Jesús, encara a los acusadores con la realidad de sus propias vidas: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. Hoy como ayer, la Iglesia como Jesús, habrá de inclinarse para cargar con el peso de sus hijos, con la culpa de sus hijos, con la muerte de sus hijos.
Cuando se incorpore, allí, “en medio”, estarán solos ella y sus hijos, con un dolor sin palabras y un amor sin medida.
+ Fr. Santiago Agrelo, Arzobispo de Tánger |
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