MATEMOS A DIOS… ¿QUE NO?
Primero tenemos que soportar estar en clase y ver sobre la pared crucifijos, después se inventan rendir pleitesía a una mujer con una placa en su casa natal por el simple hecho de ser monja y ahora tenemos que aguantar los Belenes en lugares públicos… ¡esto es inaudito!
Todo esto, claro, sin contar la molestia que supone el comprar un cupón de lotería en estas fechas y encontrarte con un registro interminable de vírgenes y sucedáneos monoteístas. Pasear por la calle es otra aventura… tiendas con escaparates con símbolos religiosos, árboles, luces… Y, bueno, no quiero ni pensar en los pueblos en que tenemos que aguantar cómo un grupo de fanáticos se disfrazan de José, de la Virgen María y hasta del niño Jesús para escenificar el nacimiento de un dios que ni siquiera sabemos que existe. Y, luego, los Reyes Magos… un día que tenemos que celebrar una fiesta de unos reyes que, en teoría, fueron a ver a aquél que, supuestamente, nació en Belén. Otra historia. Gastar, gastar y gastar… eso es la Navidad: una farsa de película con un reparto de actores imaginarios, unas vidas de quita y pon y unas historias de plastilina.
Si al punto en que hemos llegado ahora, usted no ha apartado la vista pensando que se había confundido de revista, es el momento de leer la respuesta... En forma de confesión y con algún que otro remordimiento despertado por el titular y el principio de este artículo, le diré que todo lo anterior, no son más que escenas falsas e inservibles que, hombres sin piedad, sin fe y sin ningún resquemor, desean emitir para alcanzar una audiencia con límites insospechados en esta televisión de la vida. Y, de la misma manera que ellos elevan sus voces, yo decido acallar al silencio para que mi voz llegue, al menos, a algún corazón deseoso de ternura y de aliento. Porque no quiero seguir así. No estoy decidido a hacerlo. Y yo no soy el culpable. No, de verdad que no lo soy…
Volviendo al principio de esta confesión, supongo que, en estos momentos, mis pasos se han cansado de recorrer ese pasillo que conduce a la silla eléctrica y ya no me permiten caminar por esa calzada empedrada de obstáculos. No me convence aceptar que, sin ser culpable, esté forzado a aceptar la condena. ¿Por qué no dejar los crucifijos en las escuelas?, ¿por qué no rendir homenaje a la Madre Maravillas con una placa que rememore la bondad y la caridad que le caracterizaron durante toda su vida?, ¿por qué no inundar las calles de Belenes que rememoren la Venida de Jesús? ... ¿Por qué ese deseo de acabar con todo lo que exhale un tímido suspiro a Dios?, ¿por qué ese deseo sombrío de querer matarlo?
Esta mañana, en el metro de Madrid y casi sin querer, he tropezado en las escaleras con un indigente que, despreocupado de aspecto -y seguramente de alma-, me ha pedido “una propina para Jesús por ser Navidad”. Sorprendido y asociando una viva imagen de locura en aquél tipo, le he preguntado: “¿Te ha dicho Jesús que me pidas una propina a mí para Él?”. Su respuesta, dubitativa y con una envoltura sonriente, ha sido la mejor respuesta para todos aquellos que quieren ver a Dios bajo tierra, enclaustrado en las catacumbas o encerrado en las Iglesias. ¿Qué me dijo?, se preguntarán… Pensaba no descubrirlo, ya que me ha confesado que era un secreto; sin embargo, todos necesitamos saber que aquél vagabundo había salido a mi encuentro para recordarme lo que, realmente, es la Navidad.
Desvelaré que, al sacar mi mano del bolsillo y mirar de nuevo hacia adelante, el mendigo ya había desaparecido… está tantas veces a nuestro lado y no le reconocemos… ¿Entienden ya qué es la Navidad? Y, ¿ya saben quién era el mendigo?/span>
Feliz Navidad de mi parte y, sobre todo, ¡de mi amigo el indigente!
CHARLY
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