
Todos sabemos que la vida en este mundo no resulta ser siempre demasiado fácil y asequible para todos los que en él habitamos.
Hay personas obsesionadas por los placeres, goces y deleites que buscan disfrutar de todo aquello que consideran importante y esencial. Según ellos, el dinero es, sin ninguna duda, el mayor causante de la felicidad, pues te da y ofrece lo apetecible y, muchas veces, lo difícilmente alcanzable de las cosas del mundo. Pero no todas las personas del planeta tienen la suerte de haber encontrado la felicidad gracias al tan estimado dinero, y ésta ha podido ser la causa más clamorosa de su situación.
Debido a esto, he considerado importante salir a la calle y sentir, con el mismo testimonio de la gente que carece de bienes materiales, el irritante y angustioso dolor que provoca dormir todos los días que restan de su vida en la calle, con la única compañía de la soledad y el abandono.
Deambulando por Madrid, resulta muy difícil cruzar dos calles y no encontrarte con algún mendigo o con alguna persona que, no se sabe debido a qué, te pide un poco de ti, pero que es suficiente para calmar su desalentado apetito. Prácticamente nadie es capaz de pasar por el lado de alguna de estas personas y no sentir su tristeza. La mayoría de la gente pasamos al lado de todos ellos y nos decimos a nosotros mismos: "más vale que se busquen un trabajo..." o "para qué le voy a dar nada si luego se lo van a gastar en bebida o en droga...". Pero, ¿sabe alguno de nosotros las causas que le han llevado a estar viviendo en la calle, suplicando la ayuda de los demás para poder comer?. La única manera de hallar una respuesta es acercándote a ellos y, gracias a su testimonio, conocer las verdades de lo acontecido en tiempos pasados y que ocasionaron esta aterradora situación de una consternada
Resulta muy difícil acercarse a uno de ellos y preguntarle el por qué de su situación. No por lo que te puedan hacer o "pegar", sino porque lo asuman de una forma extraña y pensar cualquier cosa menos que pretendes ayudarles en la medida de lo posible. Pero, puestos a todo, sin temor, sin miedos, sin ningún tipo de complejos, tiramos hacia delante y comenzamos nuestra acción...
Al pasar por una de las calles más frecuentadas de Madrid – en un rincón escondido –, se encontraba nuestra primera misión. Era un hombre de unos cuarenta años, con aspecto no muy malo y con la compañía de un pequeño gato. Tenía a sus pies un cartel donde decía: "de nuevo me lo han quitado todo. Mis cosas, mi ropa, mi comida...". Sin más, mi acompañante y yo, nos acercamos a él y le pedimos que nos explicara el significado de ese cartel que permanecía quieto bajo sus pies. Nos explicó que "los hombres de la basura", cuando él y sus compañeros – los mendigos – se iban al servicio o se movían de su sitio dejando sus cosas, aquellos aprovechaban para tirarles todo y dejarles sin absolutamente nada.

Entrando en conversación –a pesar de que no mostraba ninguna intención de querer hablar con nosotros–, cruzamos unas escasas palabras pero que finalmente explicarían la causa de su estado. Nos dijo que tenía suficiente con lo que sacaba en la calle para poder comer todos los días. Al consultarle que si no disponía de ninguna ayuda por parte de su familia, su rostro cambió rápida y fríamente de gesto, tanto que bajó la cabeza y siguió leyendo las sucias páginas que presentaba un libro apoyado sobre sus piernas. "Acerca de mi familia no quiero saber nada – él dijo –, pues ellos son los culpables de todo esto". Así que, resumió en una frase todo el mal que padecía, culpando a su propia familia de un sufrimiento tan grande como es el de permanecer afligido por la sociedad. Después de cinco segundos de absoluto silencio, nos dimos cuenta de que aquel hombre ya no estaba interesado en seguir distrayéndose con nosotros, con lo que nos fuímos de aquel lugar.
Nuestro trayecto era muy largo y nuestras ansias aumentaban cada vez más. Un motivo que nos impulsaba a seguir adelante era el desasosiego que nos provocaba saber que hay tanta gente ahogándose en su propio mundo interior, dándonos a los demás una imagen exterior fuera de la realidad y dentro de la desesperación y el olvido.
Caminamos tres aceras adelante, y allí hallamos situado a nuestro siguiente propósito. Se encontraba al lado de una puerta de una pastelería, postrado en un escalón que sobresalía de la pared y arropado de pies a cabeza con una cazadora deslucida y estropeada por el ambiente que se vivía en su casa: la calle. Fue aproximarnos a él y levantar su triste y lánguida mirada hacia nosotros. En ese momento, le dijimos que si quería algo para comer, esperando claramente su reacción, puesto que si su respuesta era negativa, resultaría fácilmente reconocible que no precisaba nada y que lo único que quería era conseguir dinero para gastárselo en cualquier cosa y no en lo más necesario: en comer. Su respuesta no se hizo esperar y fue rápida: "si no es mucha molestia, os agradecería de corazón que me trajérais un café, pues no tengo dientes y es lo único que ahora puedo tomar". Sin pensárnoslo dos veces, fuimos al bar más cercano y compramos un café calentito para aquel que realmente nos mostró que lo necesitaba. Dándoselo, le volvimos a preguntar si quería algo más, pero el pobre no se atrevía a pedirnos nada. "Es mucho abusar y no quiero aprovecharme de vosotros; más tarde iré a comprar queso de ese que llaman podrido y pan de molde, y con eso comeré"– comentó–.
Viendo la confianza y la sinceridad con que estaba hablando a esos dos desconocidos que tenía delante, nos dirigimos a la tienda y le compramos cien gramos de queso y pan de molde. Al volver al lugar donde él estaba, su mirada floreció al vernos y sus ojos le comenzaron a brillar intensamente. En ese mismo instante, sus primeras palabras fueron: "parece que el Señor hoy está conmigo". Impresionados por la forma con que se portaba con nosotros, permanecimos junto a él y comenzamos una larga y, sobre todo, entretenida conversación. "El Señor" fue la primera palabra que el mendigo pronunció, y era fácil de comprender que no se refería a otro sino a Dios. ¿Y por qué a Dios?, nos preguntamos. Es sencillo pensar que la confianza en Dios en el caso de los mendigos no debe ser muy abundante, pues le pueden culpar a Él de su situación y pedirle que, si realmente existe, les ayude. Lo primero en preguntar a aquel hombre fue que si no guardaba rencor a Dios y le creía culpable de lo que estaba pasando. Todas sus respuestas eran claras y llenas de sinceridad. "¡Cómo voy a guardar rencor a Dios si Él es quién me ha dado la vida!" – respondió –. Con mucha incertidumbre pero, a la vez, mucha curiosidad proseguimos en su compañía. Dios se estaba convirtiendo en el tema central de nuestra conversación, y por eso mismo, nuestra curiosidad era cada vez mayor y más interesante. Sin decirle apenas nada, comenzó a hablarnos de su vida con toda naturalidad, mientras nuestro cuerpo se mantenía en tensión constante ante el asombro producido por las palabras de aquel mendigo. Su vida se vió truncada por la quiebra de una empresa, en la cual él era marinero, siendo despedido junto a todos los trabajadores sin indemnización. No tenía familia y, claramente, no podía ayudarle. Se había criado en una iglesia desde pequeño, por lo que tenía tanta fe y confianza en Dios. Pensaba que si estaba así, era porque Dios lo había querido, quizá por haber hecho algo mal y fuera ese su castigo. Que a cada uno le atribuía una cosa para este mundo y a él le había tocado esto. Lo más increíble de todo era que no se resignaba en absoluto y tiraba hacia delante, pensando que había de experimentar la miseria y la pobreza porque después le espera algo mejor en el Reino. No cesaba de hablar y de alabar con palabras a Dios, diciendo: "mucha ciencia, mucha física, muchas matemáticas... pero hay álguien que lo ha creado todo, y ese no es nadie más que Dios, el único".
Momentos mas tarde, se acercó un mendigo y le dio al que estaba con nosotros medio cigarro. Al ver este gesto, le preguntamos si se ayudaban entre ellos y si era buena su relación. Parece ser que todos se conocían; que había algunos que estaban enganchados a la droga y sólo les prestaban dinero si realmente era necesario para comer.
Nos agradeció enormemente el tiempo que habíamos pasado con él, ya que por unos momentos había vuelto a sentir lo que era vivir al lado de personas que no estaban en su situación, que tuvieran prácticamente todo lo que quisieran, siendo capaces de acercarse a un pobre mendigo para darle un poco de vida.
Su nombre –José, bautizado así en la iglesia en la cual nació, pero apodado Manuel– y su saludo, quedarán marcados para siempre.
Con la extraña mirada de todos aquellos que pasaban por la calle, seguimos nuestro camino. ¿Y por qué iban a importarnos las opiniones de la gente si las obras y todo lo que nosotros estábamos haciendo salía del corazón?
Nos paramos por un momento a pensar y algo dentro de nosotros nos decía que nuestra labor no había terminado aún. Ya habíamos comprobado – de alguna manera – el amargo sabor de la mendicidad, pero quedaba más gente pobre necesitada de ayuda, aunque su lugar no se encontraba en una acera o dentro de unas cajas, sino limpiando lunas de coches, vendiendo pañuelos, revistas... Apoyados en un banco de madera, alguien, por detrás, se acercó y con una tenue y débil voz nos dijo: "Compradme esta revista, necesito para comer, solo cién pesetas...". Parecía extraño, pero aquello que estábamos buscando se presentaba delante de nosotros. En este caso, se trataba de una mujer de cincuenta años, quien caminaba de un lado a otro de un paso de cebra con la esperanza de que alguien se dignara a comprarle una revista. No era una mujer española y, a pesar de que le era muy costoso mantener una frase seguida sin trabarse, ponía ímpetu y daba todo de sí misma por poder hablar con nosotros. Su situación era bastante trágica, pues tenía nueve hijos, de los cuales cuatro se encontraban es España y cinco en su país natal, Rumanía. Su marido carecía de trabajo y el único salario que poseía era la parte proporcional que sacaba por la venta del periódico. Los hijos que viven junto a ella, aquí en España, son pequeños: ocho, seis y cuatro respectivamente, y otro de dos meses. Los de allí son mayores. Le preguntamos cuál era la causa de que hubiera tenido que emigrar a España. Culpó al gobierno de su país. Añadió que en cuestión de dos semanas cambiaban de presidente y que si tenían suerte esto les favorecía; de lo contrario no podían vivir allí. Resulta imposible trabajar en Rumanía porque el poco empleo que había se lo asignaban a personas, gentes y familias que ya poseían de algo. Las personas que no tenían nada precisamente las más necesitadas, no les prestaban ninguna ayuda e incluso les inducían a dejar su país. De repente, alzó su mirada al cielo, apoyó su mano en el corazón y dijo: "Sólo Dios me mantiene aquí. Sólo Él hace posible que mis hijos tengan todos los días algo que comer. Cien pesetas que gano o un periódico simplemente vendido me lo regala Dios todos los días. Todo, absolutamente todo, se lo debo a Él".
De nuevo, y sin nosotros haberle indicado nada, relució el tema de Dios. Su mirada, su expresión, su gesto... lo decían todo. Nada le mantenía más firme en el mundo que el amor que le entregaba Dios, según decía.
Toda la desolación que nos estaba produciendo el dolor que sentía, era superada por el inmenso amor que su boca profesaba con cada mención deslumbrante acerca de Dios.
Por esto, y por mucho más, no debemos juzgar nunca a toda esta gente que se encuentra así, pues sólo conociéndoles a ellos comprenderemos esa realidad que todos asimilamos como única en todos los que padecen esa misma condición.
Ciertamente, es impresionante la franqueza y la fe que tienen en Dios, siendo lo que son y teniendo lo poco que tienen. Aceptando un mundo caótico, derruido, sin sentido... pero con la seguridad y la certeza de que el más allá les espera y depara algo mejor, un mundo nuevo, una nueva vida.
Comprobamos así que mendigar no es morir, sino esperar a esa otra vida donde habita ese ser sobrenatural que se encuentra en el lugar más preciado y escondido de su corazón, mostrándoles las puertas de la muerte que más tarde se convertirán en puertas de nueva y eterna vida y salvación.
REDACCION DE DAMEDEBEBER|
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