
EL “MUSICAL SUEÑOS”, DESDE NUESTROS PUEBLOS, IMPACTA EN EL CORAZÓN DE MADRID La cita tuvo lugar en la famosa Plaza de Oriente con motivo de la “Misión Joven”. En medio de una vorágine de conciertos a cargo de músicos reconocidos y de alto prestigio, la nota discordante y más aplaudida fue la de “SUEÑOS”, unos chicos que consiguieron desafiar al frío, al sueño y al cansancio para conquistar al gran público que permaneció allí más de 6 horas Por Carlos González García.
''Realmente ha merecido la pena el frío, el cansancio y todo el tiempo que hemos estado esperando... ¡Enhorabuena!''. Fueron las palabras de un emocionado Miguel, un espectador que presenció el espectáculo, a la finalización del musical y que se repitieron en todos y cada uno de los allí presentes. Las vallas protectoras que arropaban el escenario y rodeaban las 4.500 sillas habilitadas para el publico cedían el paso a las cinco de la tarde, hora prevista en que iba a comenzar la sucesión de conciertos y espectáculos. Mientras los espectadores iban tomando asiento y las sillas se encontraban, cada vez, más y más ocupadas, los chicos del "Musical Sueños", con sus rostros tatuados con la esencia y color del universo egipcio, causaban, según pasaban los minutos, una inmensa intriga en el gran público. ¿Quienes serán todos esos chicos que van y vienen de un lado para otro, que sonríen con tanta alegría y que tienen tan buena onda los unos con los otros?, decía un sacerdote, con cara extrañada, a otro que allí se encontraba. "Pues no se quienes serán -le respondió el otro-, pero resulta tan bonito y da tanta alegría verlos así...". El sol tampoco quería perderse ni un minuto de esa tarde y, desde la mañana temprano, observaba cómo iban llegando los participantes a la Plaza de Oriente y cómo todos le miraban y sonreían. Pero la luna también quería ver el musical, así que, bien entrada la tarde, tomó asiento de forma sigilosa.
El díptico que la organización entregaba a los asistentes aquella imprevisible tarde mágica indicaba que nuestra actuación sería a las 18:30 horas. Pero, siguiendo la estela de lo que sucedió la tarde anterior -los chicos no pudieron apenas ensayar como los demás grupos, después de haber estado más de cuatro horas, ni voces, ni escenografía-, surgieron los problemas. Los 12x7 metros que nos prometieron inicialmente de escenario, se convirtieron, de repente, en 12x3 metros... No podía ser cierto. Todo el esfuerzo que había sido necesario para estar allí, las horas y horas de ensayo, los días de trabajo o de clase que los valientes artistas habían remitido a un segundo plano por demostrar aquella tarde su compromiso joven cristiano, las noches en vela que tanto Mercedes y Pilar, como algunas señoras y madres habían gastado porque sus niños vistieran con las mejores galas... ¡Gracias a que Dios todo lo ve y lo sabe, y Él valorará como nadie todo este esfuerzo! Aun así, no hay nada en este mundo que no tenga remedio o que sea imposible. Desde la organización se intentaban encontrar soluciones. "Si os pasamos a las 20:30 horas, ya habrán actuado los demás grupos y podremos retirar sus instrumentos musicales, quedando expedito el escenario para que vosotros podáis llevar a cabo vuestra obra". Estaba claro, y con el paso de los minutos se hacía cada vez más presente, que iba a organizarse tal movida que no iba a dejar indiferente a nadie... ¡Y es que lo bueno se hace esperar!
El Padre Javier -responsable de la organización de la Misión Joven-, presagiaba el día anterior el gran revuelo que se iba a formar a causa de la misión por la que los participantes estaban trabajando con tanto tesón: "se va a organizar una buena y es por eso que el demonio está tan enfadado y busca, como sea, crear problemas en cualquier parte". El frío y el cansancio no cesaban. Por el contrario, se tornaban cada vez mayores, tanto para el público como para los participantes. Había que matar el hambre porque llevaban muchas horas allí y los nervios se apoderaban, además, del estómago. Aparece Reynaldo con cincuenta bocadillos, que junto a los "quinientos" donuts y las decenas de litronas (de agua, claro) que la parroquia había comprado, eran suficientes para calmar el hambre de muchos y los nervios de otros. Las actuaciones se iban sucediendo, y los segundos eran cada vez más cortos. "Hebreos, pasad a maquillaros", gritaba Lucia a los chicos, mientras avisaba a las cortesanas de que después iban ellas. Alicia, desde su asiento en la primera fila, les animaba a todos con su dulce sonrisa. "¡No me lo puedo creer!, exclamaba Charly muy nervioso, ¡se me han olvidado las cadenas para el papel de esclavo!". "José" sería encarcelado y las cadenas eran una parte esencial de la escena. A Dios gracias que los milagros existen y resultó que después estaban en el material que guardaba atrezzo. 20:15, 20:30, 20:45... Una llamada nos alertaba de que se acercaba la hora. Nervios, tensión, risas, abrazos, rezos... Don Pedro, siempre atento a todos, se peleaba porque todo transcurriese de la mejor forma posible: "No voy a consentir que ninguno de mis chicos haga el ridículo después de todo el esfuerzo que han hecho, así que, por favor, mantengan todo en orden". Chela, al otro lado de la plaza, en la estructura de sonido, vigila a los técnicos para que todo se escuche a la perfección y no haya ni el más mínimo fallo que nuble la actuación.
Rocio y Lydia ensayan el movimiento de cintas que llevarán a cabo en la canción; José Miguel se coloca la barba de forma que Jacob sea más Jacob que nunca; Javi le dice que está perfecto y traduce el cartel que ponemos al fondo, de decorado, alegando que sabe descifrar jeroglíficos egipcios; Isma, Reymon y Rodrigo no aguantan más y buscan desesperados un baño que alivie su nerviosismo; Isra se tapa las piernas porque el frío está haciendo estragos en él, por lo que no para de dedicar bailes y movimientos extraños haciendo reír a los inquietos artistas; Samuel se coloca el tocado de Faraón, mientras Lorena, nuestra faraona, se coloca la diadema y las pulseras, ambos se miran al espejo para no perder la imagen que quieren ofrecer al público; Paty y Marta ensayan la parte final de su canción -es a capella y no es nada fácil-; Blanca mira el guión para no olvidar ni un detalle de lo que tiene que narrar, al tiempo que se retoca el vestido y se abrocha los tacones; Tania y Judith se colocan y retocan sus pelucas, las cuales están impecablemente peinadas y preparadas para la ocasión; los soldados, Iván y Reynaldo, matan sus nervios golpeando sus lanzas contra el suelo; las hebreas, Paula, Itziar, Andrea, Kassandra, Joana, Sara, María, Fátima, Noelia y Zulema, muy nerviosas, no dejan de moverse de un lado para otro mientras se colocan los trajes unas con las otras; Pilar y Nina dan órdenes y vigilan que todo esté perfecto, mientras Julio coloca el cuadro y las telas que decoran el escenario; Rubén, Adrián, Alex, Marco y Fran ensayan los pasos de su primer tema; Charly reza para que nada ni nadie turbe la actuación por el gran trabajo que sabe que todos han hecho; Ana, Virginia y Margaret dan los últimos retoques de maquillaje a los artistas… La hora se acerca... "¡Tres canciones y entráis!". Aparece Migueli, un conocido cantante cristiano, para cantar tres canciones. ¡Llegó la hora! De repente, y justamente cuando iba a entrar el primer acorde de la primera canción, el sonido deja de funcionar y decide que se ha cansado por hoy. De nuevo: nervios, tensión, risas, abrazos, rezos... Pero, gracias al Espíritu Santo porque, de otra forma, no se pudiera haber arreglado, los técnicos solucionaron el problema cuando ya estaban todos al borde un ataque de nervios. Por fin…"¡Vamos a rezar un Padrenuestro antes de salir!", les pide Ismael a los hermanos. Hacen un círculo, todos unidos en un mismo abrazo, "Padre nuestro que estas en los cielos..." y ¡Acción! ¡Comienza el Musical Sueños! Son las 21:15 horas.
"Hace siglos y siglos sucedió, casi cuando la Biblia empezó; que en la tierra de Canaán vivía un buen israelita llamado Jacob. Jacob y los Hijos de Jacob…" La voz fuerte y primorosa de la narradora irrumpe en escena. Virginia deja perplejo al gran público. Todos callan. Todos miran. Todos escuchan. Al instante, comienzan a percibirse pequeños susurros entre los espectadores. Balbucean excusándose: "Claro, como son profesionales… por eso cantan así", le dice una señora a su marido. Jacob, sus hijos y las hebreas van entrando en escena. Todos sus movimientos están comedidamente estudiados. El escenario se llena y todos llevan el ritmo al son del compás. "¡Pero si parecen hebreos de verdad! ¡Qué buenos!", expresa un voluntario a otro que se encontraba a los pies del escenario. Según pasan los minutos, la obra adquiere cada vez más importancia. No sólo cantan, sino que también bailan, interpretan y viven la historia como si del personaje que emulan se tratase. ¡Qué vestidos! ¡parecen sacados del mismo Egipto! Entre el público, más de una modista, e incluso no modista, vislumbra emocionada los trajes que tantos días y noches han atareado sus manos. El Cardenal Rouco, sentado en la primera fila, observa atónito el espectáculo que estos chicos están llevando a cabo. A su lado, José Luis Huéscar, nuestro siempre tan amable y encantador Vicario, contempla emocionado el transcurso de la historia de José, el soñador. Los hermanos traicionan a José, vendiéndolo al capitán de los guardias del Faraón. Este le acoge en su casa, pero una supuesta infidelidad de José con la mujer del jefe, hace que el protagonista entre en la cárcel. La interpretación de un José encarcelado desata las lágrimas de algunos espectadores que, gracias a una fabulosa combinación de luces, música y escenografía, dotaron a la escena de un realismo muy esperado de lo que cabría esperar. La voz suave y embaucadora de la narradora vocal, hizo que en ningún momento se perdiera el hilo de la historia. "Cuando escuchaba a la narradora, parecía como si estuviera viendo un documental y ella le estuviera poniendo voz… ¡me encantó!", decía Nacho, un catequista que estaba allí, al término del musical. José interpretaba los sueños y, cuando se enteró el Faraón, lo mandó llamar para descifrarle su sueño. El Faraón, encantad, nombró a José Gran Visir, poniéndolo al frente de Egipto. "José, tú eres mi ídolo, nos salvaste la vida; si tú no hubieras venido aquí, Egipto ya no existiría", cantaban y adornaban las cortesanas con sus bailes, sus voces y con movimientos que daban vida y sentido a cada escena. "Cuando arreciaba el hambre en Egipto, de todos los países venían a proveerse comprando grano a José porque el hambre cundía por toda la tierra. Vio Jacob que se repartía grano en Egipto y mando a sus hijos a por él…", declamaba la narradora vocal. Los hijos se arrepintieron de todo cuanto habían hecho y fueron a ver a José. Al principio no le reconocieron, pues ya estaba revestido de Visir. Tras reconocerle y ver José que estaban arrepentidos, les proporcionó alimento y mandó llamar a su padre. José y Jacob Se encontraron y se fundieron en un abrazo. Todos, en el escenario, cantaron "el Festejo" y celebraron, no sólo el significado de la historia, sino también el culmen de todo el trabajo que habían puesto para este día. Estuvieron geniales. Sencillamente fabulosos.
"Sois la sal de la tierra y la luz del mundo". De esta forma rezaba el lema de la Misión Joven y el "Musical Sueños" fue, sin duda alguna, la sal que dio vida y sabor a una plaza comprometida por y para anunciar a la Luz del mundo; aquella que ilumina nuestros corazones, colma de sentido nuestra existencia y nos anima a seguir luchando, con fe y esperanza, por demostrar a los demás que este mundo, sin amor, es una vida sin sentido. |
REDACCION DE DAMEDEBEBER|
|
|