SAULO, ¿POR QUÉ ME PERSIGUES?
Todos, alguna vez en nuestra vida, nos hemos parado a preguntar por el sentido de la misma, por el valor de nuestra existencia o por el mundo que nos rodea. De igual modo, somos asiduos a cometer errores, a errar ante determinadas circunstancias cotidianas y a caer para, después, volver a levantarnos.
Si, además, llevas una vida de cristiano, cumples –o intentas, al menos- con los sacramentos, muestras tu fe en tus quehaceres normales y supeditas todos tus acontecimientos a Dios, llegará un momento en que tendrás el “gozo”, como un tal Pablo de Tarso, de ser perseguido.
Así, comenzaron, hace unos años, un grupo de jóvenes de las parroquias de Navalagamella y Fresnedillas -con la colaboración de algunos de Valdemorillo-, una andadura que, ni el tiempo ni las adversidades, han conseguido paliar entre las sombras del desconcierto que asola esta sociedad en que nos movemos y donde está tan cotizado ser parte de la manada.
Volver la vista atrás, a estas alturas del partido, es una auténtica quimera; una ilusión hecha realidad o, más aún, un sueño que sólo Dios podría haber hecho posible. Los que formamos parte de esta historia sabemos bien el papel que hemos representado y, con ello, la carta que nos guardamos debajo de la manga: sin duda alguna, el As de Oros (y no me refiero, con ello, a la riqueza, sino al inmenso valor que nos arropa). Y es que, la mejor jugada del partido, siempre se reserva para los minutos finales porque, sin la misma, el partido carecería del sentido que gozan los grandes encuentros.
Encuentro… ¡qué palabra tan bonita para una ocasión como ésta! “¡Qué bueno es encontrarse y qué gran gozo el de sentirse amado y protegido!”, me decía en la última representación uno de los actores que participan del Musical…
Hoy, inconscientes pero convencidos de la hazaña que hemos llevado a cabo, solo podemos dar gracias y sentirnos felices. La historia de Saulo es apasionante. Siento que aún no somos conocedores del papel que nuestros personajes están, poco a poco y con la paciencia que nos regala Aquél a quien ofrecemos nuestro trabajo y entrega, labrando nuestra vida. Director, Coordinador, Gamaliel, Esteban, Sumo Sacerdote, Ananías, Apóstoles, narradores, vestuario, encargados de sonido, bailarinas, maquilladoras, coreógrafas, atrezzo, iluminación, San Pablo… todos, sin una sola excepción, han hecho -y hacen- que el mundo sea mejor porque ponen el alma en el escenario para que todo gane su verdadero sentido. Son unos héroes anónimos. De verdad que lo son. Y me la juego por ellos.
Me la juego porque apuesto por una tierra de valientes, de esos que se atreven a dar la cara aunque el mundo les vuelva la mirada. Aunque caigan, fallen y se enreden en las garras de esta sociedad, no me inquieta, porque sé que volverán a levantarse. Me importan porque, más allá de su papel o del personaje que dan vida, despojan –cada uno a su manera- sus ocupaciones para servir a los demás. Un servicio, además, no remunerado físicamente, puesto que el fin es totalmente altruista y solidario. Sin embargo, el precio a cobrar es mucho más satisfactorio que un atributo material. Todas estas acciones quedan patentes en la cuenta que, cada uno, tiene abierta en el Cielo. Ellos lo saben y Dios, por supuesto, también (que, para eso, es quien lo apunta).
Unos nos hemos tenido que caer del caballo; otros han tenido que saborear las tinieblas para aferrarse a la luz… Unos han apedreado, sin clemencia, al justo y han vitoreado al pecador; otros, por el contrario, han entregado su vida por Cristo si ha sido necesario… Miles de historias hechas realidad a través de una obra teatral que es mucho más que un simple teatro. Es nuestra propia vida descrita bajo otro nombre, otro disfraz y otro destino. Porque todos, los que ahora están, los que seguirán, como los que un día se fueron, sois parte de un presente que, sin duda alguna, sembrará una huella que iluminará un futuro esperanzador y valiente, escrito –ni más ni menos- que con vuestros propios nombres.
Porque los ángeles, las plañideras, bailarinas, coreógrafas y mil cosas más que no alcanzo a enumerar, no serían lo mismo sin Ana, Judith, Lidia, Lucía, Marta, Patricia, Rocío, Sara y Tania. Son verdaderamente increíbles. ¿Qué decir de Gamaliel y del Sumo Sacerdote? No hacen falta muchas palabras porque Isra y Rey –curioso el paralelismo entre su propio nombre y el de la eminencia a quien representa-, les caracterizan de manera sublime. ¿Y Esteban? No es otro que un Álex, simplemente, asombroso. Por cierto, recordando a Esteban, el primer mártir cristiano, me viene a la mente la idea de emocionarse encima del escenario… Tranquilo, Álex, es normal; de hecho, a mí me pasa a menudo… Haciendo un recorrido por todos y cada uno de los protagonistas, descubro que ¡hasta tenemos dobles! Y es que Ananías, aunque parezca uno, lo interpretan dos…. y dan la talla de forma excepcional. Además de primos, Ángel e Isma son unos actores de primera, y queda patente con su apacible puesta en escena. No puedo olvidarme, por supuesto, de los apóstoles: Adri, Pedro J. e Iván. Cada uno, dentro de su papel y de su personaje, desarrollan una interpretación sublime. Otro de los protagonistas es, sin duda alguna, el encargado de “cortarle el cuello” a Saulo. Otro de los actores dobles, junto a Isma, Ángel, Pedro J., Paty (que no sólo hace de ángel, sino que canta como tal), Ana y alguno más que mi memoria deja en el tintero. Es Borja, el grandullón que, como si de la misma Roma proviniese, semblante serio y suspicaz, da vida al soldado de la obra. Narrando y narrando, aparece y desaparece Blanca. La voz del Musical y la encargada de contar al público los detalles de la historia que interpretamos. Una artista que da color a la vida de San Pablo. Terminando, de blanco reluciente y con un parecido espectacular, se manifiesta Jesús. Digno, apacible y sosegado como el propio Maestro, interpreta Samu a Aquel que nos regaló la vida. Cómo no apuntar la servicialidad de Nina, la mujer “para todo” y de la que nunca escucharás un “no” por respuesta; o la callada pero eficiente Eva: toda una caja de sorpresas que no deja de asombrarnos en cada ensayo y en cada actuación; así como Mercedes y su ayudante Manuela en vestuario y Margarita en maquillaje.
Todos éstos, protagonistas de un milagro visible y real, no podrían caminar con paso firme sin una coordinación repleta de llamadas, mail y contactos de aquella que nunca deja un fleco suelto porque todo salga a la perfección. Ella, a pesar de su fama despistada, cuando se lo propone, es atenta como la que más… Pilarín es especial, pero porque no hay nadie que le haga sombra. Junto a ella, 2 pequeños-grandes ángeles: Sofía y Mapy.
Y, por supuesto, los protagonistas no podríamos avanzar, en todos los niveles, sin la dirección -no sólo espiritual, sino también artística- de nuestro “Míster”: D. Pedro. Dice el Evangelio que “quien ha encontrado un amigo, ha encontrado un tesoro”… y, todos nosotros, hemos sido obsequiados con un regalo de oro. Gracias por todo, Míster.
Los que se ven, como los que no se ven. Visibles o invisibles. Todos, Unidos en Comunión, somos una gran familia de Dios que, disfrazados de hermanos y amigos, compartimos todo cuanto tenemos. Y es un gozo inmenso… si no, que se lo digan al supuesto protagonista que, como otros muchos, no pierde ocasión en una sola representación para dar gracias a la vida por haber puesto en su camino a gente tan maravillosa como la que le rodea y que, con una sonrisa y una sensación de ternura, termina de escribir -por y para ellos- estas palabras… Pablo de Tarso

|