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San francisco y la fiera corrupia

no es la fiera, pero se parece ligeramente

U n día de octubre, llegó a mi ajetreada vida la fiera corrupia. Era una perrilla ya mayor, de color negro canoso, que levantaba palmo y medio del suelo, de raza desconocida, aunque a veces recordaba más a un hurón obeso que a un perro. Llevaba un cascabel colgado del cuello, como si quien se lo puso hubiese querido a toda costa que su presencia no fuera indiferente para nadie.
A las cuatro de la madrugada, en la puerta de mi casa, comenzó a llorar y a agitar el cascabelito. Yo intenté reconciliar el sueño, ya que no es poco frecuente que se produzca alguna pelea de perros o gatos en el rellano de mi escalera, aunque vivo en un primero. Pero llegaron las seis y seguía igual...- mi hijo al salir para clase me dijo, "tienes un perrito negro en la puerta"...y las siete, y las nueve... y seguían los gemidos.
Abrí la puerta, para ver lo que había detrás y ahí estaba. Lo primero que hizo fue gruñirme mostrándome los dientes agresivamente. Volví a cerrar la puerta. "Vaya por Dios - pensé-, el regalito matutino". Seguí haciendo mis cosas hasta que tuve que marcharme a recoger a mi madre y aquí comenzó la primera batalla. ¡No me dejaba salir de mi casa! ¡Tenía narices la cosa!. El escándalo, - yo diciendo que se fuese a la porra, y el bicho ladrando, aullando y gruñendo como si le fuera en ello la vida -, hizo salir a las vecinas, que ya de por si estaban hasta el gorro de la nochecita que les había dado el animal. A fuerza de salchichas - gruñía incluso a las salchichas y mostraba los dientes si intentabas acariciarla - consiguieron mi rescate, y pude así marcharme a comer con mi madre, aunque el bicho permaneció en su posición estratégica dominante - en lo alto de la escalera -, cosa que lamente a la vuelta.
Ya de regreso, al pie de la escalera, sentí una extraña sensación de cólera cuando vi que aún estaba en el rellano, que además me había descolocado los tiestos pequeños para fabricarse un refugio, y que algún alma cándida le había puesto un cuenco con comida a mitad de la escalera. "¡Esto ya es demasiado!"-pensé, y comencé a subir los peldaños lentamente mientras el bicho me mostraba los dientes y gruñía como un puma en lo alto de una roca. Su mensaje era claro "Quiero vivir aquí"- decía. "Aquí, vivo yo"- contesté.
Intenté controlarme. Pensé "Pero si tiene solo una patada, no te puedes poner agresiva con ella, pobrecilla, le habrán pegado. Tu tranquila... sube despacio... pasas de lado... despacito... abres la puerta y entras..." ¡Y un rábano! Quien entró fue el perro que se hizo fuerte dentro de la casa y no había manera de sacarlo fuera sin arriesgarte a un bocado o a hacerle daño de verdad. Hacía mucho tiempo que no sentía tanta rabia. Me estaba dominando y supe que en ese momento era capaz de... Llamé a la guardia civil, para decirles lo que pasaba y mandaron a una unidad. En el tiempo que tardó un vecino que me vio fuera de casa, consiguió no sin esfuerzo sacarla con un palo largo. Se metió en la casa de la vecina de abajo. Comenzó la misma película en otro domicilio. El vecino la volvió a sacar fuera. Llego la guardia civil, el alboroto de vecinos preguntando que mastín se había metido en mi casa y dónde me había mordido. Sentí que me empezaba a enfadar con medio mundo, el absurdo de la situación me estaba venciendo.
No había hecho aún mi oración del día, así que entré en casa y me preparé para hacerla. Abrí el Evangelio del día y fue cuando me derrumbé. "Festividad de San Francisco de Asís"... El hermano sol, la hermana luna, el hermano lobo,... el hermano perro. Pensé que habría hecho San Francisco, aparte de mondarse de risa con el atrevimiento del pequeño hermano. Me lo imaginé sentado en el rellano de la escalera, horas, tal vez incluso días, esperando a que el minúsculo hermano, confiara en él, tal vez, sin comer él mismo, intentando curar el resentimiento y la agresividad de aquella criatura que desconocía el amor y no entendía el lenguaje de las caricias. Y supe que sólo el amor, podría haber curado a aquel ser pequeño, que probablemente estaba resentido y resabiado por alguna paliza y que sólo intentaba defenderse para sobrevivir en un mundo que no había sido especialmente amable con él. Y aún mientras pensaba esto, volví a oír el cascabel en la puerta de mi casa, y no sentí ternura, sino nuevamente cólera y ganas de darle una patada al bicho, y me sentí más miserable, si cabe, y tan lejana de Francisco, que sólo podía medirse en años luz.
Me asomé a la ventana y el perro en la calle bajo un coche, gemía lastimeramente, mientras miraba a mi vecina Silvia con su perra Selva y el pequeño Bilbo, amados, deseados, cuidados como se cuida a un amigo querido. Y lloré. Y a través de mi llanto vi que había miles y millones de fieras corrupias, muchas de ellas humanas, ancianos, enfermos, emigrantes, marginados del mundo de toda índole, por su credo, su raza, su sexo, su clase social, que desconocían el lenguaje del amor, porque nadie jamás les quiso; que no eran agradables, porque cuando te tratan mal y a golpes, es muy difícil que a la siguiente persona le pongas una sonrisa. Que envidiaban el amor y la comodidad en la que viven los otros y se preguntan porqué les trató a ellos el mundo de forma tan diferente. Tal vez, tras muchas humillaciones y malos tratos, en un alarde de valor, muerdan incluso la mano de la única persona que se acerque a ellos con amor, y acaben en prisión o condenadas a muerte por ello, sin entender tan siquiera porqué esto también les pasaba a ellos, cuando lo único que querían era un lugar amable en el que reposar por la noche en el mundo.
la fiera (1) (1K) (Por cierto, mientras escribo, aún la escucho por la calle, aullando y moviendo el cascabel...)

SP



PDT.: Bueno, a la fiera, se la quedó al fin mi vecino, que debe tener más vocación de santo que yo. Y no es una perra, es perro, (esto me pasa siempre por mirar a los bichos a la cara..., tuve una gata que se llamó 8 meses Cleopatra, hasta que una amiga me advirtió de que no había acertado en la elección del nombre, y que debía llamarla Marco Antonio).
El perro ahora se llama Toby, y por fin, alguien le cuida y le quiere y es féliz.


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