
En casa hemos andado muy revolucionados con eso de la adolescencia. De hecho, seguimos en ello, aunque debo reconocer que tengo un hijo magnífico, y vamos saliendo a flote. Para una madre, la adolescencia de sus hijos es como un terremoto que se instala en el único lugar del mundo donde puedes reposar. Como he podido comprobar que para vosotros es igual o más difícil, me gustaría compartir mi experiencia y que vosotros también aportaseis vuestra vivencia y vuestra opinión en la revista.
Para que todos nos entendamos, definiremos la adolescencia como vuestra época de cambio de niños tomados de la mano de vuestros padres en los que confiabais ciegamente e incluso muchos admirabais como el padre o madre mejor del mundo, a adultos ya con ideas propias -a veces contrarias a las de vuestros padres-, con una vida propia definida por vosotros mismos- que será valiosa o no según los valores que hayáis sido capaces de asimilar-, independientes -aunque sigáis viviendo en la casa familiar- y, además, responsables, comprometidos y maduros. A un adulto que no tiene alguno de estos ingredientes, se le dice que le falta un hervor. Y hay adultos de setenta años, que están a medio cocer. Aunque todos los adultos hemos pasado por la adolescencia, siempre escucharéis de nosotros algo así como: "pero yo no hacía esas cosas". Los que no hacíamos esas cosas, hacíamos probablemente cosas peores. Porque para llegar a ser adulto responsable hay que ser capaz de reconocer que uno puede equivocarse muchas veces -aún en las cosas en las que más seguros estamos-, pedir perdón y asumir el daño que hayamos hecho otras tantas, y volver a empezar de cero con la misma fe que la primera vez, las mismas. Como veis es un todo un reto y no todo el mundo lo consigue. Hay gente que se aferra a su miedo a la responsabilidad y al compromiso y piensan que ser adulto es tener licencia para tirar el dinero en juergas, drogas, alcohol ó cualquier otro vicio o capricho que sea solo para ellos y para los que necesitan a su alrededor para alimentar su ego y no sentirse solos: no quieren crecer. Otros se aferran a sus errores por terror a reconocer ante sí mismos y ante los demás que se han equivocado y para no verse como son, se ocultan a sí mismos de tal forma, que se terminan creyendo superiores y perfectos mientras sólo producen dolor a su alrededor... Podría seguir llenando la hoja, pero sólo tenéis que mirar a vuestro alrededor con sensatez y mucha caridad y veréis en lo que no queréis convertiros.
El papel de vuestros padres en todo este proceso es muy importante. Veréis:
Vuestros padres son el medio por el que Dios os ha dado el don de la vida, por cierto, poco valorado con vuestra edad porque, aparte de que se es tan inconsciente a determinada edad como para afirmar que nunca se deseó, se tiene la sensación de que no puede pasar nada, de que uno es algo así como invulnerable, y muchos jugáis con él más de la cuenta. Cuando erais pequeños, estabais indefensos. Vuestros padres podrían haber dejado que murierais de hambre o teneros de caca hasta las orejas, y después no preocuparse porque tuvierais una formación y una titulación adecuada para acceder a la vida laboral, y pasar de vosotros si estabais tristes, o enfermos, o si os escornabais con la bici, o si estabais 30 horas seguidas viendo la tele o jugando con la play y se os apolillaba la neurona. Pero no es así. Hemos luchado por vosotros, porque fuerais mejores, más fuertes, más listos, mas preparados y os amamos más que a nuestra vida. A lo mejor no somos Einstein ni Beckham, ni esos padres ideales de las pelis americanas que levitan para subir por la escalera de lo guapos, ricos, santos y sabios que son -que, por otra parte, no existen y que para más inri suelen tener hijos menos cabezones que vosotros -.
Probablemente, seamos lo primero que debéis asumir como imperfecto en este mundo, pero nuestras carencias se compensan con un amor tan grande que duele.
Pero volvamos a vosotros: 15,16,17,18,19...años. ¿Qué se piensa a esa edad?. Creo que de nuestra generación muchos hemos pensado lo mismo o parecido a vosotros. Corregidme si me equivoco: Sexo, amigos, mi tiempo libre es mío y hago con él lo que me dé la gana, independizarme y hacer mi vida como yo quiero, sin normas, sin mis padres (porque ya no puedo hablar mis cosas con ellos). Me habré comido algo, o habré alterado el orden, pero ¿me equivoco mucho? ¿Creéis que no podéis hablar de estas cosas con los padres?. Analicémoslo.
SEXO: Pero bueno, ¿cuantos todavía pensáis que os ha traído la cigüeña? Porque pensar que vuestros padres no saben de sexo es equivalente a pensar algo así. Está claro que hay padres que saben más de matemáticas, pero ¿de verdad pensáis que el tío ese de 18 años, que a la única persona que quiere es a sí mismo y probablemente ni eso, os puede aconsejar mejor que quien ha amado a otra persona hasta el punto de tener con ella un hijo?. Es posible que no opinéis como vuestros padres, pero siempre su experiencia os enriquecerá para bien. También es probable que cuando vuestros padres hayan empezado a hablaros del tema, sea tarde para formaros. Perdonadnos. Los adultos a veces sacrificamos el conocimiento creyendo defender así por más tiempo vuestra inocencia. Porque cuando se es mayor, la pureza y la inocencia toman su auténtica dimensión y se vuelven sagradas y quisiéramos que vosotros las poseyeseis para siempre. Recordad que nunca es tarde para comenzar a hablar. Vais a sorprenderos si sois sinceros con ellos.
AMIGOS: Creo que no me equivoco si afirmo que de los amigos se puede hablar siempre que no hagan cosas que no se deben hacer, porque es entonces cuando tenemos miedo de que nuestros padres nos prohíban salir con ellos. Aún corriendo ese riesgo, es mejor que digáis siempre a vuestros padres cómo son vuestros amigos y lo que hacen. A veces ya no es vuestra vida la que depende de esto, sino la de vuestros amigos. Además si vuestros padres ven que sabéis lo que hacen bien y lo que hacen mal vuestros amigos, y que habláis de ello claramente, confiaran en vosotros porque verán que vais madurando.
MI TIEMPO LIBRE ES MIO: Estupendo. Fin de semana. Todos juntos. Al mismo sitio, con las mismas litronas, la misma borrachera, los mismos porros o, si se puede algo más, la misma peregrinación para conseguir alcohol, para encontrar al camello de turno, las mismas peregrinaciones a los lavabos, el mismo deseo agónico de algo indefinido que de madrugada se suele concretar en sexo, y al final, la misma ansiedad, el mismo vacío, la misma soledad... Es cierto. Este es tal vez el peor de los casos. Pero no os creáis que esto es raro. Esto es lo que pasa todos y cada uno de los fines de semana a gran parte de la gente joven de Madrid. ¿Qué no hay nada más? ¡Una porra! ¿Qué de esto es mejor no hablar con los padres? Sí, desde luego, no hables de ello con tus padres si no quieres salir de ahí, si no quieres madurar, si no quieres amar, si no quieres compartir.
Te contaré una historia que hace muchos años me hizo decidir mi camino:
"En el Talmud está escrito: 'Antes de que Dios creara el mundo, puso delante de los seres un espejo; en él vieron los dolores espirituales de la existencia y después los placeres. Entonces unos tomaron para sí las penalidades. Otros sin embargo se negaron a ello, por lo que Dios les borró del libro de la Vida'. Tu sigues un camino y lo has tomado además por tu libre voluntad, aunque quizás, ya lo has olvidado"
(Gustav Meyrink - "El Golem").
Cuando leí esto, supe que nunca habría decidido vivir lejos del amor aunque eso significase dolor y renuncia. Hablad con vuestros padres. Ellos os ayudaran, estoy segura. Hacedlo antes de que la confianza y el respeto salten por los aires hechos añicos. El amor puede con todo.
Y si hacéis algo diferente cada fin de semana y no habéis caído en la rutina del rebaño, si tenéis ideas y las realizáis con un buen grupo de amigos, si utilizáis vuestro tiempo libre para crecer y para hacer más feliz la vida en el mundo, entonces enhorabuena, chavales. Seguro que se lo contáis a vuestros padres. ¿Qué no lo entienden? Seguid contándoles vuestras cosas. Les ayudareis a sanar su alma.
INDEPENDIZARME. Aquí habría que hacernos una revisión a todos, a los grandes y a los pequeños. A nosotros, los padres, porque muchas veces por protegeros más de la cuenta, no os dejamos crecer y os dejaríamos pequeñitos toda la vida de no ser porque la naturaleza, tozudamente, siempre sigue su curso. Un día, nuestra niña/niño, que ya nos saca la cabeza, nos dice que se quiere ir de casa y ¡ay! ¡Dios mío! ¡Si es tan pequeña/pequeño!. Para una madre o un padre, un hijo siempre será pequeño, porque de hecho, salvo que los padres sean una calamidad, siempre será más maduro el padre en todos los aspectos, por lo que siempre dudas de si sería mejor que el vástago en cuestión estuviera en casa unos añitos más, madurando. Puede parecer un trabalenguas, pero creo que todos me entendéis. Y los jóvenes... queridos jóvenes. ¡Qué hermoso parece volar! . Y LO ES. Pero... (siempre hay un pero), lo es cuando realmente uno sabe qué quiere hacer, cuando uno está dispuesto a luchar, a sacrificarse, a hacer algo positivo cueste lo que cueste. No os equivoquéis, queridos. Irse de casa no es estar en la cama hasta las dos sin hacer nada, estar de juerga todos los días, ir a dónde uno quiere sin control de nada ni de nadie... Ja. Es justo en ese momento cuando se acaba la libertad, amados, porque a partir de ese momento, las normas las ponéis vosotros, pero todo lo demás lo tenéis que conseguir TAMBIEN vosotros y la vida ES MUY DURA. Y todo ese tiempo que antes os sobraba porque el dinero lo ponía papá y la comida, la casa y la ropa limpia, mamá, ahora os falta, más que os sobra. Y no digo nada si vais a trabajar y a estudiar. Tenéis que ser firmes como rocas y luchar a brazo partido. Pero si valéis, si tenéis espíritu de guerreros, si estáis dispuestos a luchar con el mundo y vencer, entonces... aferraos a vuestra FE y volad. Nosotros, siempre os estaremos esperando.
SP

REDACCION DE DAMEDEBEBER|
|
|