... SI NO TENGO AMOR... (meditación para Navidad y las
calles de Madrid)
El tema de la Caridad siempre es un tema controvertido, porque el
verbo amar tiene entre nosotros un significado tan ambiguo, que
inevitablemente suele ser mal llevado y peor entendido. La Caridad
no es otra cosa que Amor, con mayúsculas, y por tanto,
procede de Dios y nosotros somos sólo el medio a
través del cual Dios se sirve para manifestar su Amor.
Todo lo demás, todo lo que no tiene este punto de partida
y se hace por Él es aparente. La caridad aparente puede
ser el mayor y más horrible pecado del hombre y puede
estar corrompiendo de tal manera su corazón, que crea
estar haciendo caridad y ser casi un santo en vida, cuando lo
único que esta haciendo es un alarde de soberbia,
humillando y disponiendo a su capricho de los que dice ayudar -
que a su vez no pueden negarse porque dependen de él para
subsistir - y por otra parte, aparentando ser mejor que los
demás, cuando su miseria es la mayor de todas.
¡Cuántas personas que sólo se buscan a
sí mismas y viven para la apariencia y el prestigio
social, recurren a la supuesta caridad, corrompiendo y malogrando
cuanto tocan y escandalizando a los que ven la realidad de sus
actos!.
Acompañando a estos benefactores de bombo y platillo, se
encuentran todas aquellas personas que, pudiendo salir de la
situación de pobreza mediante el esfuerzo personal, se
acostumbraron a pedir y la costumbre se hizo enfermedad del alma
y aunque pudieran vivir bien sin necesidad de pedir, lo siguen
haciendo, malgastando los pocos recursos que hay para los
más pobres y sobre todo, agotando la buena
disposición de los que desean ayudar de corazón.
Así, con el triste espectáculo que dan los unos y
los otros, no es de extrañar que algunas personas, a veces
escarmentadas en su propio ser, digan aquello de: "Por la
caridad, entró la peste", y permanezcan impasibles ante
las nuevas situaciones que van trayendo los cambios sociales.
Pero, ¿realmente justifica nuestra impasibilidad el que
alguna vez nos hayamos sentido engañados por unos u
otros?
NO. No ante Dios. No ante un Dios que nos perdona todos los
días todas nuestras envidias, egoísmos, chismorreos
y faltas de toda índole, que hace salir el sol para los
buenos y para los que no lo son. No ante un Dios que es la
esencia del Amor, que es Amor sin medida, que se pasó en
el Amor y murió clavado en una cruz para justificar a los
mismos que merecían estar en ella.
El trabajo de los voluntarios de Cáritas se encuentra
constantemente con un montón de trabas que no
deberían de existir, porque ellos ofrecen voluntariamente
su tiempo para comprobar que no haya hermanos nuestros en
situaciones precarias sin que nos demos cuenta de ello y esto,
para un auténtico cristiano, es vital. ¿Cómo
justificar ante Dios que hemos permitido que alguien pasara
necesidad a nuestro lado, mientras nosotros literalmente tiramos
la comida, sin que se nos caiga la cara de vergüenza y de
pavor?. ¿No será más justificable, haber
errado en exceso que en defecto? Es como la famosa lectura de la
Sagrada Escritura que nos habla del padre Abraham cuando se pone
a rogar por la salvación de Sodoma y Gomorra. ¿Y si
hubiera 50, 40, 30, 20, 10, 5 justos...? Y si hubiera UN SOLO
POBRE ¿merecería la pena nuestro trabajo? El
trabajo de Cáritas, exige seres humanos capaces de
compadecer - que significa "padecer con" - es decir, sufrir tu
sufrimiento, dolerme tu dolor o tu hambre o tu enfermedad, en la
misma manera en que debo ser capaz de gozar con tu
alegría. En la medida en que hago mío tu
sufrimiento, hago mío también el deseo de que dejes
de sufrir y yo contigo.
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Ese amor sin medida, viene de Dios, y el
impulso que me empuja a hacer algo por ti, es una moción
del Espíritu de Dios. Si yo soy dócil a la
acción de Dios, que se dispuso a morir por nosotros sin
pensar si nos lo merecíamos ó no, actuaré en
consecuencia.
La Cáritas nace de la comprensión del Amor de Dios,
de la comprensión del corazón de Cristo, capaz de
amar hasta la muerte sin juzgar a quien recibe el amor,
esperando, con infinita delicadeza y paciencia, que los
años nos hagan cada vez más parecidos a nuestro
Padre de Cielo.
M. E. López Sanz
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