
A
lberto era un niño rubio, de esos niños guapos que le
gustan a todo el mundo, con el pelo como a mechas y unos ojos grandes,
inmensos, de color miel. Paseaba por el campo una contundente tarde de verano,
de la mano de su tía, una hermana mayor de su padre, soltera, contrahecha y
achacosa, de esas que en tiempos se decía que se habían quedado para
“vestir santos”.
Bajo el sol ardiente de agosto, se escuchaba atronador el chirrido
de las cigarras, monótono y eterno.
Alberto preguntó:
“Hace muchos años, Dios creó el mundo, y creó un mundo feliz, donde todos los animalitos cantaban y bailaban y solo trabajaban cuando les hacía falta conseguir comida o taparse porque hacía frío. Todos los insectos revoloteaban de flor en flor y las cigarras cantaban con los pájaros, y esa era la música que había porque todavía no había nacido Beethoven, ni se había inventado la radio, ni los 40 principales. Todos los bichillos estaban ocupados, danzando y cantando. Todos menos uno, la insidiosa hormiga, que no era amiga de ningún otro animalillo, y se sentía molesta de verlos a todos tan felices. Y pensaba la hormiga: Sí, vosotros cantad y bailad, seguid divirtiéndoos, que a mí me tiene que servir de algo el que estéis todos tan ocupados.
Había hecho Dios comida suficiente para todos los animalitos que había creado, de manera que nunca se tuvieran que preocupar y pudieran darle gracias y alabarle todos los días, sin tener que pensar en nada más. Pero la hormiga tenía otros propósitos porque no soportaba la felicidad ajena y soñaba con el día en que sólo ella podría ser feliz en la tierra. Así que mientras los demás no se preocupaban por ella, comenzó a guardar comida en el fondo de la tierra, metiéndola por unos agujeritos muy pequeños en unos laberintos que sólo ella conocía y de los que sólo ella podía entrar y salir. Así fue guardando y guardando semillas, trocitos de frutas y todas las cosas comestibles que había para los bichillos y cuando terminó el verano y comenzó a llover y a hacer frío, los animalitos comenzaron a buscar comida y no la encontraron y empezaron a morir y a comerse unos a otros. La cigarra, que se había dado cuenta de lo que había hecho la hormiga, fue a pedirle comida para evitar que los bichillos siguieran comiéndose los unos a los otros y todo acabase mal. Pero la cruel hormiga, lejos de satisfacer la petición de la cigarra, le dijo que ya habían sido felices demasiado tiempo, y que ahora tenían que pagar el precio por haberlo sido y que por ella se podían morir todos, la cigarra incluida. La cigarra siguió insistiendo en la entrada del hormiguero y allí la encontró el invierno y después la muerte.
Ningún otro animalillo ayudó a la cigarra, porque estaban muy ocupados cazando para sobrevivir ellos y no pensaron nunca en los demás. Así que cuando la cigarra llegó al cielo, y le pidió a Dios que solucionase lo que había hecho la hormiga, Dios le dijo: Eres buena, cigarra, y tu corazón es generoso, por eso, desde ahora, todas las cigarras irán al cielo y serán allí felices para siempre conmigo. Pero el resto de los animalitos tienen que aprender, que aunque haya algo más fuerte que ellos que les esté atacando, no pueden pensar sólo en su barriga. Tienen que aprender a quererse, a apoyarse los unos a los otros y a no ser egoístas, porque pensando sólo en su supervivencia y en su bienestar, no son tan diferentes de la hormiga como ellos mismos piensan.
Pero Señor – sollozó la cigarra – entonces todas las de mi especie están condenadas a morir de la misma forma que yo, sin ayuda de nadie en la boca de los hormigueros y, además, estarán alegrando la vida a la hormiga con su hermosa voz...
Cierto, dijo el Señor. Eso sí que hay que arreglarlo. A partir de hoy todas las cigarras cuando canten, harán un chirrido insoportable que causará dolor de cabeza a las hormigas, por haber sido ellas las que empezaron el tumulto. Y no te preocupes porque mueran como tú, porque cuando lleguen aquí, estarán para siempre a mi lado en lo más bonito del cielo. Y colorín colorado...”
SP
REDACCION DE DAMEDEBEBER|
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