
¿Qué le pasa a mi familia? ¿Por qué no tengo verdaderos amigos?
Muchos padres se preguntan qué hacer para educar adecuadamente a sus hijos. Muchos hijos se preguntan qué hacer para tolerar a sus padres. Nuestros amigos son unos perfectos desconocidos. Nos queremos y necesitamos, aunque simplemente nos soportamos.
La primera escuela de relaciones humanas es la propia vida, el entorno cercano de la familia y la amistad.
1.
A menudo olvidamos dolosamente que no
tratamos con "cosas", sino con "personas",
por tanto, seres espirituales. Podemos intentar mantener siempre un objeto
material en su sitio. Habitualmente tendemos a ello. El ser humano es muy
inseguro,
porque sabe en el fondo de su corazón que está de paso, que es peregrino.
Por eso, procuramos dominar siempre el devenir de nuestra historia personal y
mantener nuestro entorno lo más estable posible. Esto se puede hacer con los
muebles de casa o la oficina, el coche, incluso con los papeles del escritorio
en perfecto desorden organizado. Lo malo es cuando pretendemos hacer lo mismo
con aquellos seres que previamente hemos permitido que entraran en nuestro
círculo personal (familia y amigos). El pájaro estará siempre en su jaula,
nuestros seres queridos no. No podemos encerrar en una celda a los que
habitualmente nos rodean. Son como son, no como nosotros queremos que
sean.
Por tanto, el primer principio es el
respeto mutuo. Podemos caminar juntos, pero nunca
querer aprisionar al otro. En la relación
humana es preciso que, si uno camina demasiado aprisa, aceleremos el paso. A su
vez, el otro, deberá decelerarlo, esperar. Si queremos hacer una fotografía de
los demás, para guardarlos en la cartera, siempre nos saldrá velada y, si
conseguimos archivarla, al momento será vieja.
Tenemos el deber de ayudar al otro para que, cuando se ha desviado gravemente,
corrija su ruta pero siempre respetando su libertad y procurando entrar con
delicadeza por la puerta de atrás, no a saco.
Por ejemplo, muchos padres se enfrentan con el fracaso escolar desde su
propia frustración. Su actitud no es constructiva. La vía adecuada no es
nunca echar la bronca o el castigo despótico, sino la búsqueda de soluciones
constructivas. Para ello es preciso el diálogo porque, muchas veces, el propio
chaval desconoce la raíz del problema. Ponerle la etiqueta
de "vago" es la vía más cómoda. La sociedad actual puede
llevarnos a exigir a nuestros jóvenes lo que nosotros no somos capaces de
hacer, rechazando la comprensión de las debilidades del otro, porque no
comprendemos y escondemos las nuestras.
2.
Ese fluir continuo del ser humano "espíritu-corporal"
implica también el empleo de todo el tiempo posible. Muchos son los espacios
que dedicamos al día a la incomunicación, y pocos a relacionarnos. Parece
que en la medida en que nos rodeamos de más personas, debilitamos nuestra
relación con ellas. Por eso, cada vez hay más soledad.
Por ejemplo, los adolescentes necesitan ser escuchados,
¡pero a su tiempo y a su modo!. En innumerables
ocasiones salta en medio de la familia la expresión, "calla, que no me
dejas oír la Tele". Muchos padres pretender establecer el diálogo o la
actividad compartida en la hora y lugar exactos que ellos determinan, cuando
han finalizado sus muchas tareas, incluido el fútbol... El joven nunca se
dejará enredar en esta madeja. Cuando nos queramos dar cuenta, nuestros hijos
serán unos perfectos desconocidos. No es extraño, porque también lo
serán el resto de los que nos rodeen.
3.
Es necesario practicar con frecuencia el verbo latino
ob–audire
(obedecer, estar a la escucha). A menudo el ser espiritual utiliza el
lenguaje del silencio, el susurro o el velado gesto. Para captar esa
realidad profunda hace falta estar muy atento, eliminando los ruidos externos y
los internos (las letras del frigorífico, ensueños utópicos, la nostalgia del
pudo ser y no fue, los mañana tengo invitados a comer y no sé que voy a poner).
Debemos adelantarnos a las necesidades de los demás, eso sí, respetando su
intimidad. Que siempre sepan que estamos abiertos y a la escucha. Una buena
escuela es la "voluntad de beneplácito": estar dispuestos a
cambiar nuestros planes inmediatos ante la llamada explícita, "o
implícita" de las personas que están cerca, o eventualmente se nos
acercan.
4.
Espíritu de servicio. Servir a
los demás, en lugar de "servirnos" de ellos. Darnos sin
esperar nada a cambio. La gente -incluidos nuestros seres queridos-, anhela
atención, cariño y respeto, no palabras vacías o roles sociales. La mayor parte
de las veces, no solo tendemos a dominar a los demás, sino que les manipulamos
buscando nuestros propios intereses. Disfrazamos de amor el egoísmo con
un arte maquiavélico que aprendemos desde niños.
A los seres humanos nos curte el sacrificio, que es la más plena manifestación del amor . Se ama verdaderamente, no tanto en los momentos de gozo, cuanto en los que duele amar, cuando hacemos por el ser querido lo que nos supone sacrificio.
5.
Acercarnos al "personalismo".
Penetrar en el misterio del otro. Tras la mirada se esconde un universo
infinito. Tratamos a los demás como "cuerpos". Toda una vida
es insuficiente para explorar el misterio del ser querido. Hace falta tiempo,
mucho tiempo...ilusión renovada. Sorprendernos cada día. Nunca
acostumbrarnos. Luchar contra la rutina en las relaciones personales. Para
ello, muchas veces hará falta el ingenio y cierta juventud de
espíritu. En el diálogo con los hijos esto es fundamental.
Multitud de parejas, mantienen la relación de forma estática. Se han llegado a aburrir mutuamente hasta extremos insospechados. Si permanecen juntos se debe a razones tan peregrinas como el "quién me planchará las camisas" o el "dónde voy yo a esta edad". Tal vez les une solo el miedo a lo desconocido.
Esta situación comporta serios problemas a los hijos, al igual que sucede con la violencia en el hogar, sea física o psíquica. Ellos son como "esponjas" que absorben todo, incluida la desilusión por un proyecto en común. Evitarán en el futuro por todos los medios iniciarlo.
Las palabras se las lleva el viento. Los seres humanos aprendemos del " testimonio", el buen ejemplo (como también lo hacemos del malo). Los hijos esperan mucho de nosotros, aunque no lo digan. Nuestra ausencia de valores, fortaleza y compromiso es el caldo perfecto de cultivo para futuros problemas. En primer lugar, porque seguirán nuestros pasos. En segundo, porque no tendremos autoridad moral para ayudarles a evitarlo.
6.
Si somos respetuosos, debemos pedir a
los demás que nos respeten. Muchos problemas familiares surgen por una
dejación de nuestros derechos (que, en el fondo, son obligaciones). Los
padres son "padres", no amiguetes de
sus hijos. Jamás deben renunciar a su autoridad fundamentada en el amor, que
les viene dada por delegación de lo Alto. La confianza no está reñida con el
respeto. Precisamente, defraudamos a nuestros hijos cuando no actuamos como
padres. De la crisis actual del principio de autoridad en el seno de la
familia, han surgido situaciones graves de falta de respeto y desprecio hacia
los superiores "morales": ancianos, profesores, autoridades civiles,
e incluso a Dios.
Decimos autoridad fundamentada en el amor, la sabiduría, la experiencia, el servicio y respeto. El déspota o tirano, no puede reclamarla.
7.
¡Cuidado con
determinadas actitudes en las relaciones de familia y amistad!:
8.
Debemos evitar vender el producto a
nuestros clientes más cercanos. Nunca echar en cara a los demás lo que
hacemos por ellos; ni siquiera insinuarlo. Esta actitud crea rechazo automático
en todas las personas, pero con mucha más intensidad en los jóvenes. No digamos
cuando nuestra postura es empalagosa; demasiado cercana. Si les ayudamos,
hagámoslo sin que se den cuenta.
9.
El ser humano se curte en las
dificultades. La valía de las personas se comprueba en los momentos en que
han de afrontar circunstancias complejas imprevistas. Procurar que los hijos
aprendan a valorar las cosas y proyectos, luchar por ellos. Si les damos
"todo", y "todo hecho", les inhabilitamos para el
sacrificio, la renuncia, el compromiso, e incluso la ilusión. Muchos padres
utilizan los bienes materiales como sustitutos de la falta de atención,
dedicación y tiempo hacia sus hijos. Siempre podemos encontrar pretextos
adecuados: "como yo no lo tuve, que lo tengan ellos". Pero el
problema, recordemos, no está en
tener, sino en ser. A veces nos
olvidamos.
10.
Lo hemos dejado para el final, pero no
es lo menos importante; al contrario. Los nueve puntos anteriores, se
fundamentan en este. últimamente andamos demasiado preocupados por tener
"cuerpos danone". Pero, ¿y el espíritu?. Está bien alimentar y educar a nuestros hijos en lo
somático. Pero realmente, ¿hay algún padre que crea que su hijo sea meramente
un saco de huesos, tendones y neuronas?. ¿Dónde está,
pues, la preocupación de muchos padres por la formación espiritual?. Cuando vivimos preocupados meramente en lo material,
terminamos "cosificando" todo, también a los que se
acercan a nosotros. Les tratamos como "cosas". Esto mismo sucede en las
relaciones de amistad. Pero éste, es un tema que desarrollaremos en profundidad
en otra ocasión. Por el momento, basta con plantearlo, y que cada uno haga su
propio examen de conciencia. Además, no olvidemos que Dios es "el Padre" y,
Jesucristo, el Hermano. Si queremos aprender en esta escuela, debemos contar
con su consejo.
PEDRO RODRIGUEZ FERNANDEZ
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"para que crezcan en sabiduría, en edad y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc. 2, 52) |
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