
He estado leyendo un libro sobre buenos consejos para llegar a tener una vejez
activa y sana. En él, se hace un estudio pormenorizado de todos los aspectos que
contribuyen a lograrlo. Y para ello se enumeran aquellas facetas de la persona
que se deben tratar y cómo hacerlo, recalcando la importancia de cuidar el
aspecto físico, la alimentación, el ejercicio al aire libre, la higiene, la
ocupación del ocio y tiempo libre, la familia, la sexualidad, los amigos... y me
ha sorprendido enormemente que no se cite para nada la salud y el bienestar espiritual.
Se obvia. No se nombra. Como si no existiese.
Al llegar a la "etapa final", recomiendan al lector que se sienta como único protagonista y que se rodee de sus seres queridos. Yo me pregunto: ¿Es que no queremos verlo o no nos interesa? o ¿realmente no creemos importante ese aspecto en el bienestar integral de los mayores? Seguro que el que ha escrito este libro no ha preguntado a las personas que se encuentran en la última etapa de su vida. ¿Cómo se puede cuidar el aspecto humano con tanta minuciosidad y hablar de atención integral del anciano y calidad de vida si se olvida de aquello que es más importante para la persona como es su bienestar espiritual? No tiene sentido.
Conozco a una señora. Juana. 96 años, toda la vida republicana. Atea de nacimiento. Su estancia en la residencia se caracterizaba por su carácter amable y educado y por su solidez de criterios. Confesó sus creencias con sencillez pero con firmeza y siempre se la respetó por eso. El otro día me enteré que no asistía a las sesiones de fisio que tenía programadas y al preguntar la razón me dijeron: "es que la Misa es a la misma hora que la sesión de fisioterapia y Juana va a Misa". ¿Qué ha pasado? Juana no está demenciada, todo lo contrario: tiene la cabeza "muy bien amueblada", pero se dio cuenta de que le faltaba algo, que tenía un vacío muy profundo en su interior y tenía que buscar aquello que lo pudiera llenar. No podemos olvidar esa búsqueda, que iniciamos en el momento de nuestro nacimiento y que terminará el día de nuestra muerte. La llamada que sentimos en nuestro interior y que nos acompañará a lo largo de nuestra vida, aunque la queramos disfrazar de diferentes maneras más o menos conscientemente.
Cuando se llega a una edad en la que la pérdida de tus dones y facultades físicas es un hecho y cuando se ve el final más de cerca; cuando vas dejando atrás todo aquello que creías importante y llenaba tu vida de una manera más o menos superflua y materialista y te enfrentas solo, a tu propia realidad con toda su crudeza y desnudez, entonces empiezas a valorar aquello que puede llenarte y acompañarte en el último viaje y, como un niño en momentos de angustia, diriges tu mirada al Padre, que con infinito Amor y paciencia te está esperando para darte la mano y ayudarte a traspasar la barrera.
PI
REDACCION DE DAMEDEBEBER|
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