Número 40, Mayo 2003

Cuando salió a la luz el Ulises de Joyce muchos se subieron al carro de este puntal del nuevo decir. Muchos, pero no todos, porque George Bernard Shaw se negó a incorporarse a la lista de los aduladores, según él: "en Irlanda enseñan a los gatos a ser limpios frotándoles la nariz en sus inmundicias. Mr. Joyce ha tratado de aplicar el mismo tratamiento a los humanos". Y es que para algunos maestros, la literatura tiene que ser el crisol de lo bien dicho, de la ejemplaridad en los argumentos. Aquí se plantea un tema un interesante: ¿tenemos que procurarnos una literatura llena de bondades, una literatura de construcción social en la que sólo aparezcan tipos buenos que nos muestren únicamente la magnificencia del bien? No parece que una literatura que nos haga más humanos tenga inapelablemente que hacerse "bondadosa". Decía con razón André Gide que con buenos sentimientos no se hace literatura. Incluso Edith Stein comentaba que "a los hombres sólo muy raramente se les hacía mejores por el hecho de decirles las cuatro verdades". Quizá porque conocer la verdad sobre el hombre (el interrogante que busca con denuedo toda obra literaria, toda obra de arte) es algo débil, frágil, escurridizo, al que hay que acercarse desde diferentes perspectivas, incluso desde las perspectivas delirantes. Por ejemplo, en Los sonámbulos de Hermann Broch, una historia a propósito de la alineación de un hombre que ha perdido su sistema de valores, se nos da cuenta de su capacidad de reemplazarlo por ídolos psicológicos y sentimentales. El protagonista es un sonámbulo que no quiere darse cuenta de que duerme o vaga en la irrealidad. Y esa carencia construye al lector, porque le advierte de su indignidad cuando no apoya su vida en algo que verdaderamente merezca la pena. Cuando Claudio Magris habla del mundo de Broch dice que se parece a ese palco vacío reservado en todos los teatros de todas las ciudades del imperio habsbúrgico para la eventual visita del soberano que, como es obvio, no aparece nunca o casi nunca por allí, de modo que "el centro de esa civilización es algo que falta". ¡Algo que falta! Cuando en la literatura aparecen personajes en los que el lector se da cuenta de que algo les falta es entonces cuando la obra de arte invita al hombre a preguntarse por la verdad sobre su vida. Y eso coge y sobrecoge.