Número 40, Mayo 2003

Creen los hinduistas que la existencia de los hombres es el sueño de uno de sus dioses, Shiva, se representa con tres ojos porque de él depende la voluntad, la conciencia y la acción de la humanidad. Y de entre las divinidades citadas por Roberto Calasso probablemente a las que más recurre es a las que provienen del acervo hinduista. Ciertamente creo que esta leyenda tiene mucho que ver con la concepción de la que nace uno de los libros de este pensador y editor italiano. La literatura y los dioses es la recopilación de las ocho lecciones magistrales que impartió Roberto Calasso en la Universidad de Oxford en el año 2000. Fueron pronunciadas en la serie de Weidenfeld Lectures, una cátedra que nació con la vocación de dedicación a la Literatura comparada. Antes de publicarse unitariamente, se anticiparon sus tesis en la prensa, se publicaron en Il Corriere della Sera en mayo de 2000. A España sus ideas, recogidas en libro, han llegado, como el resto de su obra, gracias a la labor de la editorial Anagrama a finales del 2002. Sus postulados han generado una gran polémica en Italia y en España se han debatido sus tesis y planteamientos.

Si Shiva soñaba con los hombres, es decir si la vida sólo es el sueño de una diosa entre tantos, Calasso siente que ahora el hombre tiene el derecho de soñar con los dioses. Estos habitantes excepcionales de mundos imaginarios se mezclan en sus caminos, peripecias y recorridos, creando un politeísmo múltiple y en el que los contornos de leyendas y mitos se difuminan. Los dioses, los del Olimpo, los del hinduismo, los de la antigua cultura egipcia... se vuelven ahora el sueño quimérico de los mortales. Así, las figuras divinas que los hombres crearon para explicar los misterios de la existencia, se convierten en la actualidad en vagos perfiles y en sombras huidizas: "Desplacémonos ahora hasta la situación presente, tal como aparece ante nuestros ojos: en primer lugar, los dioses aún están aquí. Pero ya no forman una sola gran familia que habita en vastas residencias dispersas en la ladera de una montaña. Ahora son una multitud que pulula en una inmensa ciudad. No importa si sus nombres nos suenan con frecuencia exóticos e impronunciables, como aquellos que se leen junto al timbre de una casa habitada por inmigrantes. El poder de sus historias sigue activo. Pero la situación tiene esta particularidad: que la compleja tribu de los dioses sólo subsiste ahora en sus historias y en sus ídolos dispersos. La vía del culto está cerrada porque ya no existe un pueblo de devotos que cumpla con los actos rituales o bien porque, en todo caso, estos actos llegan a completarse: las estatuas de Shiva y Visnu siguen estando húmedas de ofrendas pero, para un hindú de nuestros días, Varuna es una entidad remota sin perfil definido (...) todas las potencias de culto han emigrado a un solo acto, inmóvil y solitario: el de leer" (pp. 27-28). Los dioses después de haberse mezclado en una especie de mosaico difuso, ya no son reverenciados, ni adorados, ya no existe un pueblo que esté dispuesto a rendirles culto y solamente ofrecen el vago exotismo y color de sus nombres extraños.

Además, según Calasso, el lugar en el que habitan es enfermizo. El autor italiano recurre a la afirmación de Jung -"Los dioses se han vuelto enfermedades"- y añade - "la informe masa psíquica es el lugar en el que han acabado por recogerse todos los dioses, como prófugos del tiempo". Con este razonamiento da la vuelta a la concepción hinduista de los hombres como sueño del dios Shiva. Ahora son los hombres los que sueñan y además su sueño tiene los contornos de una pesadilla enfermiza.

Siguiendo los razonamientos de Calasso, muchas veces sinuosos e incluso contradictorios, intenta buscar un lugar para los dioses, la intención parece ser la de conjurarlos en una historia de la fantasía. La existencia de divinidades amalgamadas e imprecisas se refugia en la literatura que además ésta ya no se transmite a través de un objeto material preciso, el libro; el soporte ahora es el del ordenador: "Que frente a los ojos haya una pantalla o una página, que por ella discurran números, fórmulas o palabras, no modifica sustancialmente el hecho: se trata en todos los casos de lectura. El teatro de la mente parece haberse dilatado, para acoger prolíficas hileras de signos en espera, incorporados en esa prótesis que es el ordenador. Sin embargo, con supersticiosa seguridad, todos los sortilegios y todos los poderes a aquello que aparece sobre la pantalla, no a la mente que lo elabora y que, ante todo, lo lee. Pero, ¿podría existir algo más avanzado tecnológicamente que una transformación que se produce de modo completamente invisible, como en el interior de la mente?" (p.29). Para Calasso la literatura es el último lugar en el que se refugian los dioses pero es una literatura que sólo llega al teatro de la mente. No hay destinatario porque una vez conjurados los dioses, primero como inmenso compendio y después como reflejo de conciencias enfermas, la mente como mecanismo que ordena invisiblemente asiste al teatro de sí misma. En estas frases Calasso, aunque con la ambigüedad que lo caracteriza, renuncia a un sujeto lector, la literatura es una especie de sortilegio que ofrece fórmulas y variaciones sobre materias inertes. Ya no son aquellas "fábulas mentirosas" de las que se hablaba en el Quijote cuyo destino era llegar al "entendimiento de los lectores".

La tragedia de este politeísmo telemático y juguetón es que pretende no sólo conjurar a los dioses sino algo mucho más terrible conjurar la realidad, comienza amalgamando los dioses en una masa informe, prosigue negando la capacidad lectora y termina por negar la realidad, leche nutricia de la palabra literaria: "La parodia se ha vuelto una sutil película que lo cubre todo (...) Hoy en día, cualquier cosa que se manifieste aparece antes que nada como parodia. La naturaleza misma se ha vuelto parodia" (p.30). Lógicamente en esta dinámica es imposible llegar a conocer lo real, el conocimiento es pura ilusión. Así lo expondrá en el último capítulo del libro cuando comenta algunas de las frases de Nietzsche: el conocimiento no es ya el impulso que empuja al descubrimiento de las cosas sino que actúa como algo inventado. "Por eso si el conocimiento no se descubre sino que se inventa, implica que actúa en él un poderoso elemento de simulación (...) Conocimiento y simulación dejan así de ser antagonistas para convertirse en cómplices". Este comentario traducido a "román paladino" se refiere a la voluntad de renunciar al conocimiento y apostar por la vicariedad. Para ello es necesario cercenar el impulso humano natural inquisitivo, que se interroga. Así lo decía Robert Musil: "Hoy las cosas son de otro modo. Se han acallado algunas preguntas del corazón de los hombres. Para los pensamientos sublimes han creado una especie de policultura, que se llaman literatura, filosofía y teología. En ella los pensamientos se reproducen a su manera sin control y esto funciona porque con tal proliferación, nadie se culpará de no haberse ocupado de estas cuestiones personalmente" (El hombre sin atributos, Barcelona, 1973). La policultura con sus mecanismos y leyes fijas pretende sustituir el dinamismo de contar lo vivido, inventando, es decir de crear artísticamente.

Sorprendentemente, Calasso propone ante este nihilismo donde cualquier referencia a la verdad, al bien y a la belleza han desaparecido, la literatura absoluta y la define del siguiente modo: "literatura, porque se trata de un saber que se declara y se quiere inaccesible por otra vía que no sea la composición literaria; absoluta, porque es un saber que se asimila a la búsqueda de un absoluto, y por tanto no puede referirse a nada que sea más pequeño que el todo. Al mismo tiempo, es en sí misma algo ab-solutum, escindido de todo vínculo de obediencia o pertenencia, de toda funcionalidad respecto al cuerpo social" (P.165) Por esta razón uno de los modelos de esta literatura absoluta es el juego divertido de las fórmulas que exponía Novalis: "Si tan sólo se pudiera hacer entender a la gente que las cosas tienen con el lenguaje la misma relación que con las fórmulas matemáticas, las cuales constituyen un mundo aparte, juegan sólo con sí mismas, no expresan otra cosa que su naturaleza prodigiosa, y precisamente por ello son tan expresivas, precisamente por ello se refleja en ellas el extraño juego de las relaciones de las cosas" (p. 172).

De acuerdo con los planteamientos de Calasso, la literatura oscila entre la funcionalidad de conjurar dioses y cosas, y la representación de un juego arbitrario de fórmulas. Nada tiene ya que ver con la vieja definición de mímesis (o representación de la realidad). Afortunadamente todos los que leemos, los que tenemos la experiencia de que la literatura es una experiencia inconfundible hecha de palabras que rasgan el tiempo y que entra en nuestro horizonte como una novedad, sabemos que la literatura no es nunca enemiga sino amiga, fuerte y estable, de lo real.

Texto: Guadalupe Arbona Abascal