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AY, LOLITA
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El número de febrero de Calibán lo dedicamos a la debilidad, porque nos parece que es un lugar en el que todos nos reconocemos pero del que todos pretendemos escapar. Una de las historias de más calado trágico sobre la debilidad es el diario de Humbert Humbert, el protagonista de Lolita, la obra cumbre de Vladimir Nabokov. Se ha dicho, con absoluto desconocimiento y desmerecidísimamente, que es la más satisfactoria de las novelas eróticas que jamás se hayan escrito. Cuando al autor le llegaban estos comentarios, decía que el lector que va buscando excitación sexual acude a la novela erótica pura y dura, con un argumento muy adelgazado, esquemático y con grandes dosis de escenas tórridas que provoquen el aguijón de la lujuria. En cambio, "si alguien espera esto en mi Lolita, mejor que se marche a otro lado". Lolita es la historia de un hombre que en su adolescencia tuvo una relación sexual incompleta con una adolescente, Annabel, actuando el mar como telón de fondo. En aquel preciso
momento no tuvo a su padre a mano para poder dejarse aconsejar, para descargar en él la explicación de ese amor prematuro, "caracterizado por esa violencia que tan a menudo destruye vidas adultas". "Mi padre me suministró toda la información que consideró necesaria sobre el sexo, eso fue en 1923, pero, ay, en el verano de ese año, mi padre recorría Italia con Madame de R. y su hija, y yo no tenía a nadie a quien recurrir, a nadie a quien consultar". De ahí que el Humbert adulto deambule por la vida con un ardor galopante por aprobar aquella asignatura que quedó suspendida en una playa francesa en el verano del 23. En Lolita verá a la Annabel que satisfará su testarudez instintiva, "todo lo que quiero destacar de mi descubrimiento de Lolita fue una consecuencia fatal de aquel principado junto al mar que había habido en mi torturado pasado". Y así, se inaugura esta novela de patetismo y horror. Al igual que en American Beauty asistimos perplejos al galanteo de un cuarentón con la amiguita de su hija, aquí tenemos a un pobre tipo, desasistido y cobarde, que anda arrancando a dentelladas la infancia de una chiquilla a punto de cumplir los trece años. Para él, el descubrimiento del listado de los compañeros de Lolita es como la revelación de un poema, hasta llega a aprenderse de memoria el nombre de todos. Lolita, ay, Lolita. Pero la tragedia de Humbert es que su niña (su nínfula) crecerá, "dos años más tarde habría dejado de ser una nínfula para convertirse en una jovencita, y poco después pasaría a ser el colmo de los horrores, una universitaria. El término para siempre sólo se aplicaba a mi pasión, a la Lolita eterna reflejada en mi sangre". Un hombre sometido al desgobierno de esa voz atávica que le viene desde su truncada adolescencia. Cuando viaja en el coche con ella por todos los rincones de los EEUU, es incapaz de advertir la maravilla del paisaje natural que se desvela ante él, sólo tiene ojos para su torbellino interior. "No puedo menos que pensar que nuestro largo viaje no hizo más que ensuciar con un sinuoso reguero de fango el encantador, confiado, soñador, enorme país que entonces, cuando lo miro retrospectivamente, no era para nosotros más que una colección de mapas de puntas dobladas, guías turísticas ajadas, neumáticos gastados y sollozos nocturnos. Porque cada noche, Lolita se echaba a llorar no bien me fingía dormido". Es al final cuando Humbert recapacita y observa con terror el daño que ha infligido a aquella niñita. En una ocasión, cuando ella paseaba con una amiga y él iba detrás para acompañarlas a un concierto, la oyó decir algo de la muerte, fue cuando cayó en la cuenta de que jamás había reparado verdaderamente en ella, "no sabía una palabra acerca de la mente de mi niña querida y que, sin duda, más allá de los estúpidos clichés juveniles, había en ella un jardín y un crepúsculo y el portal de un palacio: regiones vagorosas y adorables, completamente prohibidas para mí, ajenas a mis sucios andrajos y a mis miserables convulsiones". Y el momento más desgarrador de la novela es cuando una mañana, desde lo alto de una colina, Humbert escucha el sonido de unos niños jugando y él sabe que jamás podrá oír la voz de su Lolita formando parte de aquel concierto. Humbert no es un enfermo, sino un hombre débil, como todos, como cualquiera, que tiene por delante una vida a la que debe sacar brillo con el lustre de sus decisiones. Él optó por el barro de su propio instinto, por su sucios andrajos y a sus miserables convulsiones, y así privó a una mujer de su infancia.