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A pesar de lo que muchos puedan pensar, la vida del actor es muy dura. En primer lugar, se encuentran ante la presión de un público que demanda de ellos un determinado comportamiento, y con el cual tiene una seria responsabilidad, precisamente por esa dimensión pública de su trabajo. No pueden olvidarse que ellos son los espejos en los que muchos jovencitos y jovencitas se miran. De ellos depende ser un buen ejemplo a seguir, o un modelo demoledor. Pero existe otra vertiente sobre la que se ha reflexionado menos. La del actor como artista creador. A un pintor, un escritor o un arquitecto, por ejemplo, se les reconoce fácilmente su condición de autores de tal o cual obra. Un actor sólo es intérprete. Sin embargo, el que lo es verdaderamente, el que no busca sólo la fama o el dinero, posee una enorme capacidad creativa, encontrando como medio de expresión, en lugar de un lienzo, un escenario, en lugar de una pluma, un guión. Al olvidarnos de esa dimensión intelectual, cortamos el cincuenta por ciento de su capacidad, les reducimos a simples maniquíes a los que, sencillamente, hay que mantener guapos y contentos para que den bien en cámara y nada más. Y esto es lo que desafortunadamente han hecho muchos directores. Hace unos años, le escuché decir una vez a un conocido realizador español que "los actores cuanto más tontos mejor y menos problemas". Desafortunadamente, no era la primera vez que lo oía. Directores tan prestigiosos como Hitchcock o John Ford, estaban convencidos de ello. Pero el considerar así al actor, es un arma de doble filo. Si hay algo que ha hecho daño a esta profesión, además de la prensa sensacionalista, han sido todos esos divos y divas creados a golpe de talonario por las grandes productoras y alimentados por el débil nutriente del peloteo. Encumbrarlos como dioses a base de adulaciones para luego desecharlos cuando dejan de servir, es algo de lo más perverso y no contribuye a nada más que a aumentar sus excentricidades y manías. Debilidades que, por otra parte, obligan al resto del equipo a trabajar a ritmos imposibles, precisamente aquello que más quieren evitar los directores.
En nuestra sociedad actual este proceso se ha duplicado, pues cada vez es más frecuente la búsqueda de la fama de forma inmediata, bajo la ley del mínimo esfuerzo, perdiéndose el factor tiempo en la formación de los artistas. Ahí tenemos el ejemplo de academias como la de Operación Triunfo, que no dan apenas importancia a la preparación personal de los alumnos. Los artistas así confeccionados, se ven inermes cuando la fortuna les da la espalda, pues no han sido capacitados para la realidad de una profesión repleta de altibajos. Y es que la cosa es mucho más compleja de lo que a simple vista parece. La necesidad del aplauso de un actor, no responde exclusivamente a un afán de protagonismo o un ego elevado. La profesión lleva consigo la imprescindible presencia de un público al que entregarse. Un actor lo es encima de un escenario (y más le conviene que así sea, porque lo contrario sería una vida de mentira). Cuando no existe ese escenario en el que representar se llegan a alcanzar niveles de frustración altísimo. Se viene a mi cabeza Sunset Boulevard de Willy Wilder, una de las películas que mejor refleja hasta qué punto de locura puede llegar una actriz cuando se la da "por desaparecida del mapa". En ella, una espectacular de Gloria Swanson da vida a una estrella del cine mudo de Hollywood en el ocaso de su profesión. La escalofriante secuencia en la que la actriz baja por las escaleras de su casa para ser conducida al manicomio, creyendo que vuelve de regreso a los escenarios, invita a la reflexión: los actores no son dioses, son personas normales con un trabajo como el de cualquiera y que merecen el mismo reconocimiento que el de un ama de casa o un electricista cuando hacen bien su trabajo. Ese es su derecho y su obligación. |
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Texto: Eva Latonda |
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