Número 45, febrero 2004

Cuando ya hemos cruzado algo más que los umbrales del siglo XXI, a nadie nos extraña el que las criaturas de ficción -y me refiero ahora a los personajes de novelas y relatos- muestren, en el recorrido de las historias en las que cobran vida, su debilidad. Figuras confundidas y humilladas, personajes perdedores y solitarios, sombras que se recluyen en su interior o moribundas personalidades que se fabrican falsas identidades a modo de defensa pueblan las historias de nuestros clásicos del siglo XX. Los nuevos prometeos dejaron de confiar en su voluntad y los ícaros se han abrasado cerca del sol.

Incluso la crítica desde múltiples perspectivas se alegraba de la derrota de este optimismo decimonónico que se apoderaba de las conciencias haciendo creer que todo era domeñable por el hombre. Así lo expresaba Nabokov a propósito de la grandeza de los relatos de Chèjov en su Curso de Literatura rusa: "Yo recomiendo vivamente tomar cuantas veces sea posible los libros de Chejov y leerlos como deben ser leídos, soñando a su través. En una era de fornidos Goliats viene muy bien leer cosas sobre davides delicados. Esos paisajes desnudos, los sauces secos al borde de los caminos tristes y enlodados, los grajos grises que aletean sobre cielos grises, el súbito tufillo de un recuerdo asombroso en un rincón extrañísimo: toda esa vaguedad conmovedora, toda esa debilidad hermosa, todo ese grisáceo mundo chejoviano es algo que vale la pena atesorar frente a la luz cegadora de esos otros mundos fuertes, autosuficientes, que nos prometen los devotos de los estados totalitarios". De una manera distinta y, desde otro punto de la geografía occidental, lo hacía Edgard Allan Poe, mostrándonos el uso reductivo de la razón humana que cuando se acerca a las cosas con las solas fuerzas de los métodos científicos, esta potente fuerza humana cae derrotada y, con ella, sus personajes. También en el panorama español, hemos asistido a la galería de figuras tristes y humilladas de un Ignacio Aldecoa, por poner un ejemplo, y sin salirnos del género cuento que nos ocupa.

Ahora bien, lo que ya no es tan frecuente es encontrar que el testimonio de esta debilidad de los personajes, indicio de sano realismo, es el otro polo de la debilidad, es decir, que la experiencia de la necesidad sea ocasión para una búsqueda infatigable de una compañía humana capaz de romper el fanal de la soledad y la derrota. Una búsqueda que no consiste en una nueva forma de prometeísmo sino en el descubrimiento sorprendido de una bondad de las cosas que se encuentra en el vivir o, en nuestro caso, en la peripecia de los personajes. Una de esas excepciones es el libro de Campo Villegas, Réquiem por un muchacho y otros relatos. En esta recopilación, el autor da vida a personajes débiles que además sitúa en los terribles y dolorosos años de la posguerra española. Pero seríamos injustos si cerrásemos así el comentario sobre sus obras porque lo que los hace excepcionales es la visión que sabe encarnar en sus personajes: débiles, sí, humillados, también, pero deseosos de hallar una mano clemente que los rescate.

Las narraciones del autor están protagonizadas por una galería amplía de figuras que coinciden en un aspecto; todos ellos son personajes humillados. Aquí interviene la selección del autor y su inclinación a poner en el centro de sus cuentos figuras doloridas. Son locos, perseguidos, hombres pisoteados, deshonrados, confusos, condenados, incomprendidos o criaturas doblegadas. Es decir, se perfilan como víctimas de la violenta presión de los poderosos, de la indiferencia de los cínicos, de la iras y odios que desata la guerra o, incluso, de la herida de la naturaleza. Estos seres dolientes de Campo Villegas no transitan el camino solos, el autor sitúa siempre una figura al lado del humillado que se compadece y lo abraza. La humillación, el dolor o los padecimientos injustos aparecen milagrosamente acompañados por otro tipo de personajes: los piadosos, los clementes, los misericordiosos... cuya agudeza consiste en rescatar y hacer revivir el bien que hay en cada uno de los de la serie anterior.

Las consecuencias de la injusticia están dolorosamente encarnadas. Sin embargo la humillación no consigue cerrarse sobre sí misma, precisamente por la existencia de estas presencias piadosas que no acaban con la injusticia pero ofrecen el perdón y con él rompen la lógica de la violencia. Los gestos de indulgencia y de misericordia aparecen con una extraordinaria variedad de formas. Casi siempre con la discreción de un movimiento gratuito, de una palabra susurrada en voz baja, del reflejo de un sentimiento, de una mirada diferente, etc., son gestos casi inapreciables que, sin embargo, rompen con su candor la gélida implacabilidad de la injusticia. Con ellos, irrumpe una novedad en el relato de tal calibre que pese a configurarse a través de una forma parca, abren el horizonte hacia nuevas formas de justicia, las que nacen del perdón.

Estas figuras clementes están presentes en casi todo el corpus que ofrecemos, señalo algunos ejemplos significativos. "Yo, un loco" nos relata la historia de un inocente, víctima de la violencia y que, por extraño que parezca, sólo hallará reposo en la compañía de uno de sus médicos en el manicomio. Don Zoilo es descrito así: "Y, si no es porque estamos aquí y las paredes oyen, le diría que hay muchos como yo, en este manicomio, locos de tolerancia por la bondad de don Zoilo, que a los principios te parece un carcelero bestia y hasta un criminal disfrazado que lo que quiere es descalabrarnos, pero que un día te das cuenta de que es un padrazo y que tiene el corazón como una alcoba". (Los subrayados son míos).

En el relato "Réquiem por un hijo muerto" un gesto gratuito y apiadado revela la grandeza del ser humano. Un vendedor de motos perdona la deuda a un padre que ha perdido a su hijo, víctima de un accidente con la motocicleta que le compró. Con este gesto el dueño de la tienda se pone por encima de la naturaleza que hiere, muchas veces de modo misterioso.

"El sumario" nos cuenta las vicisitudes de un hombre que, por magnánimo, pierde sus derechos tras un accidente de tráfico y se ve envuelto en una trampa legal. Solamente a través de la compañía de su mujer y de un amigo sacerdote será capaz de exigir justicia y perdonar al mismo tiempo.

Dentro de esta bipolaridad en la creación de figuras humilladas y clementes, existe, además el lógico enfrentamiento que se produce entre los clementes y los injustos. Es decir los clementes se oponen radicalmente a los que cometen injusticias. "La última voluntad" es un ejemplo de esta oposición entre piedad e infamia. El texto se presenta estructurado a partir de dos personajes antagónicos. Por un lado, el frío comandante de policía encargado de ejecutar a tres condenados, por el otro, el capellán de la cárcel con la misión de atender a los que van a morir: "La gente nos miraba con curiosidad, como si fuésemos una pareja de recién casados: las botas del comandante, negras y brillantes, golpeaban implacablemente el pavimento. Lo más femenino era la acera, por supuesto, y la ocupaba yo". Y más adelante: "Los ojos del comandante lijaban mi cara ancha, deforme y encendida, mi perfil tosco, mi mirada ajada. Él en cambio era un militar. Yo llevaba sotana y él botas. Yo caminaba encorvado y él rígido. Yo rezaba y él hacía". El cura emprenderá una discreta pero tenaz batalla con el militar para obtener algo más de tiempo, las preciosas horas antes de la muerte para que un hombre se reconozca:

"Los hombres no deberían morir el mismo día en que se les avisa. Ese primer día no es de ellos. No saben pensar, no son capaces de ordenar sus ideas ni de arrepentirse. Se llenan de un miedo activo, excitante, enloquecedor. Pasean y se mueven de un lado a otro como alimañas perseguidas (...) Los condenados de dos días están gastados (...) Para morir hace falta otro día (...) para que el hombre se recupere y se reconozca".

El confesor no consigue el tiempo necesario pero sí ser la compañía amorosa y misericordiosa para estos tres hombres:

"-... Yo creo que no vale la pena perder el sueño por...

-... por tres bandidos - concluí - Sí, vale la pena. Hasta vale la pena morir entre dos bandidos.

El comandante cogió la alusión. Se echó a reír y dijo:

-Esta vez son tres.

Yo le miré a los ojos directamente. Añadí:

Sí, son tres a la vez. Pero falta Él".

La última mirada de uno de los condenados revela el triunfo de la piedad y la verdad sobre la ignominia: "En aquella mirada última, no hacia el comandante, ni hacia el piquete de ejecución en posición de firmes que tú desconocías y que te desconocían a ti, sino hacia mí, hacia el padre que llevaba ya el luto en la sotana, hacia el desarraigado de los hombres y de los caminos, hacia un miserable sacerdote sin aroma y sin futuro, en aquella mirada lenta, honda y sosegada, me dijiste que habías dado un paso, un pequeño giro hacia otra esperanza".

En el relato "Memorias de un vocal de reválida" se produce el litigio entre un infatigable maestro -y narrador- que presenta a treinta y dos alumnos al examen y un vocal injusto ("la voz del vocal, ácida y seca, retumba en la pequeña sala"). Así comienza el enfrentamiento:

"Él parece sorprenderse de mi serenidad. Me he sentado sin que él me lo indicase. "Al fin y al cabo - pienso - la silla es tan mía como suya". Lo veo un poco cómicamente , con todo su empaque y toda su vanidad de letrado decimonónico y pienso en las películas del oeste: allí estamos los dos, con las manos tensas sobre la mesa, "a punto de sacar". El vocal acaricia su negro bloc de anillas; yo, una cuartilla donde tengo previstas las calificaciones. Los dos queremos reservarnos para el "envite".

onocemos el combate a través del punto de vista del maestro que resulta ser un auténtico estratega para vencer con inteligencia el cerrilismo del Vocal. Lo que podría ser una anécdota testimonial se convierte en una proeza narrativa en la que se pone en juego la expectación y la satisfacción de los lectores, por lógica, situados, de la mano del narrador del lado del más débil, pero vencedor en inteligencia y bondad.

Basten estos ejemplos de un conjunto más amplio para testimoniar la fuerza de una debilidad que no se cierra en sí y que, magistralmente logra Campo Villegas a través de una forma narrativa muy pertinente. Porque en todos ellos encontramos la armónica conjugación de varias voces que se encajan en el monólogo del personaje o en el relato del narrador. Son voces que, como tales, adquieren diferentes tipos de discurso: cartas, diálogos, reflexiones personales, recuerdos. Estas voces son expresión, como quería Campo Villegas para sus relatos, de "almas inconfundibles" que en el drama de sus relaciones constituyen la polifonía del texto. Las voces, además, templan el ritmo de lo que se quiere contar. El narrador intercala los diferentes discursos en un sabio manejo del tiempo que permite ir desvelando secretos u ocultando informaciones y hechos para ir componiendo la historia. Así se perfilan sus figuras débiles, y por tanto posibilidad para la identificación con la experiencia humana de quienes lo lean, al mismo tiempo, contienen esa fuerza de haber sido rescatadas por la clemencia que constituye todo un desafío literario y lector.

Texto: Guadalupe Arbona Abascal