Número 45, febrero 2004

En los estados totalitarios, sean del signo que sean, nada se persigue tanto como la individualidad. Los líderes que los tiranizan, no soportan que alguien se rebele contra el orden preestablecido -orden, por cierto, de miras estrechas, proporcionadas al ego enfermo de quien ejerce el mando- , y prescinden de aquellos que carecen de capacidad intelectual o física para formar parte de esa larga fila de súbditos obedientes. Los más débiles sufren con especial punción los caprichos megalómanos de sus dictadores, que desprecian su incapacidad para aportar trabajo o dinero, únicos bienes que engrandecen semejante delirio de poder.

La literatura y el cine nos han transmitido fielmente el afán de Aldolf Hitler por limpiar Alemania y los países anexionados al III Reich de enfermos mentales y disminuidos físicos. Los hornos de cremación y los laboratorios fueron el sepulcro blanco en el que dejaron sus vidas aquellos que vivían amarrados a la enfermedad. Igual que ovejas mudas, sufrieron vejaciones intolerables, como si la debilidad que padecían les restara parte de su condición sagrada de seres humanos, y sobre sus cuerpos se hubiese abierto la veda del abuso.

Cada vez que me enfrento al horror nazi, deseo que formara parte de un pasado en blanco y negro; que la experiencia de tan dantescos episodios hubiese fortalecido nuestra capacidad de querer y respetar a quienes precisan de atención y cuidado. Sin embargo, echo la vista atrás para recordar que no hace muchos años, las televisiones transmitieron, estremecidas, las imágenes de aquellos orfanatos de la Rumanía de Ceaucescu, donde los niños dormían salpicados por sus propios excrementos, desnutridos y ateridos por el frío. Y es que la

caída del muro nos ofreció la verdadera cara de la "piedad" comunista, que durante más de setenta años trató a los impedidos con mayor crueldad que a los animales de un zoo abandonado. Tampoco la sociedad del bienestar aprecia la debilidad: sólo en España, a varios centenares de fetos se les niega cada día el derecho a nacer, acabando con su delicada respiración con métodos propios de una sala de torturas medieval.

Al pensar en los reyezuelos que tiranizan al hombre a golpe de gulag, de campo de exterminio, de clínica abortiva, no puedo sino evocar su infancia, cuando aún no detentaban poder y precisaban del cuidado y la protección de sus mayores. Me viene a la cabeza el momento en el que la enfermedad y la muerte les incapacitó para seguir diseñando con capricho el destino de sus súbditos. Frente a la debilidad última, a la que todos estamos abocados, pudieron al fin meditar sobre su terrible obra y rescatar del olvido, tal vez, aquellos momentos de su niñez en los que sintieron miedo de la oscuridad o recitaron una oración.

Es propio de los seres inferiores el rechazo de los débiles, su olvido, por mera razón de subsistencia. Sin embargo, el hombre es el único ser que agranda su condición con el cuidado de los más necesitados. Hace unos días tuve ocasión de comprobarlo en Granada, donde un puñado de hombres y mujeres generosos se han empeñado en devolver la dignidad a todos aquellos que la sociedad ha tachado como inútiles. En sus dependencias, lugares luminosos y acogedores, conocí a un loco que, por dejadez de las autoridades médicas, había pasado años enteros atado a una camisa de fuerza. Ahora disfruta de las mañanas de sol con los brazos liberados y, aunque no puede hablar, agradece cada atención con un recobrado gemido. También supe de una mujer maltratada durante lustros a causa de su deficiencia. Recluida en el sótano de una casa como si fuera un pecado vergonzante, la vida le provocaba tanto miedo que se le había olvidado hablar. Ahora sale de paseo y tartamudea con gracia al pedir las cosas o comentar lo mucho que le gusta la comida. Visité adolescentes de hogares rotos, que han sufrido en sus carnes el abuso de los adultos y las palizas. Antes, nadie les amaba y vagaban de correccional en correccional. Ahora, sonríen de nuevo ante la certeza de que el futuro no les ha cerrado las puertas.

Al contemplar aquellos rostros -los de los locos, los impedidos y los jóvenes- me afirmé en el convencimiento de que sus vidas son tan merecedoras de respeto y cuidado como la mía, por más que ellos sufran taras físicas, psíquicas o emocionales, y yo sea un hombre al que desde la cuna le ha llovido la fortuna. Su nacimiento no fue una casualidad, a pesar de que la enfermedad o el agujero de los malos tratos les haya arrastrado a una existencia anodina para esta sociedad preocupada por los balances y las cuentas de resultados. Su debilidad, su dolor, me enseñaron en un instante tanto como cinco años de universidad. "Merece la pena", me dijo uno de sus cuidadores, "aunque nadie, salvo ellos, te lo reconozca. Ahora son personas, como tú y como yo, con sus alegrías y preocupaciones, con un amigo al que contar sus secretos".

"El rechazo que nos produce la fragilidad es peligroso, pues nos convierte en una sociedad eugenésica, sólo interesada en hombres y mujeres guapos, exitosos, productivos... Este deseo alocado por la fama, el placer, el poder y el dinero nos ha llevado a proveernos de leyes que nos amparan a la hora de destruir aquellas vidas heridas, o a manipularlas a nuestro antojo"

El rechazo que nos produce la fragilidad es peligroso, pues nos convierte en una sociedad eugenésica, sólo interesada en hombres y mujeres guapos, exitosos, productivos... Este deseo alocado por la fama, el placer, el poder y el dinero nos ha llevado a proveernos de leyes que nos amparan a la hora de destruir aquellas vidas heridas, o a manipularlas a nuestro antojo. Parece que estamos en un permanente baile de máscaras, en el que nos ceñimos el antifaz cada vez que algo nos desagrada. No nos damos cuenta de que la limitación es compañera de camino, condición propia de la especie, por más que hayamos elegido un vivir de escaparate. Incluso los iconos del mundo, esos héroes del espectáculo, sufren baches, a pesar de su perenne sonrisa. Ojalá lleguemos a darnos cuenta de que la debilidad es tan importante como la bonanza. Es más, que la debilidad, muchas veces, es la mejor escuela para conocernos - sin maquillaje ni disfraces - y apreciarnos por lo que somos: hombres y mujeres que han recibido la impresionante oportunidad de nacer.

Como decía, la debilidad forma parte inexorable de nuestra vida, que es cambiante y desigual. El dolor, los malos tragos, el rechazo, la equivocación, el silencio, la enfermedad, la incomprensión, el fracaso..., son jalones que todos conocemos en mayor o menor medida, y que suman y restan según el talante con el que los afrontemos. Sería tan insensato decir que el dolor y la pequeñez son mejores que el placer y la grandeza, como afirmar que no nos dejan nada bueno, aprovechable, para transformarnos en personas con mejor fondo.

Tengo un amigo que con dieciséis años sufrió un accidente de moto. Desde entonces no habla, no se mueve; tal vez no vea ni escuche. Sin embargo, cuando le visito me conmueve el amor que desde su silla de ruedas es capaz de despertar entre quienes le rodean. Sus padres, sus hermanos y hasta los pequeños sobrinos que alborotan con sus juegos aquella casa, le tratan con el mismo aprecio que si estuviera en plenitud de sus facultades. La hermana menor, cuando era chica, antes de acostarse le acompañaba un rato. Sentada en sus rodillas, sin asustarse de la respiración mecánica ni de aquellos ojos perdidos en la nada, le contaba las historietas de su escuela, le leía un cuento, rezaba con él y le besaba.

Sin duda, los padres de mi amigo habrían soñado otro futuro, mas aceptaron con paz que el abismo de la enfermedad se hiciera presente en sus vidas, esforzándose desde la fatal noticia para que su hijo, infinitamente más necesitado que los demás -que ya vuelan solos- recibiese todas las atenciones que merecía. Su hogar, que podría haber sido una cueva de lamentos, de miradas torvas al cielo, de quejas por la falta de apoyo de la administración, de tristísimas comparaciones con el desarrollo de los amigos del hijo postrado es, sin embargo, un fogonazo de luz, un descanso para quienes necesitamos cargar las baterías entre tanto frenesí.

Qué duda cabe: habría sido más fácil si mi amigo no hubiese sobrevivido al accidente, pero los golpes de suerte no se eligen, vienen dados. Además, de qué nos sirven las conjeturas. A fin de cuentas, la desesperanza no consiste en temer al futuro, sino en renegar del pasado y construirlo una y otra vez en un imposible, que bien lo sabe su madre, que no tiene tiempo para dedicarse a los "ojalá", pues el día apremia, a pesar de que su hijo no experimente una aparente mejoría.

Una madre como la de mi historia, es un ejemplo del provecho de la debilidad. Ha aceptado de buen tono el cambio que ha operado su vida, ese no poder viajar, conocer mundo, disfrutar de unas largas vacaciones, de tantos placeres lícitos por los que el resto de la sociedad empeña hasta la camisa. Sus alegrías se resumen en que el muchacho esté bien atendido, limpio, acompañado. En que los días de sol pueda dar un paseo. Si le preguntas, confiesa que no se cambiaría por nadie, pues detrás de sus avatares ha descubierto la mano de Dios, que le está premiando con una felicidad escondida, difícil de explicar pero más auténtica que la de la mayoría de los mortales. Y eso que no hay lágrimas que erosionen tanto la piel como las de esta mujer. Pero todavía son más profundos los surcos de su risa. Cuando por las tardes la familia se reúne alrededor del hijo enfermo, hablan de historias alegres, comentan lo bonito que está el jardín o los impulsos de ese otro hijo impedido, que precisa de educación especial y al que, de cuando en cuando, descubren rogándole al hermano siempre dormido: "Despierta, Miguel, que te necesito".

Y pienso, sacudido por estos recuerdos, que la fragilidad es el tesoro del que se alimentan los héroes. Por ella, se abrazan los que se aman, se esperan, se anhelan. Desde mi debilidad, pienso en mis padres que se fueron, en mis hijos que crecen felices, en mis amigos que luchan por posicionarse..., y se me dibuja la más franca de las sonrisas.

Texto: Miguel Aranguren