Carta presentación Juan Carlos Vera

Carta de presentación (29-X-2012)

El Concilio Vaticano II, del que hemos celebrado el 50º Aniversario de su inauguración al inicio del Sínodo sobre la nueva evangelización y del Año de la fe, acogió el deseo de que, donde lo pidiera el bien de los fieles, fuera restaurado el Diaconado permanente como un orden intermedio entre los Obispos y Presbíteros y el Pueblo de Dios, para interpretar los deseos y necesidades de las comunidades cristianas, animar el servicio de la Iglesia y representar sacramentalmente a Cristo, que “no vino a ser servido sino a servir” (LG 29). Estas líneas conciliares, recogidas en el nombramiento que he recibido del Sr. Cardenal, se concretan actualmente en nuestra diócesis en una «realidad gozosa» por el número creciente de diáconos permanentes y de candidatos al ministerio diaconal.

Junto a ello, el Catecismo de la Iglesia Católica, que acaba de cumplir su 20º Aniversario, nos recuerda que «los diáconos participan de una manera especial en la misión y la gracia de Cristo (cf. LG 41; AA 16)… con un sello (carácter) que nadie puede hacer desaparecer y que los configura con Cristo, que se hizo “diácono”, es decir, el servidor de todos (cf. Mc 10,45; Lc 22,27; S. Policarpo, Ep 5,2)» (n. 1570). Por eso, citando al Concilio, juzga «apropiado y útil que hombres que realizan en la Iglesia un ministerio verdaderamente diaconal, ya en la vida litúrgica y pastoral, ya en las obras sociales y caritativas, “se fortalezcan por la imposición de las manos transmitida desde los Apóstoles y se unan más estrechamente al servicio del altar, para que cumplan con mayor eficacia su ministerio por la gracia sacramental del diaconado” (AG 16)» (n. 1571).

Estos son, pues, los candidatos idóneos para el ministerio diaconal: los que ya se distinguen por su actitud servicial, a imagen de Cristo, en medio de la Iglesia y del mundo; los que no pretenden mandar o medrar, sino servir; los que están dispuestos a ocupar el último lugar, a ser esclavos de todos y a lavar los pies de sus hermanos (cf. Mt 20,24-28; Jn 13,12-17). Lo cual sólo se explica y se hace posible por la gracia de Cristo, que en el sacramento adquiere «una virtualidad permanente: florece y reflorece en la medida en que es acogida y re-acogida en la fe» (RFDP 7). Para quien aspira así al diaconado, la vocación a la santidad significa sobre todo «seguir a Jesús en esta actitud de humilde servicio, que no se manifiesta sólo en las obras de caridad, sino que afecta y modela toda su manera de pensar y actuar», porque «no son sólo servidores de Dios, sino también de sus hermanos» (Juan Pablo II).

Demos gracias a Dios por el don que hace a nuestra Iglesia con este ministerio. Un don que nos recuerda a todos cuál es nuestra común identidad, vocación y misión: dar la vida por los hermanos. Que el Señor nos siga bendiciendo en este Año de la Fe y ante el reto de la Nueva Evangelización -asumida en nuestra diócesis con la Misión Madrid-, con muchas y santas vocaciones al ministerio diaconal.

Un abrazo fraterno en Cristo, el Siervo de Dios

D. Juan Carlos Vera Gállego

Presidente de la Comisión Diocesana para el Diaconado Permanente

 

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